El plan para eliminar a David Ghantt fracasó de la manera más inesperada: el sicario que su propio cómplice había contratado para matarlo terminó haciéndose su amigo en una playa de México. Ese giro casi selló el destino del robo de 17,3 millones de dólares que Ghantt y otros dos cómplices perpetraron contra la empresa de transporte de caudales Loomis, Fargo & Co., en Charlotte, Carolina del Norte, el 4 de octubre de 1997.
El robo, en su momento el segundo más grande de efectivo en la historia de Estados Unidos, terminó siendo recordado menos por su planificación que por los errores que lo destaparon.
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David Ghantt tenía 27 años, era veterano de la Guerra del Golfo y vivía en Kings Mountain cuando ocupaba el cargo de supervisor de bóveda en la sucursal regional de Loomis Fargo en Charlotte.

Ganaba 8,15 dólares por hora y llegaba a trabajar entre 75 y 80 horas semanales. “Sentía que estaba acorralado y un día las bromas en la sala de descanso sobre robar el lugar de repente ya no sonaron tan descabelladas”, relató Ghantt.
En la empresa conoció a Kelly Campbell, con quien entabló una relación que continuó después de que ella dejara el trabajo. Campbell negó que haya sido un romance, aunque el FBI sostuvo lo contrario.
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Campbell fue quien acercó la idea concreta. Un viejo compañero de secundaria suyo, Steve Chambers, un delincuente menor, le propuso asaltar la bóveda de Loomis Fargo y ella se lo trasladó a Ghantt.
Los tres armaron un plan simple: Ghantt se quedaría en la bóveda tras su turno la noche del robo, dejaría entrar a sus cómplices y cargarían todo el efectivo posible en una camioneta. Él se quedaría con 50.000 dólares, el máximo que podía cruzar la frontera sin levantar sospechas, y huiría a México. Chambers guardaría el resto y se lo iría girando hasta que la situación se enfriara.
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La noche del 4 de octubre de 1997, Ghantt mandó a su casa a un empleado que estaba entrenando y desactivó dos de las tres cámaras de seguridad cercanas a la bóveda. “No sabía siquiera de esa cámara, se me pasó por alto”, admitió después. Esa tercera cámara grabó todo lo que vino después. Los cómplices llegaron y se toparon con un problema que no habían previsto: el dinero pesaba. Terminaron arrojando billetes dentro de la camioneta hasta que no entró nada más.
Aun así, el botín superó los 900 kilos de billetes sin marcar. El grupo se dirigió a una imprenta cercana, donde repartió el efectivo entre distintos vehículos particulares. Ghantt cruzó la frontera esa misma madrugada con 50.000 dólares.
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A la mañana siguiente, los empleados de Loomis Fargo no pudieron abrir la bóveda y llamaron a la policía, que derivó el caso al FBI por tratarse de un robo bancario federal. Ghantt era el único empleado ausente, lo que lo convirtió de inmediato en el sospechoso principal. La sospecha se confirmó apenas los investigadores revisaron la filmación de la cámara que había quedado activa: mostraba a Ghantt haciendo un pequeño baile después de cargar todo el dinero en la camioneta.

Dos días más tarde, el FBI halló la camioneta abandonada con más de tres millones de dólares adentro, junto con las cintas de seguridad. Los ladrones habían dejado atrás todo lo que no les entraba en los autos particulares.
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Mientras Ghantt intentaba pasar inadvertido, Chambers y su esposa, Michele, hicieron exactamente lo contrario. Dejaron un tráiler y se mudaron a una mansión de lujo en el sector de Cramer Mountain, que decoraron con figuras de indios, cuadros de Elvis Presley y hasta un bulldog disfrazado del general Patton.
También compraron un BMW Z3 descapotable, relojes Rolex y pagaron cirugías estéticas. El cuadro llamado “Elvis de terciopelo” que colgaron en la sala terminó convertido en símbolo mediático del caso. El error decisivo llegó en el banco. Michele Chambers le preguntó a una cajera cuánto podía depositar sin que el monto fuera reportado al FBI y agregó, sin que nadie se lo pidiera: “No es dinero de droga”. La empleada, que notó que los fajos todavía tenían las cintas originales de Loomis Fargo, denunció el episodio de inmediato.
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Para entonces, el FBI ya tenía intervenido el teléfono de Chambers a partir de avisos anónimos sobre sus gastos desmedidos. Las estaciones de radio de Charlotte bautizaron al grupo como “los tontos de Cramer Mountain” y “la banda que no pudo ni robar bien”.
Del otro lado de la frontera, Ghantt se hospedaba en hoteles de lujo en la zona de Cozumel y tomaba clases de buceo. Había dejado su anillo de casado antes de partir y, según contó él mismo, entre sus gastos más absurdos estuvieron “cuatro pares de botas compradas en un mismo día porque eran lindas y los compré por impulso”.
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El dinero se le acabó rápido y empezó a reclamarle más a Chambers, que respondía con sumas cada vez más pequeñas. Harto de los reclamos, Chambers decidió contratar a un sicario para matarlo y quedarse con todo. El hombre viajó hasta México, pero no logró concretar el encargo: terminó haciéndose amigo de Ghantt en la playa.
Al escuchar por las intervenciones telefónicas que Chambers planeaba el asesinato, el FBI decidió acelerar el operativo. El 1 de marzo de 1998, la policía mexicana detuvo a Ghantt en Playa del Carmen. Al día siguiente cayeron Chambers, su esposa y otros cómplices en Charlotte.
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Diez días después, el grupo fue formalmente acusado de robo bancario y lavado de dinero. Trece familiares y amigos que habían ayudado a depositar el efectivo en distintas cuentas también terminaron imputados por lavado.
Todos los acusados se declararon culpables, con una sola excepción: el exabogado de Gastonia Jeff Guller, que terminó cumpliendo ocho años de prisión por lavado de dinero. Chambers cumplió más de once años.

