
"Constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general y asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino". Así comienza la historia de lo que hoy llamamos República Argentina. Así reza textualmente el preámbulo de la Constitución Nacional de 1853 que fue la base sobre la que se edificó este país. "Para todos los hombres del mundo", dice. No para los "hombres de buena voluntad", como creen algunos, ni los de alguna región del mundo en particular, como creen otros.
Pues si bien el artículo 25º establecía que "el Gobierno federal fomentará la inmigración europea", el 16º sancionaba que "la Confederación Argentina no admite prerrogativas de sangre, ni de nacimiento: no hay en ella fueros personales ni títulos de nobleza. Todos sus habitantes son iguales ante la ley". Habitantes, dice; no ciudadanos. Las puertas del país y las oportunidades de progreso estaban abiertas para todos. Para todos los hombres del mundo.
A mediados del siglo XIX, mientras surgían decenas de naciones basadas en la tradición de un grupo étnico-cultural -es decir: en la nación y su pasado- la Argentina daba vuelta la cuestión sancionando una Constitución que se basaba en el mundo y en el futuro. Serían sus beneficiarios también, y se legislaba y constituía para ellos, los hombres de todo el mundo que en el futuro quisieran habitar el suelo argentino. No sé si hay otros casos en el planeta, pero ese párrafo de la Constitución que abrió las puertas del país a la llegada de mis abuelos y mi madre -y por lo tanto, a mi propia existencia- fue el principal refugio para mi orgullo nacional, algo debilitado por los genocidios, las guerras, las locuras políticas y económicas y el trato inmisericorde que los argentinos nos propinamos unos a otros durante las décadas del tiempo de mi vida. Un país cosmopolita, abierto al mundo no solo para el comercio sino para la inmigración, no orientado a la preservación de una improbable tradición nacional sino a la construcción esperanzada de un futuro. No había nada como eso. Para todos los hombres del mundo.

Fue el comienzo de un gran país. El páramo pobre y dependiente del Alto Perú y el Paraguay que este territorio había sido por siglos se transformó en una de las naciones líderes del globo. Para el Centenario, 1910, Argentina poseía el sexto PBI per cápita del planeta inmediatamente detrás de Inglaterra y delante de Suiza, Canadá, Bélgica, Holanda y Dinamarca. No solo eso. En los veinte años anteriores (1890-1910) fue el país que más creció de todos ellos, triplicando el aumento del PBI registrado por los Estados Unidos. Y no era solo la economía agropecuaria la que crecía, sino también la industria, al alucinante ritmo promedio del 5.5% anual entre 1875 y 1945; un año emblemático…
Fuimos, como recuerda Vargas Llosa, un país del primer mundo antes de que existiera el primer mundo. El faro de Latinoamérica. Nuestro sistema educativo era un ejemplo no solo para este continente sino también para Europa. Las condiciones de vida populares, y no solo las de la elite, estaban entre las mejores del planeta. Motivo por el cual un incesante caudal de miles de emigrantes -mis abuelos, tus abuelos, los abuelos de gran parte de la población nacional- desembarcaba cada año en las riberas del Plata. Contrariando una de las nociones más oligofrenizantes del nacionalismo, la que supone que para el éxito nacional es indispensable una población imbuida de orgullo patriótico e ideas xenófobas, la Argentina alcanzó el cúlmine de su historia cuando era el país del mundo con mayor porcentaje de población extranjera (29.9% en 1914) y se derrumbó en el peor de sus abismos cuando el porcentaje de extranjeros cayó al mínimo registrado por sus censos: 4.2% en 2001. No. Tampoco. Los autores del milagro auspiciado por la Constitución de 1853 no fueron los rubios de ojos azules que Alberdi esperaba, sino -principalmente- italianos y españoles. Con escándalo del nacionalismo argento, habían entrado también al país cientos de miles de judíos. Para todos los hombres del mundo.
Pero lo bueno dura poco, y los dos ejes que habían sustentado aquel milagro -el mundo y el futuro- fueron reemplazados -gracias a la obra demoledora del Revisionismo Histórico- por sus dos categorías antitéticas: la nación y el pasado. Fue el inicio del desastre. Nos volvimos reaccionarios y ombliguistas, y dos grandes líneas políticas surgieron del Ejército Argentino, asumiendo por un siglo la representación de aquellas ideas. El Revisionismo Histórico elitista parió al Partido Militar. El Revisionismo Histórico populista parió al peronismo. Juntos dieron los golpes de 1930 y 1943, y ya nada volvió a ser como antes.

