
El 7 de mayo de 1876, en un terreno que había sido cañaveral y pantanal entre el Parque Tres de Febrero y los alfalfares que alguna vez pertenecieron a Juan Manuel de Rosas, abrió sus puertas el Hipódromo de Palermo. El predio, de 60 hectáreas, recibió ese día a diez mil personas, entre las que lograron entrar y las que se quedaron del lado de afuera del alambrado. Los tranvías llegaron cargados. El ferrocarril sumó 50 vagones extra y aun así no alcanzó. La estación más cercana pasó a llamarse, sin más trámite, “Hipódromo”.
Este 7 de mayo de 2026, el predio cumple 150 años. Y lo celebra con una campaña llamada “Hipódromo de Todos”, un programa de festejos que arrancó el 1 de mayo con carreras, gastronomía y recitales.
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Del potrero colonial a la tribuna neoclásica
Antes de que existiera el hipódromo, ya se corría. Entre el río y el camino de Las Cañitas, en tierras encerradas entre lo que hoy es la avenida del Libertador y Luis María Campos, había un potrero donde se apostaba a las cuadreras y a las carreras de sortijas, hasta que llegaba la policía y la fiesta terminaba.

La costumbre de correr caballos venía de lejos. Los primeros animales habían llegado con Pedro de Mendoza en 1536, y durante siglos se criaron sin control. Una de las primeras cruzas documentadas con caballos foráneos se atribuye al general inglés William Carr Beresford, durante la ocupación de Buenos Aires en 1806.
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Las carreras organizadas “a la inglesa” (trayectos rectos de entre 150 y 500 metros, dos jinetes, cada uno en su carril delimitado por estacas) llegaron después. En 1849, el escocés Diego White armó la primera pista oval en el barrio de Núñez y fundó con otros compatriotas la Foreign Amateur Racing Society. Para 1857, en Belgrano, el circo de las carreras ya era un entretenimiento popular.

La inauguración del hipódromo en Palermo fue “todo un acontecimiento”. La entrada costaba la mitad de lo que ganaba un obrero en una jornada. Ir a caballo o en carruaje salía más caro. La tribuna tenía capacidad para 1.600 personas y había 40 palcos para familias. Los que tuvieron suerte vieron ganar al caballo Resbaloso en la primera carrera. Luego se corrieron seis más.
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Carlos Pellegrini y la organización del turf argentino
El hipódromo no tardó en captar a la clase alta. En 1883, el predio pasó a ser administrado por el Jockey Club, fundado el 15 de abril de 1882 por Carlos Pellegrini, apodado “el gringo” por su apellido de origen italiano, aunque él prefería aclarar que su padre era francés y su madre llevaba sangre inglesa. El club nació como un centro social con un propósito concreto: organizar y promover el turf en el país.
Pellegrini convenció al presidente Julio A. Roca de asignar, por única vez, una partida del presupuesto nacional para el mejoramiento de la raza caballar. Se elaboró un reglamento para las carreras y se creó el Stud Book, el registro genealógico de los animales de sangre pura de carrera introducidos o nacidos en el país.
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Dos años después de la apertura, se celebró por primera vez el Gran Premio Nacional. Roca estuvo presente. Ganó Souvenir, montado por un jockey uruguayo de apenas 11 años. Desde entonces quedó la costumbre de que el primer mandatario asistiera al Gran Premio con su gabinete.
La remodelación del Centenario
En 1908, el hipódromo contrató al arquitecto francés Louis Faure Dujarric, quien adoptó un estilo neoclásico para modificar las construcciones originales. Las cuatro tribunas —Paddock, Oficial, Especial y Nueva— fueron ampliadas hasta albergar 2.000 espectadores cada una. Se sumó un restaurante atendido por el Hotel de la Paix y un sector de jardines. Entre la tribuna Oficial y la Paddock se instaló un reloj encargado a un fabricante alemán. La tribuna Oficial es hoy patrimonio histórico de la ciudad.
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Las reformas llegaron a tiempo para los festejos del Centenario, en 1910. La pista principal de arena mide 2.400 metros de largo por 28 metros de ancho —capacidad para hasta 21 caballos—, mientras que la de césped tiene 2.200 metros por 20 metros de ancho.
Botafogo, Grey Fox y la carrera que paró a Buenos Aires
Diego de Alvear compró a Botafogo a pesar de que el caballo tenía un tic en uno de sus remos, y cuando quiso devolverlo no hubo caso. 1917 fue el año de Botafogo: ganó 11 carreras y obtuvo la cuádruple corona. Era, para todos los efectos prácticos, imbatible.
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El 3 de noviembre de 1918, en el Gran Premio Carlos Pellegrini, Botafogo salió como favorito indiscutido. El jockey Jesús Bastías lo montaba. Perdió por un cuerpo y un cuarto con Grey Fox, un tordillo conducido por Domingo Torterolo. Alvear no lo aceptó: “Mi caballo no puede perder”, dijo, y desafió a Saturnino Unzué, dueño de Grey Fox, a una carrera mano a mano.
La revancha fue el 17 de noviembre. A las 11 de la mañana cerraron las puertas: 30 mil personas adentro, cientos más sobre el terraplén del ferrocarril. Los dueños apostaron diez mil pesos cada uno, con destino a entidades benéficas. Botafogo ganó por 50 metros de ventaja y estableció un récord mundial.
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No volvió a correr. Murió en el haras Chapadmalal el 18 de abril de 1922.

