
“Velamos por toda la cadena logística, desde el inicio de la operación hasta su destino final”, afirma Iván. Desde interiorizarse con el producto y estudiar su normativa, hasta analizar el nicho de mercado y las tendencias que pueden mejorar su comercialización en el exterior, el despachante de aduana tiene un rol mucho más complejo del que solemos imaginar.
¿Cómo llegaste a trabajar en comercio exterior y qué fue lo que te atrapó del mundo aduanero?
Vengo de una familia vinculada al comercio exterior, soy tercera generación de despachantes. Mis primeras herramientas las adquirí en las vacaciones del colegio, cuando iba a la oficina de mi familia. Me llevaban a hacer gestiones, a las terminales, a los depósitos, a conocer clientes.
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Lo que me atrapó de esta profesión fue, por un lado, el dinamismo. Siempre aparece algo nuevo. Por ejemplo, en su momento me tocó trabajar con el régimen de fomento a energías renovables, en la importación de un parque solar en San Juan. Fue una experiencia intensa y enriquecedora.
Además, me gusta mucho la clasificación arancelaria, interiorizarme en los componentes de un producto, entender cómo funciona una maquinaria o cómo es su proceso de producción. Me considero bastante obsesivo, siempre buscando evitar errores, optimizar costos y cumplir con los tiempos pactados.
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Y también disfruto mucho del equipo: hace 32 años que trabajo con los mismos socios, y hoy somos unas 30 personas, profesionales, técnicos, con paridad de género y un clima laboral muy positivo. Es una profesión que me fascina.
¿Qué parte del trabajo de un despachante de aduana creés que sigue siendo poco entendida fuera del sector?
Muchos lo ven como un mero gestor de trámites, cuando en realidad es un rol estratégico. No se trata solo de calcular aranceles o presentar documentación: acompañamos al cliente desde el diseño mismo del negocio internacional. Analizamos si un producto puede ser exportado o importado, no solo por costos, sino por requisitos técnicos, sanitarios, licencias, etiquetado, incluso las expectativas del consumidor en destino.
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Además, cuidamos los intereses del Estado. Somos auxiliares del comercio exterior y garantes del cumplimiento normativo y fiscal. También velamos por toda la cadena logística, desde el inicio de la operación hasta su destino final. Y todo esto se debe hacer con eficiencia: optimizando tiempos, evitando errores y bajando costos. Nuestro trabajo es un equilibrio entre facilitar el negocio y asegurar que todo se haga de manera correcta.
¿Qué cambió más en estos años: la normativa, la tecnología o la forma de trabajar?
Cambiaron las tres cosas, mucho. Pero si tengo que elegir, creo que lo que más cambió fue la forma de trabajar y la relación con el cliente. Antes el despachante era visto como un socio estratégico, alguien que acompañaba desde el diseño mismo de la operación. Hoy, en muchos casos, se volvió algo más transaccional. Se prioriza la rapidez y el precio por sobre la experiencia o el criterio. Y eso es peligroso: en este sector, los errores pueden tener consecuencias graves, incluso penales.
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En cuanto a la normativa, estamos en un “loop” constante: momentos de apertura, luego restricciones, otra vez apertura… Lo que hace falta es una política de Estado clara, a largo plazo, que dé previsibilidad.
Sobre tecnología, hubo avances como los Trámites a Distancia (TAD), que facilitaron mucho. Pero todavía usamos sistemas muy viejos, con procesos duplicados, poco amigables. Además, cada organismo tiene sus propios requisitos y sistemas, lo que genera demoras. Necesitamos un sistema integral, intuitivo y conectado. En otros países ya trabajan con blockchain: hay trazabilidad, transparencia y todo está unificado. Eso sería ideal.
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¿Qué oportunidades ves hoy para que más pymes se animen a exportar?
Exportar por primera vez no es fácil. Hay que encontrar el mercado, el nicho, acordar precios, volúmenes, condiciones de entrega, estudiar normativa. Muchas veces se necesita pedir prefinanciación para producir. Pero es posible. Lo importante es decidirse.
Existen herramientas que ayudan. Hoy en día está el régimen “exporta simple”, que facilita el proceso. Se han ampliado las vías y operadores logísticos, y hoy se puede exportar también por vía terrestre o marítima. Eso da más competitividad.
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También hay programas de asistencia técnica, misiones comerciales, ferias internacionales, líneas de financiamiento. Pero lo clave es dar el primer paso. No hace falta tener todo perfecto. La primera exportación cambia la mentalidad de una pyme: se profesionaliza y empieza a pensar diferente.

¿Qué habría que simplificar para que el comercio exterior fluya mejor en Argentina?
Lo más importante es tener una política de Estado clara. La falta de previsibilidad es el principal problema. Hemos tenido ciclos de apertura, luego restricciones fuertes, luego apertura de nuevo. Eso genera incertidumbre, y la incertidumbre es el peor enemigo del comercio exterior.
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Desde nuestro lugar, lo que hacemos es acompañar: asesorar al cliente, mantenerlo informado sobre los cambios, apoyarlo. También ayuda tener una cartera diversificada, con empresas que importan y otras que exportan.
Creo que el industrial argentino está muy preparado. Está curtido. Sabe adaptarse: si hay restricciones, produce para el mercado interno; si se abre la economía, importa. No se asusta. Pero lo que necesita es previsibilidad para planificar.
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¿Qué funcionalidad se le da hoy a la inteligencia artificial en el sector? ¿Es fácil que la gente se adapte?
Depende mucho de la persona, de su edad, de la apertura que tenga. Hicimos una capacitación sobre inteligencia artificial, y la verdad es que todavía no la aplicamos directamente en los procesos de comercio exterior.
Sí usamos algunas herramientas como asistentes para redactar o buscar información, pero todavía no hay una aplicación concreta ni integrada al sector. Tal vez por falta de asesoramiento o desconocimiento. Igual, sin dudas, es un área con muchísimo potencial. Hay un nicho enorme para explorar y aprovechar.
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