Quienes conocen bien a Donald Trump coinciden en que sólo se siente cómodo en dos lugares: la torre Trump de Nueva York (en la cual tiene tanto oficinas como una de sus viviendas personales) y la mansión Mar-a-Lago. También en que no le gusta estar en Washington ni mucho menos viajar al exterior de Estados Unidos (algo que hasta ahora ha delegado en su vicepresidente y en otros miembros de su gobierno).
La veracidad de esta afirmación es bastante sencilla de corroborar si se tiene en cuenta que el actual presidente norteamericano pasó casi un tercio de su por ahora breve mandado en Palm Beach, la exclusiva ciudad de poco más de diez mil habitantes donde se encuentra ubicado no solamente el club privado de Trump sino varios de los clubes más exclusivos de Estados Unidos. Entre ellos, el famoso Everglades Club.
En definitiva, no es casual que Trump haya recibido en Mar-a-Lago a los mandatarios de dos de los gobiernos con quienes más le interesa construir una buena relación (Japón y China), haya decidido allí el ataque a Siria y también haya escrito durante una de sus visitas a Palm Beach el discurso de apertura de las sesiones del Congreso norteamericano.
Pese a su tamaño, o quizás precisamente como consecuencia de aquel, Palm Beach fue el lugar elegido por muchos famosos para pasar la temporada invernal. Entre ellos, la familia Kennedy, Michael Jackson, John Lennon y varios millonarios norteamericanos menos conocidos en América del Sur. También Bernie Madoff vivió un tiempo en Palm Beach, pero esto no es algo que llene de orgullo a la ciudad ni a sus habitantes.
El ingreso per cápita en Palm Beach duplica al ingreso per cápita promedio del país, más del 95% de la población es blanca no hispana (lo cual llama la atención al tratarse de una ciudad ubicada al sur del Estado de la Florida) y más de la mitad de la población tiene 65 años de edad. Todas estas características quedan en evidencia apenas uno llega a la ciudad y mucho más cuando uno mira alrededor durante una cena en Mar-a-Lago o pasea por la famosa Worth Avenue.
Mar-a-Lago es una mansión de más de cien habitaciones (entre las que se incluye la suite privada de Trump) y cuenta con todas las comodidades que uno se puede imaginar, y más también. Tiene un campo de golf, un spa, una piscina, un túnel que conecta a la residencia principal con la playa privada, etcétera. El estilo es claramente mediterráneo, aunque hay sectores que nada tienen que envidiar a los palacios que pueden visitarse en Versalles o Venecia. Como cualquiera puede imaginarse, hay fotos y retratos de Trump por doquier.
La membrecía cuesta 250 mil dólares, precio al cual hay que adicionar la cuota anual que hay que pagar, más los consumos mínimos que los socios se obligan a tener.
Tuve la suerte de haber sido invitado al club privado de Trump en tres ocasiones durante los últimos 12 meses. La primera vez que estuve allí fue en ocasión de un almuerzo y pude disfrutar de las instalaciones del club a plena luz del día. Trump no había ganado por entonces la nominación del Partido Republicano, pero ya estaba cerca de lograrlo.
La segunda vez, Trump ya era presidente electo de los Estados Unidos, pero aún no había asumido. Esa noche, de fines de diciembre de 2016, cenó en Mar-a-Lago con Melania, su hijo menor y allegados a la familia. La mesa donde me tocó sentarme estaba a escasos metros de la suya. La comida fue, como siempre, de alta calidad, el servicio impecable y el clima relajado. Trump saludó a prácticamente todos los asistentes a la cena y estuvo distendido y de excelente humor durante toda la velada. No era para menos. Se retiró cerca de la medianoche, luego de saludar una vez más al resto de los comensales.
Ya por entonces la seguridad había aumentado considerablemente y tanto entrar como salir de la propiedad llevaba un tiempo considerable. El personal a cargo de la seguridad de la residencia comienza a estudiar a los asistentes del club desde varios días antes del momento en que se realizará la visita y la identidad de estos es mantenida bajo el más estricto secreto. De allí que el Partido Demócrata ha impulsado un proyecto de ley que se conoce como "The Mar-a-Lago Act", que obligaría a hacer pública esa información.
Más lento aún fue el proceso de ingreso y egreso durante mi tercera visita, un par de días después del ataque de Estados Unidos a Siria.
En aquella ocasión tuve el placer de intercambiar algunas palabras con Ivanka. Tanto ella como su marido son extremadamente simpáticos y se sienten muy a gusto en Mar-a-Lago, como toda la familia Trump.
¿Cómo es una jornada típica en Mar-a-Lago? Además de buena comida, buen vino y un excelente servicio, las veladas en Palm Beach suelen contar con música en vivo (en general el repertorio incluye temas de los espectáculos musicales tan típicos de Nueva York) y un presidente, siempre de inmaculado traje y corbata roja, que en general ingresa al patio español donde están ubicadas las 20 a 30 mesas entre aplausos, saluda a cada persona y se ubica en la suya como uno más. Los comensales, miembros de familias tradicionales y adineradas de Estados Unidos, en general coinciden con el perfil demográfico que mencioné anteriormente.
Más allá del saludo general, es muy raro que Trump se levante de su mesa durante la cena. Los sociales suelen quedar en manos de su hija y su yerno. Esto lo tienen más que claro los miembros del club y sus invitados, que saludan amablemente al presidente pero buscan pasar la mayor cantidad de tiempo posible con Ivanka y Jared, quienes, como mencionamos antes, son muy agradables y parecen disfrutar enormemente este papel de anfitriones de facto que poseen, máxime cuando los hijos mayores del presidente se ven cada vez menos en Mar-a-Lago, en un esfuerzo por mostrar que no hay conflictos de interés entre la administración Trump y el conglomerado fundado por el presidente.
Volviendo a los miembros del club y a sus invitados, entre ellos se pueden ver representantes de las familias más adineradas del país, activos en industrias tan diversas como el petróleo y la gestión de instituciones de equipos de fútbol americano.
Si bien la temporada en Palm Beach terminó, se espera que el Presidente mantenga esta costumbre de pasar los fines de semana invernales en Palm Beach a lo largo de todo su mandato. Y también se espera que siga tomando las decisiones más relevantes allí o en Nueva York.
Trump es, desde muchos puntos de vista, un presidente atípico para los Estados Unidos. Quizás resulte más fácil entender sus características para un latinoamericano que para un estadounidense. Es un hombre de negocios y actúa de una forma que desconcierta a la clase política. Para comprender lo que pasa en Estados Unidos hoy, es más importante entender a Trump que saber de política norteamericana.
El autor es abogado, socio de Litwak & Partners.
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