Tenemos que trabajar nuestras emociones

Gabriela Renault

Todos tenemos una cuota de estrés y esto es positivo para nuestra vida. Se podría decir que nos mantiene vivos, alertas, activos, es la adrenalina que necesita nuestro sistema para reaccionar.

Pero cuando el estrés se torna negativo, o sea, el distrés, se genera un monto de angustia que, de no trabajarse o hacerse en palabras, puede ponernos en peligro y ocasionar en muchos casos enfermedades, que son de difícil retorno. Puede transformarse en fatigas físicas y o mentales, en mal humor y desequilibrios emocionales, en descontrol emocional, en dolencias crónicas físicas o en patologías físicas.

Quizás la pregunta es cómo evitarlo, sobre todo en los tiempos actuales, y ya no se plantea que depende de dónde se viva, porque puedo estar en el medio de la montaña, con el paisaje más bonito y la tranquilidad más extrema y tener generadores de estrés y convertirse en algo negativo.

Lo real es que hoy, al estar expuestos a tanta información, a tanta invasión de noticias, de problemas propios y ajenos, el malestar aumenta y el emociómetro se eleva. Si el no reconocer las emociones es causa de estrés, el no tener espacio para hablar de qué me pasa, también eleva mis posibilidades al distrés.

Parece simple pero no siempre sé si estoy triste o deprimido o decepcionado, no sé si tengo bronca, enojo o sensación de engaño, no sé si estoy confundido o en lo cierto, no reconozco si me alegra o me da lo mismo lo que siento, en muchos casos no siento y en muchos siento que a nadie le importo.

Por eso es importante hablar de las emociones y sumamente importante volver a lo básico: qué sentís, cómo estás, qué sentís que te está pasando, reconocer las emociones, trabajarlas desde los más niños. Trabajar actitudes pro sociales lleva a un cambio en la sociedad. Si deseamos una sociedad menos violenta, que pueda enfermarse menos, que baje los niveles de agresión, que respete las diferencias, deberemos trabajar las emociones, deberemos alfabetizar a la humanidad.

Ningún cambio verdadero es posible si no se reconoce el bienestar de la humanidad, no se puede dar un caramelo, en vez de una palabra, no se puede comprar el bienestar. Una sociedad sin emociones pro sociales puede sucumbir a la destrucción y puede producir sujetos que no vislumbren su futuro y sean vulnerables a propósitos no deseados.

Por ello podemos empezar, por un pequeño ejercicio, preguntarnos qué sentí y qué siento que le pasa al otro, para empezar el cambio genuino.

La autora es decana de la Facultad de Psicología, USAL.

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