
En un nuevo episodio de mala praxis, el embajador argentino en China criticó abiertamente este domingo la visita de Nancy Pelosi a Taiwán, para luego ser contradicho por el propio Canciller. Si bien la Argentina históricamente reconoce el principio de integridad territorial de “una sola China”, no corresponde a nuestro embajador oficiar ser comentarista sobre las tensiones entre las potencias. Hechos como este, donde el Gobierno vuelve a presentar ante el mundo visiones completamente contrapuestas sobre la inserción internacional del país, evidencian la visión poco realista y poco pragmática del rol que la Argentina ocupa actualmente en el concierto internacional y de las oportunidades que el contexto global le ofrece.
En un mundo cada vez más complejo, donde el modelo de inserción internacional de un país se vuelve central en su estrategia de desarrollo, necesitamos una política enfocada en ampliar la frontera de crecimiento, que tenga como objetivo mejorar la calidad de vida a los argentinos. Durante el gobierno de Mauricio Macri, la Argentina logró insertarse al mundo de manera inteligente, con vínculos pragmáticos con diferentes países, con capacidad de diálogo transversal a sistemas políticos y culturas, e impulsando nuevos acuerdos comerciales.
Sin embargo, el contexto internacional cambió. Hoy el mundo se recupera de la pandemia, enfrenta las consecuencias de la guerra entre Rusia y Ucrania, que pone en jaque el abastecimiento de alimentos y energía, y vive una nueva etapa de creciente tensión entre China y los Estados Unidos. En este contexto, la Argentina es un país de ingreso medio, ubicado en una región de paz, con abundantes recursos estratégicos, atributos altamente valorados en el escenario internacional actual. No obstante, pese a tener el potencial de abastecer al mundo con alimentos y energía, la falta de un plan de inserción internacional y una mirada de largo plazo enfocada en nuestras necesidades de desarrollo nos impiden presentarnos al mundo como un socio confiable.
La mayoría de los argentinos queremos un país más y mejor integrado al mundo, y estamos frente a una oportunidad que nuestro país no puede dilapidar. Por el contrario, hoy la política exterior argentina está al servicio de las internas del gobierno del Frente de Todos, que con cada episodio de mala praxis pierde prestigio y posicionamiento a nivel mundial. Otro ejemplo reciente tiene al presidente Alberto Fernández como protagonista cuando, invitado al G7, se dedicó a pedir cambios en el orden internacional ignorando que la Argentina había sido invitada por su potencial de abastecer de energía y alimentos al mundo. Estas contradicciones e inconsistencias de la política exterior argentina -hoy claramente desacoplada de nuestros valores e intereses- no nos permiten aprovechar las oportunidades que tenemos para crecer.
Por eso, necesitamos generar un shock de confianza internacional que nos reinserte en el mundo y nos devuelva la credibilidad, con un punto de partida pragmático y efectivo. Para ello, es necesario contemplar, al menos, las siguientes cuatro coordenadas: relanzar la relación con Brasil, un socio estratégico fundamental de la Argentina; promover la entrada en vigencia del Acuerdo Mercosur-Unión Europea e implementar una estrategia agresiva de búsqueda de nuevos acuerdos; impulsar nuevos tratados bilaterales de inversión y aprobar los ya negociados, y continuar decididamente el proceso de ingreso a la OCDE. Al mismo tiempo, la Argentina debe buscar tener relaciones maduras con las distintas potencias, y asumir un rol de liderazgo en América Latina, donde debe honrar su compromiso con la defensa de la democracia y condenar las violaciones a los derechos humanos.
Para crecer y progresar, la Argentina necesita una agenda integral de desarrollo acompañada por un shock de confianza internacional. Debemos enviar mensajes claros, con medidas concretas, consensuadas y de largo plazo que disminuyan la incertidumbre.
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