“Marcha por la vida”: cuando miles de personas reclamaron por los desaparecidos y una foto pudo más que la represión de la dictadura

La tarde 5 de octubre de 1982, los organismos de Derechos Humanos hicieron la primera marcha unificada para exigir la aparición con vida de los desaparecidos. La dictadura les impidió llegar a la Plaza de Mayo, pero la fotografía de un policía impidiendo el paso a una Madre hizo que su reclamo fuera conocido en todo el mundo

Las organizaciones de derechos humanos reclamaron la aparición con vida de los detenidos desaparecidos y la restitución de niños secuestrados
Las organizaciones de derechos humanos reclamaron la aparición con vida de los detenidos desaparecidos y la restitución de niños secuestrados
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“Prohíben una marcha hacia Plaza de Mayo” era el titular que, palabras más o menos, encabezaba las portadas de todos los matutinos del martes 5 de octubre de 1982 que eran también pródigos en noticias internacionales: en Madrid, el jefe del Partido socialista Obrero Español denunciaba un intento de golpe de estado contra la frágil democracia que se construía todavía bajo las sombrías acechanzas de los nostálgicos del franquismo, y en Bolivia el Congreso debía elegir un nuevo presidente constitucional entre el civil Hernán Siles Suazo, que resultaría amplio ganador, y el militar Hugo Banzer. En el plano nacional se informaba también que el gobierno encabezado por el dictador Reynaldo Benito Bignone anunciaría antes del fin de semana un plan de obras públicas para emplear a los cada vez más numerosos trabajadores desocupados.

La movilización que la dictadura quería evitar había sido convocada conjuntamente por todas las organizaciones de derechos humanos con el nombre de “Marcha por la vida”. Los manifestantes se proponían llegar a la plaza, frente a la Casa Rosada, y entregar un petitorio en el que exigían la aparición con vida de los detenidos-desaparecidos, la restitución de los niños secuestrados y privados de sus identidades, la libertad de los presos políticos y gremiales, el levantamiento del estado de sitio y la supresión del aparato represivo que seguía sin ser desmontado. La acción unificada de los organismos, a los que se sumarían militantes de partidos políticos y argentinos hartos de las violaciones de los derechos humanos visibilizaría como nunca esos reclamos a nivel nacional y también en el plano internacional. Eso querían impedir los dictadores, pero los hechos de ese día les infligirían una durísima derrota. La decidida actitud de los manifestantes, encabezados por las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo, y una fotografía azarosa llevarían los reclamos a las portadas de los medios más importantes del planeta.

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La tarde anterior, la dictadura había impedido la realización de un festival convocado por el mismo reclamo. Ese lunes, a las 7 de la tarde, Abuelas de Plaza de Mayo, la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, Familiares de desaparecidos y detenidos por razones políticas, Madres de Plaza de Mayo, el Centro de Estudios Legales y Sociales, la Liga Argentina por los Derechos del Hombre, el movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos y el Servicio Paz y Justicia para América Latina, con la adhesión de cientos de organizaciones y personalidades del país y del exterior, debían realizar “Canciones y poemas del reencuentro”.

El festival iba a realizarse en la Federación Argentina de Box, para “reafirmar los reclamos por la aparición con vida de los detenidos-desaparecidos y la libertad de todos los presos políticos y gremiales”. La Policía Federal imposibilitó la reunión. Montó un operativo sobre la calle Castro Barros y en la esquina de la avenida Rivadavia se instalaron carros de asalto de la Guardia de Infantería. Con eso, además de impedir el acto puntual, trató de disuadir a los organismos de realizar la marcha masiva convocada para la tarde siguiente, cuya prohibición ya había dictado.

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marcha por la vida madres de plaza de mayo
Las fuerzas represivas impidieron el acceso de la movilización a la Plaza de Mayo mediante vallados y carros de asalto

Una multitud decidida

Pero ni las intimidaciones ni la prohibición funcionaron. Ese martes, poco antes de las 17, manifestantes y dirigentes comenzaron a concentrarse frente a la sede del Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos (MEDH), uno de los organismos organizadores de la marcha, en Libertad al 200. De allí salió una columna, encabezada por los obispos Jaime de Nevares y Jorge Novak, el metodista Federico Pagura, el exvicepresidente Vicente Solano Lima, el premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel, los referentes de organismos de derechos humanos Alfredo Bravo y Federico Westerkamp, y varios dirigentes del arco político como el intransigente Raúl Rabanaque Caballero, la peronista Nilda Garré y el candidato de Izquierda Unida Néstor Vicente.

