
Francisco Javier Muñiz ya tenía en mente el retiro cuando, con 70 años cumplidos y todos los achaques encima, se presentó ante el general Juan Andrés Gelly y Obes, jefe del estado mayor del ejército, para participar en la guerra de la Triple Alianza como cirujano de guerra. Organizó hospitales correntinos en Paso de los Libres y estuvo en las batallas de Yatay y Uruguayana. Cuando por la pésima situación sanitaria en todo el teatro de operaciones estalló la epidemia del cólera, le tocó la tristíma tarea de asistir a uno de sus hijos en los últimos momentos. Regresó a la ciudad de Buenos Aires en 1868 cuando falleció su esposa, y en 1869 su cuerpo dijo basta y se retiró del ejército.
No fue un hombre común. Fue médico, militar, paleontólogo, naturalista, legislador, impulsor de la vacuna antivariólica y una reconocida personalidad que ya había empezado a hacer historia desde los tiempos de las invasiones inglesas.

Había nacido en los pagos de San Isidro el 21 de diciembre de 1795 y en su vida haría de todo. Era un niño de 11 años cuando luchó en la segunda invasión inglesa de 1807 en el Cuerpo de Andaluces. El 5 de julio estaba apostado con otros soldados en una azotea en los fondos de la iglesia San Miguel. Cuando se ordenó bajar a la calle para hacerle frente a un pelotón de británicos que estaba a media cuadra, recibió una bala en su pierna derecha. Al día siguiente le extrajeron el proyectil en el convento de San Francisco, donde habían sido alojados heridos de ambos bandos.
Alumno en el Colegio de San Carlos, luego de 1810 junto al canónigo José León Banegas, intervino en la redacción del Manifiesto de la Sociedad Patriótica Literaria, fundada en marzo de 1811 que, detrás de sus propósitos de ilustrar al pueblo, escondía propósitos políticos que giraban en torno a la libertad e independencia.
Ingresó al Instituto Médico Militar, creado por la Asamblea del Año XIII a instancias del doctor Cosme Argerich para la formación de cirujanos que debían desempeñarse en el ejército, y se recibió de médico en 1822 en la Universidad de Buenos Aires, contando entre sus profesores a profesionales des prestigio. Recién en septiembre de 1844 pudo presentar su tesis y recibió el doctorado.

Fue enviado a Patagones, donde por muy corto tiempo fue médico de la segunda guarnición y luego lo destinaron a Chascomús, donde fue como cirujano y organizó el primer hospital de campaña. Allí comenzó una amistad con Juan Lavalle.
Padeció en carne propia la dura vida en los fortines, levantados en el medio de la nada, y participó en combates, como el de Toldos Viejos, contra los indios pampas en septiembre de 1826. En la zona descubrió restos de un gliptodonte, pero no registró el hallazgo. Años después lo hizo el francés D’Orbigny, quien se llevó los laureles. Y por primera vez en la historia, halló los de un tatú o gran armadillo.

Participó como teniente coronel de la campaña del Brasil y luchó en Ituzaingó como cirujano junto a Francisco de Paula Rivero, un español que abrazó la Revolución de Mayo y que se había graduado de médico en la Universidad de Buenos Aires. Curó a su amigo Lavalle cuando una bala le atravesó el muslo de su pierna izquierda en la batalla de Yerbal, librada el 25 de mayo de 1827. Volvió a Buenos Aires condecorado.
De cada hecho en que participó en la campaña del Brasil había recogido una piedra, que acompañaba con una leyenda de lo que había vivido. Su idea era remitir las 19 que había reunido para llevarlas al museo pero, lamentablemente, esas piezas desaparecieron.
Cuando en 1827 se creó la Escuela de Medicina, rechazaron su pedido de integrarse a la cátedra de Partos, enfermedades de mujeres y Medicina Legal. Al insistir, el gobierno de Rivadavia lo autorizó.

