Un argentino en el único pueblo del mundo donde sus habitantes solo pueden moverse en pasarelas
En un rincón remoto de la Patagonia chilena existe un pueblo que parece desafiar todas las reglas de la vida moderna. Allí no hay calles, avenidas, semáforos ni autos circulando. Tampoco direcciones postales tradicionales. Para desplazarse de una punta a la otra, los habitantes deben caminar por una extensa red de pasarelas de madera que serpentean entre la montaña, el bosque y el mar.
Ese lugar se llama Caleta Tortel y fue uno de los destinos que más sorprendió al argentino Nicolás Mauciere, un fueguino de 37 años que dejó atrás un trabajo estable de 20 años para dedicarse a recorrer la Patagonia y mostrar sus rincones menos conocidos a través de su Instagram @elrutaa, donde tiene más de 67 mil seguidores.
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Antes de conocerlo, Nicolás imaginó que Caleta Tortel sería algo parecido a La Cumbrecita, el famoso pueblo peatonal de Córdoba. Sin embargo, la comparación duró poco. Si bien ambos comparten la ausencia de tránsito vehicular y la tranquilidad de caminar sin autos, el destino chileno lleva ese concepto al extremo. “Está construido sobre un fiordo del Pacífico y toda la vida cotidiana transcurre sobre una red de pasarelas de madera de 8 kilómetros que reemplazan por completo a las calles. Pensé en La Cumbrecita, pero esto es otra cosa. Acá las pasarelas son las calles y todo el pueblo vive conectado por ella”, describió.

Un viaje de más de 1.300 kilómetros desde Tierra del Fuego
Nicolás nació y vive en Río Grande. Desde hace años aprovecha cada verano para lanzarse a la ruta en busca de paisajes poco explorados a bordo de su camioneta 4x4. Su objetivo no es solamente acumular kilómetros, sino descubrir historias, comunidades y escenarios que rara vez aparecen en las guías turísticas. La llegada a Caleta Tortel fue el resultado de uno de esos viajes.
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Todo comenzó cuando otro viajero le habló de un pequeño pueblo escondido sobre la Carretera Austral chilena. El comentario quedó dando vueltas en su cabeza hasta que decidió incluirlo en uno de sus recorridos.
“Para llegar tuve que cruzar desde Santa Cruz hacia Chile por el paso Jeinimeni, cerca de Los Antiguos. Desde allí comencé a recorrer la legendaria Carretera Austral, una ruta considerada por muchos como la versión chilena de la Ruta 40 argentina”, contó.
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El trayecto no fue corto. Entre Río Tranquilo, Cochrane y otros puntos intermedios acumuló unos 5 días de viaje antes de alcanzar finalmente su destino.
El pueblo donde los autos quedan afuera y no hay direcciones
La primera sorpresa aparece incluso antes de ingresar. Cuando los visitantes llegan a Caleta Tortel descubren que los vehículos no pueden entrar al casco urbano. Todos deben quedar estacionados en un amplio playón ubicado en la parte superior del pueblo. A partir de allí, comienza una experiencia completamente distinta.
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Los viajeros deben cargar su equipaje y descender por una serie de pasarelas de madera que bajan hacia el mar. Tras varios minutos de caminata se llega a la estructura principal que funciona, de algún modo, como la calle central de la localidad. “Desde ese punto nacen decenas de ramificaciones que conectan viviendas, comercios, oficinas públicas y alojamientos”, detalló Nicolás.

El resultado es una postal única: casas colgadas sobre la ladera de la montaña, puentes de madera que suben y bajan entre el bosque y una sucesión interminable de escaleras que reemplazan a las calles tradicionales. Todas esas estructuras elevadas están construidas principalmente con ciprés de las Guaitecas, una madera característica de la región.
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La singularidad de Caleta Tortel no termina en su urbanismo. Allí tampoco existen nombres de calles. “Las viviendas se identifican mediante números y los habitantes conocen perfectamente dónde se encuentra cada una”, contó Nicolás.
Según le contaron los vecinos, las mudanzas son un verdadero acontecimiento comunitario. “Cuando alguien compra un electrodoméstico o debe trasladar muebles, gran parte del pueblo colabora para transportarlos por las pasarelas”, precisó.
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Las compras cotidianas también requieren cierta planificación. “No es posible cargar bolsas en el baúl de un auto y regresar a casa. Todo debe hacerse caminando. Esa realidad genera una dinámica completamente diferente a la de cualquier ciudad”, se sorprendió.
Un lugar donde el silencio y la oscuridad domina el paisaje
Quizás uno de los aspectos que más impactó al viajero fue la ausencia total de ruido vehicular. “No hay motores acelerando, bocinas ni tránsito. Durante el día solamente se escuchan las conversaciones de los vecinos, el viento, la lluvia y el sonido del agua golpeando contra la costa”, se sorprendió el fueguino, que además vivió una llamativa experiencia durante la noche.
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“Me hice amigo de un vecino, que me invitó a cenar. Pero antes me hizo una advertencia: debía llevar una linterna. La razón es que las pasarelas no tienen iluminación pública. Cuando cae el sol, las únicas luces visibles son las de las casas”, contó Nicolás.