Cuando llegó a la Avenida de Mayo el grupo desplegó un gran cartel con la consigna “Marcha por la Vida” mientras centenares de personas se sumaban a la columna y se escuchaban aplausos, no solo de los participantes sino también de los transeúntes. Allí, también, empezaron los obstáculos. La nota publicada al día siguiente en el matutino Crónica lo contó así: “Luego de caminar una cuadra por la Avenida de Mayo, a los largo de la cual se agregaron a la columna inicia entre dos mil y tres mil personas, el grupo se detuvo para conferenciar con el jefe del Operativo de Seguridad, comisario inspector Humberto Domínguez, que se desprendió a tal efecto de los numerosos efectivos, que se encontraban en el lugar y que, entre fuerzas a caballo y pelotones de Guardia de Infantería, sumaban varios centenares”.

A pesar del intimidante operativo represivo, los manifestantes cruzaron la 9 de julio y llegaron a Tacuarí, donde encontraron una barrera de carros de asalto y policías a caballo que les impidió el paso. Los manifestantes, que según Crónica a esa altura superaban los cinco mil y poco después sumarían diez mil, doblaron por Tacuarí hacia Belgrano.

Carlos Gallone-Madres de Plaza de Mayo
La prensa utilizó una fotografía para intentar transmitir una idea de reconciliación que no existió en los hechos

Marchando por Belgrano, a la altura de la calle Perú, ya eran alrededor de quince mil las personas que se habían congregado. “Debimos haber sido unas quince mil personas y el objetivo era llegar a la Plaza, pero no se pudo porque vallaron Avenida de Mayo y también desde Perú y Belgrano hasta la plaza. Estaba lleno de policías. Llegamos hasta Perú luchando para poder pasar y la policía nos cerraba el paso. Me acuerdo de una compañera que le decían la gallega que le había agarrado el cinturón a un policía que quería cerrar la bajada del subte y ella lo agarraba del cinturón y lo tiraba para atrás. Fue de mucha resistencia de todos los compañeros, de todos los organismos para poder llegar”, recordó muchos años después Graciela Lois, integrante de Familiares de desaparecidos y detenidos por razones políticas.

En Defensa y Belgrano, quienes encabezaban la marcha intentaron dialogar con el comisario Domínguez para que los dejara continuar hasta la plaza. El policía respondió que sólo dejaría pasar a veinte personas para que entregaran el petitorio. Las crónicas del día siguiente reprodujeron este diálogo con Pérez Esquivel:

-No tenemos ningún petitorio que entregar. Solamente queremos llegar a la Plaza, cantar el Himno y retirarnos en orden como hemos estado hasta ahora – le respondió el premio Nobel.

-No puedo dejarlos pasar – se plantó el policía.

-Usted ha faltado a su palabra y eso es muy grave – le dijo el premio Nobel.

Y el comisario respondió, amenazante:

-Peor sería que ordenara reprimir y tirar gases…

Entonces Pérez Esquivel se trepó a los hombros de otro manifestante y gritó, dirigiéndose a la multitud: “El objetivo de llegar a la Plaza de Mayo no es posible, pero esto que hicimos hoy ha llegado a la conciencia del país. Hay una propuesta de los obispos y de las Madres de que permanezcamos sentados aquí un rato, cantemos el himno y nos desconcentremos, porque no queremos que se reprima al pueblo y que los jóvenes vuelvan a ser víctimas de todas estas cosas”.

masacre de Fatima- Varlos Gallone
El oficial Carlos Gallone recibió una condena judicial en 2008 por su participación en la denominada Masacre de Fátima

Una foto inesperada y reveladora

En ese momento, un episodio que pasó inadvertido dejó una imagen que al día siguiente potenciaría la magnitud de la protesta, llevando el reclamo a escala mundial. Uno de los policías -alto, de físico intimidante– puso el cuerpo delante de las Madres y cuando una de las Madres, Susana Leguía, lo increpó, el policía la atrajo hacia su pecho para neutralizarla.

