
La noche en que todo empezó, unas seiscientas mujeres esperaban ansiosas a que les abrieran la puerta de ese lugar al que habían ido a hacer algo que hasta ahora nadie les había propuesto: sentarse en una mesa a ver hombres prácticamente desnudos. Era 1979 y, en Los Ángeles, se inauguraba el club nocturno Chippendales. El que sería furor y, también, el punto de partida de una ola de crímenes atravesados por el sexo, la envidia y la paranoia.
Todo empezó en los años sesenta, cuando Somen Banerjee, un inmigrante indio, llegó a California y se instaló allí en busca de su propio “sueño americano”. Como soñaba con integrarse a la sociedad estadounidense de la manera más plena posible, Somen se daba a conocer como “Steve”, un nombre mucho más frecuente en ese país. Ese sería el nombre con el que se volvería popular, tanto en el mundo de la noche como en las noticias policiales.
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“Steve” había nacido en Bombay en 1946 en el seno de una familia de imprenteros, pero apostó por un cambio radical de vida del otro lado del mundo. Probó suerte en Canadá durante un tiempo, y finalmente se instaló en la Costa Oeste de los Estados Unidos, donde se volvió concesionario de una estación de servicio.
A lo largo de sus jornadas laborales allí, algo obnubilaba especialmente a Banerjee: los autos de lujo que cargaban combustible en sus surtidores. Soñaba ser dueño de uno así alguna vez. Soñaba, también, con convertirse en uno de los grandes nombres de la industria que tanto admiraba: la del entretenimiento. Era un admirador férreo de Hugh Hefner, fundador y jefe histórico de Playboy, y también de Walt Disney.
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Convencido de que su destino estaba en esa industria, compró un bar y apostó a que las atracciones allí fueran las presentaciones de magos, las partidas de backgammon y la lucha en el barro. Pero le fue mal: el Destiny II, su club nocturno, fue un fracaso resonante. Esa primera caída no lo detuvo. Aunque no lo supiera, la vida de Steve estaba a punto de cambiar.
Conciente de que Banerjee estaba enfocado en tener éxito en la industria del entretenimiento nocturno, el promotor Paul Snider le propuso algo que habían rechazado muchos otros empresarios: organizar un espectáculo de striptease dirigido exclusivamente a mujeres. Hasta ese momento, por moral o por considerarlo un mal negocio, no se había apostado a un espectáculo así. Sí había hombres strippers, pero en bares y boliches de la comunidad gay.
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“Steve” no lo dudó. Estaba decidido a apostar por esa novedad. Y para que fuera del todo algo nuevo, decidió que el bar que había regenteado cambiaría de nombre. Ya no sería el Destiny II, sino Chippendales. Abrieron en 1979 y el éxito fue inmediato. El rumor sobre el nuevo club corría a toda velocidad entre las mujeres de Los Ángeles e incluso e otras localidades de California, que llegaban hasta allí a ver a esos hombres musculosos y aceitados con sus propios ojos.
El uniforme de los strippers estaba inspirado en las ya famosas “conejitas” de Playboy. Vestían puños de camisa, corbatines, algunas cadenas y nada más sobre su torso desnudo.
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Bailaban sensualmente, jugaban a seducir a las parroquianas, se desnudaban al ritmo de la música, y despertaban gritos, suspiros, risas y recomendaciones. El show era un éxito. Eran los años posteriores a la gran revolución sexual de los sesenta, y Chippendales se convirtió en un lugar en el que nadie juzgaba a nadie.
Como el negocio crecía, Banerjee decidió que era momento de profesionalizarlo aún más para elevar su nivel y, en todo caso, pensar en abrir nuevos clubes nocturnos. Para eso se asoció con Nick De Noia, un prestigioso coreógrafo que había ganado el Emmy por su trabajo con bailarines. Bajo el mando de De Noia, el show de Chippendales se convirtió en una producción teatral que respondía a un guion y contaba una historia potente en la que la sensualidad y el sexo eran el condimento principal.
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Esa transformación hizo que el club que “Steve” había fundado en 1979 se volviera más exitoso aún. De la mano de De Noia, Chippendales abrió sus puertas en una nueva sede, nada menos que en Nueva York, y sus strippers empezaron a girar por Estados Unidos y en otros países del mundo. Chippendales era un fenómeno imparable.
