
La peste de Cipriano fue, tras la antonina, la mayor pandemia que padeció el Imperio romano y, según National Geographic, golpeó a una potencia ya debilitada por la anarquía militar y la crisis en las fronteras.
El texto de National Geographic presenta la peste como una de las sacudidas que aceleraron la crisis del siglo III. También plantea que, mientras emperadores, ciudades y ejércitos cedían ante el brote, la Iglesia cristiana amplió su influencia en medio del miedo y la mortandad.
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Las teorías sobre su origen siguen abiertas. La fuente recoge que pudo tratarse de un virus transmitido por animales, como la viruela o el sarampión. También menciona la hipótesis de una fiebre hemorrágica parecida al ébola en una población debilitada por un enfriamiento climático, según estudios publicados en Science Advances.
Las primeras noticias del brote sitúan su llegada en 249 a Alejandría de Egipto, una de las ciudades más pobladas del Imperio. El patriarca copto Dionisio dejó escrito: “Del cielo llegó este mal, algo más terrorífico que cualquier terror conocido y más dañino que cualquier desastre (...)”.
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Según el relato recogido por National Geographic, la epidemia diezmó a la mayor ciudad del Egipto romano y redujo su población de medio millón de habitantes a 190.000. Desde allí, la peste avanzó hacia Cartago a través de la red comercial romana.
La expansión de la peste en Cartago
En Cartago, el diácono Poncio de Cartago dejó testimonio del pánico colectivo: “Todos temblaban, huían, rehuyendo el contagio y abandonando a sus propios amigos (...)”. La reacción social incluyó encierro en las casas y la quema de los cuerpos de los enfermos.
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El nombre de la peste procede del obispo Cipriano de Cartago, maestro de Poncio, que la registró en su obra De mortalitate. Cipriano describió diarreas, fiebres, vómitos y ceguera, y llamó a los cristianos a confiar en la vida tras la muerte y en la salvación por medio de Cristo.
Ese consuelo contrastaba con el que ofrecían los antiguos dioses romanos. La llegada del brote al norte de África coincidió además con las persecuciones contra los cristianos que se negaban a celebrar sacrificios al nuevo emperador Decio en el año 250, y esa coincidencia hizo que muchos los acusaran de provocar la pandemia.
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La peste entró en Roma en 251, después de golpear con fuerza a Alejandría y Cartago, y desde la capital se extendió por Occidente. La urbe perdió un cuarto de su población, mientras los sacerdotes paganos atribuían la ira de los dioses a los cristianos.
En ese clima, los obispos de Roma Fabián y Cornelio fueron apresados y martirizados. Aun así, la Iglesia comenzó a atraer a numerosos adeptos entre víctimas y enfermos que buscaban una divinidad a la que encomendarse y la promesa de vida eterna.
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El impacto político de la epidemia
La enfermedad también alteró el tablero político. Los emperadores Treboniano Galo y su hijo Volusiano, que gobernaron entre 251 y 253, obtuvieron el título imperial tras pagar los entierros de los plebeyos más pobres y reforzaron su posición con el castigo al papa Cornelio en 253.
La popularidad de padre e hijo, según la tesis expuesta por National Geographic, fue efímera. Las persecuciones vinculadas a las coronaciones de Decio en 250 y de Valeriano en 257 coincidieron con la propagación del brote y empujaron a muchos cristianos a apostatar.
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Mientras los emperadores intentaban sostenerse, la plaga se extendió por todo el Imperio. La falta de campesinos impidió recoger las cosechas, y la enfermedad alcanzó a las legiones de Oriente, el Rin y el Danubio, con lo que dejó desguarnecidas las fronteras.
El rey persa Sapor I aprovechó esa debilidad y atacó Siria en 253. Tras un largo asedio, conquistó Antioquía, la mayor ciudad siria y una de las más pobladas del Imperio.
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Invasiones y crisis del Imperio
En el Danubio, los godos también sufrieron la peste, pero lograron recuperarse e irrumpieron en Tracia y Anatolia para saquear Éfeso y destruir el gran templo de Artemisa. El miedo a un derrumbe definitivo favoreció entonces la proclamación de Emiliano como emperador por las legiones del Danubio, después de que expulsara a los godos de Grecia y Tracia.
Emiliano marchó a Roma para tomar el poder, pero al llegar a Italia supo que Treboniano Galo y Volusiano habían muerto a manos de sus propias tropas. El episodio se sumó a la anarquía militar del imperio.
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La mortalidad de la peste descendió a partir del año 270, aunque sus efectos persistieron. La escasez de legionarios y la debilidad general de la población contribuyeron a la primera invasión bárbara de la Galia en 253 y a la derrota y captura del emperador Valeriano en Edesa a manos de Sapor I.
Para National Geographic, la institución que salió reforzada de aquella pandemia fue la Iglesia cristiana: en 261, Galieno revocó los edictos contra los cristianos y, 50 años después, Constantino el Grande recurrió al peso de sus obispos para afianzarse como emperador de los romanos.
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