Dos fotógrafos que cubrían la marcha, Marcelo Ranea, de la agencia DyN, y Jorge Sánchez, de la estatal Télam, dispararon sus cámaras y tomaron varias fotos de la escena. Una de ellas, tomada por Ranea, fue portada de uno de los diarios del día siguiente, que la ancló con el título “Pacífica concentración en el centro”. La imagen estaba anclada por un epígrafe que intentaba mostrarla como un gesto de reconciliación: “Miles de manifestantes recorrieron ayer la zona céntrica y reclamaron de viva voz por los desaparecidos y los detenidos políticos. La multitud no pudo, sin embargo, llegar a la Plaza de Mayo a raíz del fuerte dispositivo de seguridad. En una foto, un oficial de la Policía consuela a una de las asistentes”, decía. En un análisis de la foto de Ranea, la investigadora Cora Gamarnik señaló el uso que se le pretendió dar: “La fotografía tuvo inmediata trascendencia mediática y se utilizó para sostener una supuesta política de reconciliación entre las organizaciones de derechos humanos y las fuerzas represivas que, en los hechos, jamás existió”, escribió.

El representor se llamaba Carlos Gallone y ella era Susana Leguía: no era un abrazo de consuelo

La realidad había sido muy diferente. Eso es lo que mostraba una de las fotos tomadas por Sánchez, que la dictadura impidió publicar. En la imagen capturada por el reportero gráfico de Télam, además del supuesto “abrazo” se veía como otra Madre, Nora Cortiñas, increpaba al policía que trataba de impedirles el paso. “Habían dispuesto que no íbamos a entrar más a la Plaza. Era un matrimonio, él había sido jugador de fútbol… ahora no me acuerdo el apellido… y su esposa tenía un salón de belleza y una peluquería, entonces no podía venir nunca a la Plaza y no sabía los códigos. El primer código era que un policía no te pusiera ni un dedo encima, de lo contrario, si te tocaba, le decías: ‘Andá a la mierda, dejame…’. Ninguna se tenía que dejar empujar, ni ayudar, nada; menos si se trataba de un policía. Ella quería empujarlo al tipo. Resulta que estaba llorando y lo empuja; lo empuja con la flojedad del llanto… y él aprovecha para abrazarla. Estaba lleno de fotógrafos. Así quedó como que era bueno. Ahora está preso. Era un torturador. Ese día era policía, estaba de guardia, pero después actuaba en campos de concentración. La cara de asco es porque no tuvo más remedio frente a la madre que se le abalanzó”, recordó Cortiñas años después en una entrevista.

En 2021, para el aniversario número 39 de aquella marcha, Sánchez compartió su foto con un texto que decía: “Esta imagen la comparto hoy después que fue censurada en aquel mismo día por el presidente de la agencia Télam, el coronel (Rafael) De Piano cuando, detrás de su escritorio, sin mediar dialogo se escuchó con voz de mando: ‘Esto de acá no tiene que salir publicado por su bien y retírese’”. Sánchez no solo fue censurado: dos días después de que el militar pronunciara esa frase, el reportero gráfico fue secuestrado, sometido a intimidaciones, maltratos físicos y verbales hasta que lo liberaron horas más tarde.

Lo que nadie supo ese día –ni las dos Madres de Plaza de Mayo ni los fotógrafos– fue quién era el policía de la foto. Se llamaba Carlos Gallone, y años después se lo identificaría como uno de los responsables de la ejecución de 30 detenidos y detenidas de la Superintendencia de Seguridad Federal el 20 de agosto de 1976, en lo que se llamó “la Masacre de Fátima”. En 2008, Gallone fue condenado a cinco años de cárcel por su participación en esa matanza perpetrada por la dictadura. El “abrazador” era en realidad un violento engranaje de la maquinaria del Estado terrorista.

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