Ghantt recibió una condena de siete años y medio de prisión. Kelly Campbell, en tanto, quedó en libertad en 2004 tras cumplir cinco años de cárcel.
En total fueron 20 los condenados por distintos grados de participación en el robo. Catorce de ellos recibieron órdenes judiciales de restitución económica por un total de 18.930.201,26 dólares.
Veinticinco años después del robo, Loomis Fargo apenas había recuperado 978.983,79 dólares del total robado, la mayor parte proveniente de la venta forzada de la mansión de los Chambers, según precisó en su momento Sally Butcher, funcionaria de los tribunales federales del Distrito Oeste de Carolina del Norte.
“Ese dinero simplemente desapareció. Está en el limbo”, explicó Butcher. “Con Loomis estamos hablando de un solo caso. Hay miles de expedientes similares cada año y no tenemos el personal para rastrear todo ese dinero de restitución”.
Campbell, puntualmente, debía pagar 4.701.694,18 dólares y hasta 2022 había abonado menos de 21 mil. Su último pago registrado fue en junio de 2021, cuando el Gobierno le retuvo un reembolso de impuestos de apenas USD 81,24.
La ley federal detiene los intentos de cobro 20 años después de que el condenado sale de prisión, lo que significa que la deuda de Campbell prescribió en diciembre de 2024. Jim Gronquist, su abogado durante el juicio, calificó de “excesivas e injustas” las penas económicas impuestas, sobre todo porque la mayor parte del dinero robado fue recuperado en su momento.
“A cualquiera que cae en el sistema se lo termina masticando”, dijo Gronquist . “El castigo no debería durar toda la vida. No se le puede poner una multa de millones a alguien de bajos ingresos: eso solo lo hunde en la pobreza”.
No todos los condenados corrieron la misma suerte. Thomas Grant, que cumplió tres años de prisión, saldó una restitución de 70.000 dólares, mientras que su hermano Eric Grant pagó la totalidad de los 26.000 que le correspondían. David Craig abonó 40.000 dólares y el matrimonio formado por Dennis y Sandra Floyd completó 27.000.
No todos lograron mantenerse al margen de la Justicia después de aquello. Eric Payne, liberado en 2006, había pagado apenas 11.357 de una deuda de 292.000 dólares cuando volvió a los tribunales de Charlotte, esta vez por tráfico de armas y metanfetaminas.
Frank Johns, secretario judicial de Charlotte, resumió la dificultad estructural del cobro: “Se pueden embargar sueldos, se puede incautar propiedades, pero no se le puede sacar sangre a una piedra. Los criminales no suelen conseguir trabajos bien pagos al salir de prisión”.
Tras completar su condena, Ghantt volvió a Estados Unidos y consiguió trabajo en la construcción. Hoy tiene esposa e hijo y fue contratado como consultor para la película de 2016, Masterminds, inspirada en el robo, aunque no pudo cobrar por esa tarea porque todavía le debe dinero al fisco estadounidense. “Trabajo en la construcción. Nunca voy a poder pagarlo con mi sueldo”, reconoció Ghantt.
La película, protagonizada por Zach Galifianakis en el papel de Ghantt y Kristen Wiig en el de Campbell, con las actuaciones de Owen Wilson y Jason Sudeikis, siguió de cerca los hechos generales del caso, aunque tomó licencias en algunos personajes para potenciar el costado cómico, según reconoció el propio Ghantt. Él mismo asistió al estreno.
Sobre cómo explica su pasado en las entrevistas laborales, Ghantt contó que: “La gente es muy comprensiva si sos abierto y honesto desde el principio. Cuando fui a la entrevista para este trabajo hace unos años, le dije a mi jefe que tenía algo de tierra en mi historial y que si él se ponía a escarbar, la iba a encontrar”.

“Me contestó que estaban en el rubro de la tierra, así que no tenía de qué preocuparse”, agregó. Y remató con una reflexión que le compartió un excompañero de trabajo: “Todo el mundo se equivocó alguna vez. Algunos se equivocan en grande, como vos, y otros en chico”.
El 4 de octubre de 2022, en el aniversario número 25 del robo, Ghantt publicó en su cuenta de Facebook: “Hace 25 años hoy. Si sabés, sabés. Que tengan un buen día”.
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