Primero se cerró la economía en nombre del interés nacional, y así fue que el proteccionismo y su programa de substitución de importaciones acabó con el 5.5% de crecimiento industrial promedio de la Argentina pastoril: bajaría al 4.9% entre 1946 y 1955, y no detendría jamás su caída. Y cuando la economía se cerró y languideció, la emigración y el porcentaje de extranjeros también fueron decayendo: del 29.9% de 1914 al 4.2% de 2001. Siete veces menos. Así, de ser un país exitoso e integrado al mundo pasamos a ser el más lamentable ejemplo de decadencia nacional de la Historia de la humanidad; un caso único de transición del desarrollo al subdesarrollo. Y, lo peor de todo, nos convertimos en un país frustrado y resentido, incapaz de admitir su propia culpa en su decadencia y listo para tomar como chivo expiatorio al extranjero: los Estados Unidos, para los hijos del Revisionismo Histórico populista; los bolitas y paraguas, para los del Revisionismo Histórico elitista. Qué pena…
Hoy, después de veinticinco años de votar a sabiendas corruptos que saquearon el país, buena parte de los hijos de aquellos heroicos tanos y gallegos que lo construyeron parecen convencidos de que el camino para mejorar la educación y la sanidad argentinas pasa por impedirles el acceso a "los extranjeros". Y si bien son razonables algunas de las medidas que se proponen (denegación del acceso al país a personas con antecedentes penales, prohibición de tours sanitarios comercialmente organizados, exigencia de reciprocidad a los países de origen, control de los tratamientos de alto costo, abolición de subsidios sociales a no residentes, regulaciones estrictas en las provincias limítrofes, etc.), campea también un clima de patrioterismo contra los extranjeros y propuestas demagógicas (denegación del tratamiento médico, arancelamiento de los estudiantes universitarios, expulsión de los ilegales) cuyo único fundamento es la xenofobia; la paradójica xenofobia de un país de tanos y gallegos que fue uno de los ejemplos más exitosos de integración social y cultural de inmigrantes de la Historia.
Las razones que se esgrimen son muchas y variadas. Los tiempos y el mundo han cambiado, se dice. Mis abuelos vinieron a trabajar, no a cobrar planes, se sostiene. No hay suficiente trabajo ni recursos para todos, se afirma. El país estaba vacío y hoy somos demasiados, se lamentan. En ningún país del planeta pasa esto, exclaman. Doce años de exaltación retórica de la Patria Grande hábilmente mezclada con abusos de todo tipo parecen habernos llevado al extremo opuesto: el de creer que la emigración es una maldición que deja sin trabajo, educación ni salud a los argentinos; y que toda medida restrictiva mejorará la vida de quienes tuvieron la suerte de que sus abuelos llegaran primero. Y este es el primer punto a considerar, me parece. La idea de que el lugar del nacimiento y la nacionalidad de los padres otorgan derechos preferenciales; que no es otra cosa que la conjugación actual de las prerrogativas nobiliarias del Antiguo Régimen monárquico que el liberalismo y el republicanismo democrático combatieron por siglos, y que la Asamblea del año XIII abolió en nuestra tierra.

Pero no hay ningún mérito en haber nacido argentinos. No lo elegí yo, ni lo eligió nadie. Nos pasó. Nos tocó en suerte -o en desgracia-, de ninguna manera como destino. Es posible renunciar a él yéndose a otra parte, como hicieron nuestros abuelos, sin por eso ser un traidor a la Patria (curiosamente, muchos padres cuyos hijos emigraron y sufren discriminaciones nacionales que allá también existen proponen reeditarles en clave argentina; como si no pudiéramos ser mejores que los demás en nada, como si una injusticia se reparara cometiendo otra). Y es posible también adoptar el destino argentino inmigrando a nuestro país. Como hicieron nuestros padres y abuelos, y como hacen hoy miles de inmigrantes latinoamericanos tan pobres como ellos y que, mayoritariamente, vienen a estudiar y a trabajar, como ellos.
Todos somos emigrantes, y emigrantes africanos, amados compatriotas. Nuestra abuela común, Lucy, era africana. Así que todos venimos de allá, y no hay locales ni extranjeros ni pueblos originarios que valgan. Originarios de África, eso somos. Emigrantes e inmigrantes que se esparcieron por el planeta. Que mi abuelo haya llegado antes que el de los bolivianos no es un mérito mío ni genera ningún derecho especial, ya que si ese derecho especial hubiera existido los habitantes del país habrían podido rechazar la entrada de mi abuelo. Como producto de aquel derecho de mis ancestros a entrar libremente al país y residir en él no me siento en condiciones de negárselo hoy a nadie. No sé ustedes.
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