
El domingo por la noche, apenas se conocieron los resultados de la primera vuelta brasileña, el canciller Pablo Quirno destacó el liderazgo de Javier Milei en el continente. Sus argumentos eran potentes: después de su llegada al poder, lo siguieron José Kast en Chile, Keiko Fujimori en Perú, Abelardo de la Espriella en Colombia y, luego de su victoria, muy probablemente la familia Bolsonaro en Brasil. Unos días después, el ministro Luis Caputo tuiteó: “Tengo un jefe que de la nada llegó a presidente de la Nación. Y en dos años y medio cambió la forma de votar de un continente entero. Todo muy normal. ¿Quién no podría haber hecho lo mismo, no?”. El presidente mismo se regodeó con ese éxito y prometió ir por más. Subió a sus redes la imagen de una mesa, junto a un cartel que decía “Foro de San Pablo”. En esa mesa se veía, solita y perdida, a la mexicana Claudia Sheinbaum, la única centroizquierdista que conduce un país latinoamericano.
Es que el continente ha virado de manera radical hacia un alineamiento incondicional con los Estados Unidos, como quería Milei, y, especialmente, con Donald Trump, como quería Milei. Los nuevos líderes de la derecha continental se diferencian en mucho de los tradicionales. Milei es a Macri en Argentina, lo que Kast es a Sebastián Piñera en Chile, De la Espriella a Iván Duque en Colombia, o los Bolsonaro a Fernando Henrique Cardoso en Brasil. Es un fenómeno que se extiende país por país y se celebra tanto en Washington como en los mitines de la CPAC, desde donde observan eufóricos cómo un dominó entero cae en sus manos. Se trata de una nueva derecha: plebeya, agresiva, provocadora, muy conservadora en aspectos culturales y para nada acomplejada. En ese contexto, Milei además es el niño mimado de todos.
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Entre esos líderes hay algunos que defendieron a narcotraficantes venezolanos, otros que intentaron dar golpes de Estado, varios de ellos están rodeados de escándalos de corrupción, pero ninguno llegó al poder por otra vía que la democrática, con lo que representan lo que los pueblos eligen en estos tiempos: una nueva y sorprendente escala de valores.

La intervención americana para que esto suceda ha sido abierta, agresiva y reconocida por sus propios actores. En palabras de Scott Bessent, el secretario del Tesoro, de esta misma semana: “Argentina es un gran aliado de los Estados Unidos y ha hecho una gran serie de reformas. La oposición estaba tratando de poner al mercado en su contra y generar pánico financiero antes de las elecciones. Con los swaps entre banco central y banco central le permitimos al presidente Milei llegar a las elecciones. La estabilización de Argentina ha permitido ver un cambio en la región, generacional quizás. Por primera vez en la historia, tenemos muchos países latinoamericanos aliados a Estados Unidos. Podríamos hacerlo de nuevo, seguro”.
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El ministro de Economía argentino, Luis Caputo, celebró con él: “Cada vez que le ponen un micrófono, Bessent dice que todo el cambio que hubo en América Latina se dio a partir de Milei. De hecho, Scott dice que la ayuda que nos dio en octubre de 2025 debe haber sido la mejor inversión de Estados Unidos en décadas en términos geopolíticos, porque al final no puso nada, de hecho ganó plata, y en menos de un año el continente se tiñó de azul y de aliados geopolíticos americanos. O sea, que en términos estratégicos lo de Trump fue una genialidad, indiscutible”.
Hay discusiones razonables que rodean tanta euforia. Hace ya muchos años que, de tanto en tanto, el continente entero cambia de color. Hasta 2015 la inmensa mayoría de los países era de centroizquierda. En 2018, era de centroderecha. En 2021 volvieron a ser de centroizquierda. Y ahora, se volcaron hacia una derecha más combativa. Es un péndulo violento y bastante destructivo para la región. ¿El nuevo viraje refleja que las sociedades se derechizaron o que votan, otra vez, contra lo que hay? En el primer caso, las nuevas experiencias habrán llegado para quedarse. En el segundo, en poco tiempo líderes de izquierda estarán asumiendo en todos lados. El bloque de poder que se ha construido alrededor de Donald Trump, parece darle una chance a los nuevos líderes para que rompan ese maleficio según el cual ningún presidente de la región reelige. Pero, ¿qué pasaría si Trump es aplastado en las elecciones de medio término?
