El crimen del zar Nicolás II: una familia masacrada, cuerpos enterrados en secreto y la codicia de sus captores

Fue en las primeras horas del 17 de julio de 1918. La familia real, cautiva de los bolcheviques, fue llevada a un sótano, junto a sus sirvientes, e incluso con sus mascotas, y todos fueron asesinados

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Zar Nicolás II de Rusia
Elegante y finos modales, el zar Nicolás II tenía fama de no estar a la altura del cargo que ocupaba (Wikipedia)

Su esposa le decía Nicky a ese hombre de 50 años que desde los 26 era el zar de Rusia. Ella se llamaba Alexandra, de 46, que debió cambiar su nombre al abrazar la fe ortodoxa. Nieta de la reina Victoria, la monarca había intentado sin suerte casarla con un primo y admiraba a esa chica, que tenía el apodo de Sunny, por haber tenido el coraje de llevarle la contra. Ya había sido flechada por Nicolás, con quien se casaría el 26 de noviembre de 1894.

Nicolás II era un hombre bajo, elegante y de rasgos delicados. “Un Gengis Khan con telégrafo”, lo describió León Tolstoi, para graficar que distaba mucho de sus antepasados en el cargo. Apenas ascendido al trono, notaron que ese eterno indeciso no estaba a la altura de las circunstancias para gobernar un país con una efervescencia social a punto de estallar.

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Las hijas del zar junto a su madre, cuando no imaginaban el futuro que les esperaba
Las hijas del zar junto a su madre, cuando no imaginaban el futuro que les esperaba

El matrimonio tuvo cinco hijos: Olga, de 22, era la mayor. Era tímida y sumisa, y había sacado el carácter de su padre. Tatiana, de 21, era la más cercana a su mamá. Ambas fueron enfermeras durante la primera guerra mundial.

María, de 20, una muchacha de hermosos ojos azules, muy enamoradiza, como no tenía la edad para ser enfermera como sus hermanas, visitaba a soldados heridos. Luego venía la indomable Anastasia, de 17, extrovertida y rebelde, y el varón Aleksei, de 13, el mimado de las hermanas. Al poco tiempo de nacer, se le diagnosticó hemofilia, enfermedad transmitida por su madre.

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El zar había sido detenido en febrero de 1917 a su regreso de una visita a las tropas que combatían en la primera guerra mundial. Una revolución había estallado y en marzo fue obligado a abdicar. Terminaba así un reinado signado por fuertes reclamos sociales, donde se había transformado en un personaje impopular por una gestión ineficiente, por haber involucrado al país en una guerra y por negarse a aplicar reformas que todos reclamaban.

La zarina Alexandra con su hijo Alexei, el menor de la familia
La zarina Alexandra con su hijo Alexei, el menor de la familia

Con los bolcheviques dueños del poder, la familia real había sido mantenida detenida en el Palacio de Alejandro y luego encerrada en la antigua casa del gobernador en Tobolsk, Siberia, donde gozaron de una controlada libertad. Sin embargo, ante el avance de los contrarrevolucionarios, decidieron tenerlos más a resguardo. El 30 de abril llegaron en tren a Ekaterimburgo, en el centro oeste del país.

Acostumbrado a la lujosísima vida que llevaba en el monumental Palacio Alejandro, aquel que Catalina la Grande había mandado a levantar para su nieto favorito y que contaba con los últimos adelantos, como electricidad, teléfono, sala de cine y ascensor hidráulico, el depuesto zar Nicolás II se conformó con la casa en la que él, con su familia, fue encerrado en Ekaterimburgo. Pertenecía al ingeniero Nikolai Ipatiev y contaba con cuatro habitaciones grandes más un dormitorio, un comedor, un salón para recibir y un baño.

A Ipatiev, a fines de abril de 1918 se le había ordenado que desocupase la casa, donde con su familia vivía en el piso superior y en la planta baja tenía su ámbito de trabajo.

zares rusia
La casa Ipatiev, en una fotografía tomada semanas después del asesinato de zar (Azoor Photo Collection)

Los bolcheviques rodearon la vivienda con un doble cerco de madera tan alto que tapaba las ventanas del primer piso, y en las casas aledañas se dispusieron hombres con ametralladoras que custodiaban los alrededores.

Integraba el séquito real el doctor de 53 años Yevgeny Botkin que desde 1908 era el médico de la corte. A este hombre alto y corpulento, profesor en la Academia de Medicina, su esposa Olga lo terminaría dejando en 1910 por el tutor de alemán de sus hijos. El mayor de ellos, Dmitri, moriría en la guerra y el segundo, George, sería fusilado por los nazis.

Estaba la asistente personal de la zarina, Anna Demidova, de 40 años, una maestra que sabía varios idiomas y que tocaba el piano, quien en 1901 había sido contratada como camarera; Iván Kharitonov, de 48 años, era jefe de la cocina imperial, donde había entrado como aprendiz en 1888, y el letón Alexei Trupp, de 61 años, valet del zar.

El jefe de los carceleros era Alexander Avdeev, quien no los maltrataba, pero les robaba. La familia vivió las primeras semanas sin sobresaltos, pero sin poder salir de la casa, con las ventanas tapiadas. Luego, de varias negociaciones, se les permitió dar un paseo diario por el jardín. El cocinero entretenía a las hijas dándoles clases de repostería y así las distraía en las largas horas de tristeza e incertidumbre.