Pero, en medio de ese éxito rotundo, algo sacó de su eje a Banerjee. Los medios hablaban de los clubes nocturnos que había fundado, pero el gran protagonista de ese furor no era él, sino Nick De Noia, que para ese entonces era apodado nada menos que “Mr. Chippendale”. La tensión entre ambos socios empezó a crecer y todo estalló de manera irreversible cuando “Steve” descubrió que un contrato cedía a Nick los derechos de las giras de forma perpetua.
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A Banerjee no le alcanzó con disolver la sociedad. Quería vengarse de ese hombre que lo había eclipsado y que ahora triunfaba con su propio club nocturno, US Male, al que había mudado su talento para construir los shows coreográficos de los strippers que desnudaban sus cuerpos ante cientos de mujeres.
A medida que la idea que lo había llevado al éxito se expandía en otros clubes, Banerjee sentía que su poderío comercial y creativo se achicaba. Fue en esa instancia que empezó a desplegar su raid criminal.
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Empezó por mandar a incendiar tres clubes nocturnos de sus competidores. Era una forma de destruirlos y de enviar un mensaje mafioso a quienes se animaran a entrar en esa industria de la que “Steve” se sentía el gran inventor.
Pero el más grave de sus crímenes fue en 1987. Le encargó a Ray Colon, uno de los hombres que trabajaba para él en Chippendales -aunque no como stripper-, que asesinara a De Noia.
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Colon no se ensució las manos, sino que contactó a un sicario que entró por la fuerza a la oficina que el coreógrafo tenía en Manhattan y lo mató de un solo disparo en la sien. El FBI investigó a Banerjee por ese crimen, ya que sabía que se habían convertido no sólo en competidores sino también en enemigos. Pero durante años no encontró forma de probar su vínculo con el homicidio.

Las intenciones criminales de “Steve” no se detuvieron después de ultimar a quien había sido su socio y se había convertido en su gran rival. En 1991 apuntó contra “Adonis”, un grupo de antiguos strippers de Chippendales que organizaron la competencia en el Reino Unido.
Banerjee planificó una masacre, aunque, otra vez, no se mancharía las manos. Volvió a contactar a Colon, a quien lo abasteció de cianuro, la sustancia con la que se perpetrarían los crímenes. Colon, a la vez, contactó una vez más a un sicario apodado “Strawberry”, que sería el encargado de suministrar la sustancia fatal a los bailarines de “Adonis”.
Estaba todo a punto de suceder, pero “Strawberry” se asustó. Se asustó tanto ante la cantidad y la brutalidad de los crímenes que le habían encargado, que decidió denunciar a Colon ante el FBI. El Bureau Federal de Investigaciones allanó la casa de Ray Colon y, efectivamente, encontró nada menos que 46 gramos de cianuro. El hombre de Banerjee fue detenido.
Colon no delató a “Steve”, sino que eligió protegerlo. Hasta que Banerjee se negó a pagar un abogado que defendiera a su colaborador, y Colon decidió que ese abandono cambiaba completamente el escenario. Optó por colaborar con el FBI y, en secreto, grabó una conversación en la que Banerjee confesaba ser el autor intelectual de los crímenes cometidos y de los que estuvieron a punto de cometerse.

Con esas pruebas, el FBI sí pudo acusar a “Steve” y, finalmente, en 1993 fue arrestado. Lo acusaron de asesinato por encargo, incendios provocados, conspiración y chantaje. Ante los tribunales, Banerjee se confesó culpable. Es que había llegado a un acuerdo judicial en el que esa declaración implicaba salvar una parte de su fortuna para que la retuviera su familia.
El acuerdo implicaba que lo condenaran a 26 años de prisión y la renuncia a la propiedad de Chippendales. Pero “Steve” nunca llegó a escuchar la sentencia formal. El 24 de octubre de 1994, un día antes de que se la leyeran en una audiencia judicial, se ahorcó en su celda de Los Ángeles. Había inventado una nueva forma de entretener y había decidido arrasar con los que, según él, quisieran apropiarse de su creación.
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