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Tal como ocurrió otras veces durante su mandato, el resultado de la primera vuelta brasileña rescató a Javier Milei de una situación delicada. En abril de 2025, el Fondo Monetario aterrizó con un crédito de USD 20.000 millones para evitar que una corrida contra el peso se llevara puesto al plan Caputo. En octubre de ese mismo año, Trump y Bessent salvaron a Milei de una catástrofe electoral. Esta vez ocurrió algo parecido. En los tres últimos meses se produjo una fuga de activos argentinos que se reflejó en una trepada impresionante del riesgo país. El Gobierno no sabía cómo hacer para frenarla. Las complicaciones financieras se montaban sobre problemas cada vez más serios de la economía real. La ayuda esta vez llegó desde Brasil. El triunfo de Flavio Bolsonaro reavivó la confianza de los inversores financieros en la región y eso calmó a los mercados locales. Antes de estrellarse, el carrito de la montaña rusa que traslada a Milei siempre encuentra una ayuda desde el exterior.

Tanta subida y bajada no contribuye a calmar el alma tumultuosa del Presidente. Esta misma semana se concentró en agredir a Carlos Pagni, María O’Donnell, Fernán Saguier, Luis Novaresio, Jorge Liotti, Silvia Mercado y, por si fuera poco, el jueves reposteó un virulento tuit islamofóbico de Daniel Parisini, el simpático Gordo Dan: “Lo que ofrece el Islam: violaciones, decapitaciones, paganismo, quema de gente viva, mutilación genital femenina, violencia con los perros, toma de rehenes, esclavitud, opresión a las mujeres, pedofilia, poligamia”. La proclama respaldada por el Presidente concluía con estas consignas: “ARGENTINA ES LIBRE. ARGENTINA ES EL FARO DEL MUNDO. ARGENTINA NO SERÁ ISLAMIZADA”. Un inesperado enemigo —el Islam— se suma así a la larguísima lista que ya existe. A María O’Donnell, Milei, Dan y otros miembros de la pandilla la llamaron “nazi” y “terrorista” por señalar estas enormidades.
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Con este escenario continental de respaldo, Milei se enfrentará ahora al desafío de ser el primero en romper el maleficio de los presidentes que nunca son reelectos. En estos días, el Gobierno parece una vez más agitado por un debate interno porque sobran evidencias de que el plan económico atraviesa un momento delicadísimo. No son solo los números de actividad del INDEC, que el Presidente desconoce salvo cuando dan bien. El Gobierno pronosticó en el Presupuesto que la Argentina este año crecería 5% y tendría un 10% de inflación. Al mes de agosto, la inflación ya es el doble, y será del triple hacia fin de año. Los pronósticos de crecimiento del sector privado, que arrancaron en un 3,5% en diciembre, ahora se desplomaron al 1,2%.
Mientras tanto, colas eternas de jóvenes desocupados se forman cada vez que una empresa ofrece algunos pocos puestos de trabajo. Cada semana, un nuevo empresario pone la cara para advertir por la gravedad de la situación. Esta vez fue Ricardo Kuchikián, el CEO de Cocot Dufour. “Esta es la peor crisis en los cuarenta y pico de años de la empresa, peor que en la pandemia, peor que en el 2001, peor que en la hiperinflación, de todo se salió adelante en corto tiempo porque, créase o no, a pesar de las crisis que hubo, el consumo nunca disminuyó a estos niveles”. El organismo de las Naciones Unidas que se encarga de relevar la situación industrial en el mundo difundió esta semana que la industria argentina fue una de las que más sufrió este año, solo por debajo de las de Gaza y Qatar. Son récords muy difíciles de lograr.
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Las expresiones más abiertas de esa discusión hacia adentro del oficialismo son las declaraciones de Patricia Bullrich, acerca de la necesidad de promover la actividad de la industria, la construcción y el comercio, y la aparición en primer plano del economista Alberto Ades, que fue invitado a una reunión de Gabinete, a la que Luis Caputo le pegó el faltazo.
Antes de esa reunión, Ades había dicho que luego de un buen arranque la economía argentina estaba estancada, que los funcionarios no deben hablar solo con la prensa adicta, que los mercados no entienden la política monetaria, que durante el último año algo anda muy mal y que el Gobierno interviene activamente para sostener un tipo de cambio que daña a la economía. Pese a esas críticas, muy parecidas a las que realiza la mayoría de sus colegas, Milei lo sumó a una reunión oficial. Caputo difundió que no fue porque se sentía mal. Pero unas horas después estuvo en el streaming oficialista Carajo. Esos dimes y diretes derivaron en que por primera vez corriera la versión de una eventual salida del ministro.
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Para poder cambiar, Milei debe reconocer, primero, que esas cosas pasan, algo que no ha hecho en público ni en privado. Luego, asumir que un giro no es demasiado riesgoso para su plan. Y, finalmente, elaborar un plan alternativo que funcione. No parece demasiado sencillo.
En cualquier caso, son días de celebración: mejor concentrarse en eso.
Parece que los Bolsonaro vuelven al poder en Brasil.
La influencia de Donald Trump se consolida en el continente.
País por país, todos los presidentes se le rinden.
¿Alguien tiene alguna duda de que la felicidad está a la vuelta de la esquina?
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