Atraído por continuar sus investigaciones en paleontología y por cuestiones de salud, abandonó la docencia y junto a su esposa Ramona Bastarte -con quien se había casado en septiembre de 1828- se radicó en Luján, donde no solo trabajó como médico de la policía, sino que además se abocó a administrar la vacuna antivariólica, abrió una botica y siguió con su obsesión por la búsqueda de restos fósiles. Vivió en esa ciudad unos veinte años en la casa que había sido del virrey.
Fruto de sus observaciones, descubrió las “ampollas espontáneas” en las ubres de vacas. Experimentó con vacunas que sustituyeron a las inglesas tras la prohibición de importaciones ordenada por Juan Manuel de Rosas. En 1832 fue nombrado miembro de la Real Sociedad Jenneriana de Londres por sus estudios sobre esta vacuna.
Durante el gobierno de Rosas, fue médico de la policía y al poderoso gobernador lo trató de la próstata.

También se ocupó de la geología y elaboró una teoría explicada en Apuntes topográficos del territorio y adyacencias del Departamento del Centro de la Provincia de Buenos Aires.
Combatió la epidemia de escarlatina. El 13 de marzo de 1844 dio a conocer Descripción y curación de esta enfermedad, con el que inauguró en el país la literatura médica pediátrica. Lamentablemente, los avances en la cura de esta enfermedad hicieron que sus conclusiones quedasen desactualizadas. Además fue el primero en experimentar vacunas contra las enfermedades de la piel.
En 1841 le cedió a Rosas 11 cajas con fósiles, producto de años de excursiones por la pampa bonaerense. El gobernador quiso demostrar que nuestro país era avanzado y que también se ocupaba de la ciencia, y se las regaló al almirante Dupotet, el francés que comandaba la flota bloqueadora. El marino las remitió a Europa, donde fueron depositadas en el Museo Nacional de Historia Natural de París. De esta manera, científicos europeos estudiaron este tipo de fósiles americanos.

Mientras tanto, descubrió un oso fósil, un Lestodon y en 1844 el tigre fósil o Muñifelis bonaerensis. Con el naturalista inglés Charles Darwin, con quien mantenía correspondencia, le explicó las características de la “vaca ñata”, una especie extinguida y que era de interés para el británico.
En 1844 por el bloqueo anglo francés, había escasez de vacunas. Viajó a la ciudad de Buenos Aires con su pequeña hija, que había sido vacunada por él mismo, y a partir de esas pústulas, pudieron inocular a varias decenas de personas. Continuó engrosando su colección que envió al museo de ciencias naturales de Buenos Aires.
Como médico, organizó la asistencia de heridos de la batalla de Caseros. Después de la caída de Rosas, presidió la Escuela de Medicina entre 1858 y 1862. En 1853 había sido elegido diputado y un año después senador. Fue congresal constituyente en 1853 y 1860.
Era un reconocido masón. Por 1853 integró la Logia Concordia de la Ciudad de Buenos Aires y en 1856 se incorporó a la Logia Confraternidad Argentina N° 2.
Fue gravemente herido de un lanzazo en el pecho en la batalla de Cepeda el 23 de octubre de 1859 cuando asistía a heridos, y cayó prisionero de Justo José de Urquiza. Cuando lo liberaron, Bartolomé Mitre le otorgó el título de coronel graduado honorario.
En 1855 fue designado presidente de la Facultad de Ciencias Médicas, cargo que ocupó hasta 1862. Organizó la Facultad y la Escuela de Parteras: por primera vez las mujeres entraron a la universidad. Publicó la primera monografía argentina de tocoginecología “Extracción forzada de un feto casi a término”.
Vivió retirado en Morón y se contagió de la fiebre amarilla, y murió el 8 de abril de 1871 luego de atender en su casa a un amigo de la familia, Francisco López Torres.
El domingo 9 de abril de 1871 fue el día en que se registró el mayor número de víctimas por la epidemia. El ex comisario Carlos Munilla, administrador del Cementerio del Sud -que había abierto el 17 de diciembre de 1867 para enterrar a los muertos por las víctimas del cólera- mandó a cavar una fosa a la entrada de la necrópolis. Había elegido un lugar de preferencia para ese muerto ilustre.
Domingo F. Sarmiento, quien compiló sus trabajos en 1885, dijo que Muñiz “fue un mártir de la profesión”, que vivió su vida con intensidad y con mucha pasión.
Fuentes: Vida y escritos del coronel D. Francisco J. Muñiz, por Domingo F. Sarmiento; Los Decanos de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, por Alfredo Buzzi y Federico Pérgola.
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