Aquella noche el fueguino descendió por las escaleras bajo la lluvia, iluminando el camino apenas con una linterna. “Fue una sensación muy extraña. Caminaba en la oscuridad total y me guiaba porque mi amigo me hacía señales de luz desde su casa”, recordó sobre esa escena que parecía salida de una película.
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Por momentos, la linterna iluminaba embarcaciones abandonadas junto a la costa. En otros, apenas alcanzaba para distinguir la siguiente curva de la pasarela. “Tenía una magia difícil de explicar”, resumió.
Excursiones entre fiordos, bosques y glaciares
Ubicado entre los Campos de Hielo Norte y Sur, Caleta Tortel posee uno de los entornos naturales más impactantes de la Patagonia. Pero a diferencia de otros destinos costeros, las playas son escasas.
“Existe una pequeña playa alejada del centro, a la que llegué acompañada por un habitante local. El lugar ofrece una vista privilegiada del paisaje circundante, aunque la mayor parte de la costa está formada por aguas profundas propias de los fiordos”, detalló.

Y aunque muchos creen que el principal atractivo es simplemente caminar por las pasarelas, la zona ofrece varias excursiones. Desde el puerto parten embarcaciones que recorren los canales cercanos y permiten conocer distintos puntos de interés.
“Uno de los más famosos es la Isla de los Muertos, un sitio histórico vinculado a los primeros pobladores de la región. También existen excursiones hacia áreas cercanas a los campos de hielo y lagunas alimentadas por glaciares. Estas actividades suelen realizarse en pequeñas embarcaciones operadas por habitantes de la zona o empresas turísticas de localidades cercanas”, contó Nicolás.
Un pueblo casi aislado
La ciudad más cercana es Cochrane, ubicada a unos 125 kilómetros. La distancia podría parecer menor en un mapa, pero el trayecto demanda unas cuatro horas debido a que gran parte del camino es de ripio y atraviesa zonas montañosas. Por eso, los habitantes de Caleta Tortel dependen en gran medida del abastecimiento que llega por vía marítima.

Los servicios son básicos pero suficientes. “Hay oficina de turismo, municipalidad, un pequeño banco, una sala de primeros auxilios, una comisaría y comercios de escala reducida”, agregó Nicolás.
Aunque se trata de una localidad aislada y de apenas unos 500 de habitantes, Caleta Tortel cuenta con los servicios básicos para recibir visitantes. A medida que se recorren las pasarelas aparecen pequeños restaurantes administrados por familias locales, donde los viajeros pueden probar platos típicos de la Patagonia chilena.
También existe un diminuto supermercado que, según Nicolás, funciona casi como un kiosco de barrio. En cuanto al alojamiento, el pueblo dispone de una hostería, cabañas y un sector de camping para quienes desean pasar más de un día explorando este singular rincón de la Carretera Austral.

El fueguino que dejó todo para perseguir un sueño
La historia de Nicolás resulta tan llamativa como el destino que visitó. Durante dos décadas trabajó en una empresa electrónica de Río Grande. Paralelamente se formó como técnico en Hotelería y Turismo y llegó a desempeñarse también en el área turística de su ciudad.
Sin embargo, cada vez que emprendía alguno de sus largos viajes por la Patagonia sentía que quería seguir explorando. “Después de 40 o 50 días en la ruta no tenía ganas de volver”, recordó.
Esa sensación se hizo cada vez más fuerte hasta que tomó una decisión radical. En diciembre de 2025 renunció a su empleo y apostó por una nueva vida vinculada a los viajes, la creación de contenido y la difusión de los paisajes patagónicos.

Actualmente desarrolla una marca propia de remeras y tasas de cerámica inspirada en los diferentes destinos patagónicos y trabaja junto a distintos auspiciantes vinculados al turismo.
Lejos de los circuitos turísticos tradicionales, Nicolás se especializó en mostrar lugares que rara vez aparecen en las postales más famosas. Pequeños pueblos, caminos secundarios, playas escondidas, lagos remotos y comunidades alejadas de los grandes centros urbanos forman parte de su contenido habitual.
“Caleta Tortel ocupa un lugar especial dentro de esa colección de hallazgos. No solo por su belleza natural, sino porque representa una forma distinta de entender la vida”, concluyó sobre este rincón perdido entre los fiordos de la Patagonia chilena que parece pertenecer a otra época.
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