
Los ejércitos de al-Ándalus dominaron gran parte de la península ibérica durante siglos gracias a una maquinaria militar que evolucionó desde la infantería bereber de la conquista inicial hasta el ejército regular de los omeyas y las reformas de Almanzor, según la revista National Geographic.
Esa “milicia” se convirtió en una fuerza de la Alta Edad Media por la combinación de infantería bereber, caballería árabe, tropas locales islamizadas y mercenarios. Según National Geographic, esa evolución sostuvo el control de buena parte de la península ibérica entre 711 y 1031.
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La expansión musulmana tras la muerte de Mahoma en 632 dio lugar a conquistas rápidas y a la formación del Califato omeya de Damasco entre 663 y 750. En ese marco surgió la campaña que acabó con el reino visigodo de Toledo y abrió el dominio de al-Ándalus.

La primera fuerza que desembarcó en Algeciras con Táriq ibn Ziyad en 711 no respondía a la imagen habitual de una caballería árabe dominante. Táriq reunió sobre todo infantes bereberes del norte de África, armados con lanzas, jabalinas y escudos de piel de gacela, junto a un grupo reducido de árabes.
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Esa infantería resultó decisiva en la batalla de la laguna de la Jándala, nombre que la fuente distingue de la denominación errónea de batalla del río Guadalete. El rey visigodo Rodrigo acudió tras conocer el desembarco, pero sus tropas, pesadas y montadas a caballo, no maniobraron bien en las ciénagas del lugar.
A esa desventaja se sumó la deserción de la mitad del ejército visigodo por intrigas cortesanas. Rodrigo y sus hombres murieron bajo las flechas y jabalinas de los infantes bereberes.
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Un año después, Musa ibn Nusair valí de África y superior de Táriq llegó a la península con 15.000 hombres o más. Esa fuerza incorporó contingentes de caballería árabe, con los que los musulmanes tomaron Toledo, Mérida, Astorga, Lugo, Barcelona y Zaragoza entre 712 y 714.
Cómo los omeyas profesionalizaron el ejército de al-Ándalus

Al-Ándalus quedó primero en manos de valíes dependientes del Califato omeya de Damasco hasta la caída de esa dinastía en 750 por una intriga impulsada por los abasíes en Siria. Abderramán I escapó de la matanza en Damasco y llegó después a la península para ganarse la lealtad de los árabes sirios instalados allí.
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Tras derrotar a sus rivales, sobre todo árabes yemeníes favorables a los abasíes, Abderramán se proclamó emir en 756. Desde entonces, los omeyas gobernaron buena parte de la península ibérica hasta 1031.
Según National Geographic, Abderramán I creó un ejército regular para frenar a valíes y parientes que disputaban su poder. Sus sucesores heredaron así una fuerza profesional que les permitió controlar la mayor parte de la península ibérica durante los siglos VIII, IX, X y XI.
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El núcleo de ese aparato militar fue la caballería árabe, cuyos jinetes recibían tierras a cambio de lealtad al emir. A su lado actuaban contingentes de infantería bereber, tropas hispanas de conversos al islam llamadas muladíes y mercenarios eslavos de la guardia.
La guerra contra los reinos cristianos del norte
Los ejércitos del emirato y luego del califato omeya afrontaron ataques de los reyes cristianos de Pamplona, Asturias y León a partir de 910. También combatieron a los condados filiofrancos de Aragón, Ribagorza, Gerona, Pallars, Rosellón y Barcelona.
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Para contener esa presión, los omeyas levantaron fortalezas como el castillo de Gormaz, en Soria, y Boltaña, al pie de los Pirineos. La fuente presenta esas posiciones como parte de la respuesta defensiva frente a las acometidas cristianas.
Gormaz se edificó por orden del califa omeya Al-Hakam II entre 965 y 966. Su función era contener a las fuerzas del Reino de León, su condado de Castilla y también al reino de Navarra.
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Almanzor y la etapa final de la potencia militar andalusí

Almanzor reformó el ejército para dejar de depender de las levas de población andalusí de cada verano, cuando se organizaban las aceifas contra los reinos cristianos. En su lugar, destinó buena parte del tesoro del califato al pago de mercenarios eslavos, también llamados esclavones.
Esos soldados, procedentes de Europa central y del mar Negro, reforzaron el poder militar omeya. A finales del siglo X, las reformas permitieron a las tropas dirigidas por Almanzor saquear lugares como Barcelona y Santiago de Compostela sin que los ejércitos de León, Aragón o los condes catalanes lograran frenarlas.
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Como explicó National Geographic, el número de tropas que los omeyas podían reunir en el campo de batalla, la eficacia de la caballería árabe y la disciplina de los esclavones sostuvieron el control de al-Ándalus hasta 1031. Ese mismo poder militar también pesó en el derrumbe del Califato, y los reinos de taifas no lograron igualar después una fuerza comparable.
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