La familia estuvo cautiva en distintos lugares, hasta que fue llevada a Ekaterimburgo, por el avance de los rusos blancos
La familia estuvo cautiva en distintos lugares, hasta que fue llevada a Ekaterimburgo, por el avance de los rusos blancos

Cuando la relación entre los cautivos y los carceleros había alcanzado un grado de familiaridad, se decidió cambiarlos. Avdeev fue reemplazado por el inflexible Yakov Yurovsky, quien eligió a un grupo de carceleros extranjeros, y el régimen se endureció.

La familia real ignoraba lo que ocurría en el exterior de su encierro, especialmente los esfuerzos de los rusos blancos por rescatarla. Pronto, los enfrentamientos con los bolcheviques habían llegado a las afueras de Ekaterimburgo. Cuando un grupo de oficiales blancos alcanzó las puertas de la ciudad, se temió que hubiera una ofensiva.

Ante este panorama, el Soviet bolchevique de los Urales decidió ejecutar al zar, a su familia y a los fieles acompañantes que se habían arriesgado a correr su misma suerte.

Se pusieron de acuerdo como lo harían y cómo dispondrían de los restos para que no cayesen en poder del enemigo. Determinaron que los matarían en el sótano de la casa y que los cuerpos serían incinerados y enterrados en un lugar secreto.

El 15 de julio el comité bolchevique, en un proceso exprés, firmó las sentencias de muerte y comunicó, mediante un telegrama, esta decisión a Moscú.

Del sótano, de unos seis metros por cinco, hubo que despejarlo de los trastos, y sólo dejaron tres sillas. Pusieron en la entrada una guardia de soldados letones y húngaros.

Se decidió ejecutarlos esa noche. Cuando dormían, cerca de la una de la madrugada del 17 de julio, Jurovski ordenó al médico Botkin que los despertase. Les indicaron vestirse, ya que serían trasladados a otro sitio. Los esperaba un pelotón de nueve hombres armados con fusiles, pistolas y armas blancas.

Una vez en el sótano, el zar sentó a su hijo, semi dormido, en una de las sillas. El lo hizo a su lado y del otro se ubicó el médico. El resto permanecían parados detrás, contra la pared. Sorpresivamente, Jurovski exclamó: “Nicolás Alexandrovitch, por decisión del Soviet regional de los Urales, habéis sido condenado a muerte”.

Nicolás quiso decir algo y el propio Jurovski le disparó con su pistola a la cabeza y al pecho. Inmediatamente, se desencadenaron descargas que parecían no tener fin, provocando una intensa humareda en el ambiente.

Luego de esas primeras andanadas, los soldados descubrieron que varios habían quedado vivos. Es que las mujeres llevaban cosidas entre sus ropas piedras preciosas, y supusieron que fueron las que pararon algunos proyectiles. Entonces los disparos continuaron y los soldados decidieron rematarlos con cuchillos y bayonetas.

Demidova, que había llevado consigo dos almohadas donde escondía las joyas reales, se cubrió con ellas. Por efecto de los impactos, quedó desmayada y cuando recobró el conocimiento, dio gracias a Dios por estar viva. Los ejecutores la remataron a bayonetazos.

Se abrieron la puerta y la ventana del sótano para que se despejase el ambiente del intenso humo de las armas de fuego. Se revisaron los cuerpos en busca de las joyas y de otros efectos personales de valor.

Tampoco se salvaron las mascotas de la familia real. Un bulldog francés llamado Ortipo y otro perro, Jimmy, también fueron muertos. Joy, el cocker de Aleksei, providencialmente estaba en la calle. Fue recogido por el coronel Mijail Rodzianko, un militar nacionalista que apoyaba al zar, quien se lo llevó al Reino Unido, cuando emigró.

Los cuerpos fueron desnudados y llevados al interior de una mina, a la que se intentó volar con granadas, pero sin suerte. Entonces siguieron viaje al bosque de Koptiaki, donde fueron incinerados e inhumados. En el camino enterraron a Alexei y María.

Durante años, las autoridades no confirmaron sus muertes y el caso era palabra prohibida en la Rusia stalinista.

A fines de la década del 70 hallaron la tumba, pero para exhumar los restos se debió esperar a 1991, cuando cayó la Unión Soviética. En 1998 fueron enterrados en la Catedral de San Pedro y San Pablo, en San Petersburgo, morada final de los zares, y en el 2000 la iglesia ortodoxa canonizó a toda la familia real.

Una mujer que apareció en Berlín en la década del 20, aseguró ser Anastasia, que había logrado escapar a la masacre. Por años se escribió mucho sobre ella, pero cuando se identificaron los restos de la princesa, esta historia se derrumbó como un castillo de naipes.

zares rusia
El sitio en el bosque donde los cuerpos permanecieron enterrados por décadas

Cuando se cumplieron los 60 años de la Revolución Rusa, la casa de Ipatiev fue demolida por orden del Politburó del Partido Comunista y en el 2000 se levantó en ese lugar la Iglesia Sobre la Sangre en Nombre de Todos los Santos que Resplandecieron en la Tierra de Rusia.

Ekaterimburgo, entre 1924 y 1991, fue llamada Yákov Sverdlov, el nombre del jerarca bolchevique que había pasado a la historia por haber ordenado la muerte del último zar de Rusia.

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