Leguisamo, Gardel y el jockey que montó a Lunático
En sus pistas hicieron historia jockeys como Domingo Torterolo, Máximo Acosta e Irineo Leguisamo, el más célebre de todos. Leguisamo era amigo personal de Carlos Gardel. Montaba a Lunático, que ganó en ocho oportunidades. La revista Caras y Caretas, en 1932, lo destacó junto a Ruiz y Orduna entre los grandes del turf nacional. Su popularidad fue tal que una bebida terminó bautizada con su apodo.
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Otros caballos también dejaron huella: Yatasto, conocido como “el caballo del pueblo”, y Naná, la potranca ganadora del primer Jockey Club.
El turf también tuvo su cuota de violencia. Un domingo de octubre de 1929, Julio Valea presenciaba una carrera desde el techo de su automóvil. Tenía la entrada prohibida al hipódromo por sus antecedentes, pero estaba allí porque corría un caballo de su propiedad.
Lo mataron por la espalda de un disparo de winchester. La autoría se atribuyó, posiblemente por encargo, a Juan Ruggiero, el matón del dirigente conservador Alberto Barceló.

La expropiación, la privatización y el hipódromo de hoy
El 21 de mayo de 1953, el Estado expropió el hipódromo y lo puso bajo la administración de Lotería Nacional y Casinos. Los cambios técnicos llegaron con los años: en 1967 se reemplazaron las cintas de largada por partidores automáticos; en 1971 comenzaron las carreras nocturnas. Con el retorno de la democracia en 1983, las transmisiones televisivas se volvieron regulares. En los años 90, Carlos Menem privatizó el predio, y desde el 5 de agosto de 1992 es administrado por la sociedad anónima Hipódromo Argentino de Palermo.
Hoy el hipódromo organiza 120 carreras al año y alberga salas de tragamonedas que se encuentran entre las diez operaciones más grandes y modernas del mundo en ese rubro. Sus espacios verdes, sobre la curva de Dorrego, se usan para conciertos y eventos culturales.
Los festejos por los 150 años: “Hipódromo de Todos”
Para el aniversario, el predio lanzó la campaña “Hipódromo de Todos” con un programa que comenzó el 1 de mayo y se extiende hasta el 7 de mayo de 2026. El 1 de mayo, la jornada inaugural incluyó seis carreras de Grupo 1, entre ellas el Gran Premio República Argentina a las 18:30 horas, un Festival del Asado y la Empanada con más de 30 food trucks, el Camino de las Provincias —un recorrido turístico y cultural—, un tren a partidores para que el público viviera la largada desde la pista, y una kermesse para chicos. A las 18 horas actuó Maggie Cullen junto a la fanfarria de Granaderos; a las 22 horas, La T y La M.
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