
En los últimos meses hemos tenido en Argentina un doble experimento real de cómo las expectativas impactan en la economía. Y no solo en los mercados, sino también en el bolsillo de la gente.
A medida que se fueron acercando las fechas de las diferentes elecciones, los partidos de oposición fueron presentando al Congreso varios proyectos los cuales tenían como una de sus consecuencias minar el equilibrio fiscal, uno de los pilares del plan económico del gobierno nacional. Para ensombrecer más el panorama, a la vez que estas leyes eran aprobadas, el gobierno se enredaba en peleas internas y escándalos que disminuían su capacidad de ganar las elecciones que se avecinaban.
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El pensamiento racional de cualquier ciudadano ante esta situación fue pensar que si era probable que hubiera un cambio de gobierno hacia otro con menos disciplina fiscal lo que tenía que hacer era deshacerse de los pesos. Y eso sucedió. En masa, la gente cambió sus pesos por dólares y ni siquiera el apoyo del tesoro de Estados Unidos trajo confianza al ciudadano. Lo mismo sucedió con la deuda pública. Ante la posibilidad de volver a tener gobernantes que hablan de “repudiarla porque es espuria” era mejor venderla antes que llegara ese repudio/nuevo default.
El primer experimento que mostró el impacto del cambio de expectativas en la economía fue a principios de septiembre con las elecciones de la provincia de Buenos Aires. No resultó sorpresivo que el peronismo las haya ganado, pero sí la magnitud de su victoria. No hace falta aclarar las diferencias entre un posible programa económico liderado por el kirchnerismo versus uno liderado por Milei. Esta diferencia y la probabilidad de la vuelta de un gobierno populista determinó un cambio en la visión respecto de cómo podía evolucionar la economía que se vio inmediatamente reflejado en el precio de los activos argentinos. El índice Merval medido en dólares bajó de alrededor de 1400 a 1070 y el riesgo país subió de 800 a 1200.
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El segundo experimento fue con las elecciones nacionales donde se dio el efecto contrario. Esta vez la sorpresa fue lo rotundo del triunfo del oficialismo. El lunes posterior a los comicios se produjo la mayor alza histórica del Merval medido en dólares (+31%, llegando a un nivel de 1700) y una baja del riesgo país de casi 500 puntos a 650.
Algunos podrán pensar que tienen que ver los mercados financieros con la economía de las personas. Tienen que ver y mucho. La previsibilidad, la posibilidad de obtener utilidades y las tasas de interés más bajas impulsan a las empresas y los emprendedores a producir e invertir. Esto genera más oferta de productos y demanda de trabajo. El consumidor puede acceder a más bienes y financiación más barata. Esto factores, claramente, ayudan a mejorar el nivel de vida de las personas.
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La estabilidad económica es solo una de las condiciones necesarias para la prosperidad. A esta hay que agregar, especialmente, aquellas otras condiciones que permitan desarrollar a pleno la productividad del trabajo (menos regulaciones, menos impuestos). Todavía queda mucho por hacer y será tarea de muchos años.
Esperemos que los gobiernos que se sucedan, cualquiera sea el signo, aprendan de estas lecciones. El progreso solo llega luego de trabajo y esfuerzo. Nuestros antepasados inmigrantes sabían bien esto, es hora de que nosotros lo hagamos carne nuevamente.
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