¡NO PENSAR!

por QUENA STRAUSS, periodista

En materia de dietas la cosa es muy simple: no pensar. Me explico: toda dieta presupone un alambrado perimetral a nuestra glotonería, un límite electrificado a nuestro eterno deseo de manducar. Pues bien, si ésa es la idea no cuenten conmigo por la sencilla razón de que cualquier cosa planteada en esos términos está destinada al fracaso.

¿Te acordás de aquello de "no pienses en un caballo rojo"? Bueno, esto es lo mismo. Hijos del rigor como somos, basta con que nos digan que no hagamos algo (no importa si es no comer los frutos del Árbol del Bien y del Mal, no abrir la caja si somos Pandora o algo tan módico como mantenernos alejados de las paneras), allá iremos todos en alegre tropel. Básicamente porque está prohibido. Porque el dulce de leche a cucharadas es la manera más eficaz de convertir tu popa en un piano de cola y porque las flautitas con manteca nos visitarán en sueños y en siestas, llamándonos con su canto de sirenas calórico hasta hacernos sucumbir.

Es inevitable: lo prohibido nos tienta, nos guiña los ojos de helado de pistaccio con cobertura de chocolate, sacude delante de nuestras famélicas narices sus pañuelos aromados de milanesa frita, de empanadas, de gnocchis. Hasta quienes tenemos la fortuna de no estar demasiado rollizos vivimos la angustia preverano del "no comas tal cosa" o "eliminá tal otra". Inútil, todo inútil. Aquello que quitemos de la heladera volverá en nuestros sueños hasta volverse pesadilla y a nuestra mente hasta volverse obsesión.

¿Dieta del verano? Entre nos, ni lo pienses. Porque en cuando lo pienses, dejarás de contar ovejitas para dormirte y comenzarán a saltar cerca decenas y decenas de pavos rellenos.

MISIÓN IMPOSIBLE

por LUIS BUERO, periodista

Siempre llega el día, y más con la cercanía del verano, en que el espejo, el médico, el análisis de colesterol, el cansancio al subir las escaleras, la imposibilidad de utilizar la misma camisa o pantalón del año pasado, todos juntos te gritan: ¡dejá de comer!
Los médicos opinólogos, ante cualquier pregunta que les hagan en la televisión o la radio, indican siempre bajar de peso. Parece que con esa sola acción vas a vivir 99 años.Pero ocurre que justo cuando te decidís a empezar un régimen más estricto de comidas, se acercan las fiestas de diciembre, los cumpleaños de tus amigos y compañeros docentes, las reuniones de empleados para despedir el año o de egresados del secundario, y en tu plato empiezan a aparecer chorizos, morcillas, pizzas, empanadas, papas fritas, pastas, y Lucifer se frota las manos.
Vas a cenar con tu pareja a un restaurante y pedís una ensaladita súper dietética, pero el mozo tarda y tarda y tarda en traerla y el plato de pancitos negros que te dejó al lado de unos cuadraditos de manteca convierte en un abismo el vacío estomacal y te devorás la panera en un segundo.
Insistís: "hoy empiezo", pero en la Universidad te agregan una materia y cuando vas a las tres horas al bufet a pedir algo de comer sólo tienen facturas, sándwiches de milanesa, tortillas, muffins de chocolate y pastafrola de dulce de batata.
Y al final llegás a la conclusión de que en toda tu vida sólo estuviste flaco después de que una novia te abandonó. Así que te queda elegir entre ser un gordito feliz o un flaquito amargado.

ilustración VERÓNICA PALMIERI

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