
Hay quienes creen que el destino está marcado. Y que nada de lo que uno haga puede modificarlo. “Si es para ti ni aunque te quites, si no es para ti ni aunque te pongas”, dice el refrán. Quizá, esto no sea más que un dicho popular. Y es verdad eso del “libre albedrío”, que hace que cada uno vaya construyendo con sus elecciones la propia realidad. Pero en el caso de Mónica Jouvet, llama la atención que habiendo tenido más de una chance de esquivar la tragedia, todo la haya conducido directamente hacia su muerte.
Corría el 8 de abril de 1981. La actriz, de apenas 25 años de edad, estaba protagonizando la obra Hay que salvar a los delfines, junto a la española Analía Gadé, en el teatro Blanca Podestá. Todo parecía normal. Por eso, en el entreacto, el reconocido agente de prensa Tito Rivié la invitó a tomar un café después de la función. De haber aceptado, posiblemente, Mónica todavía estaría en este mundo. Pero su respuesta fue contundente: “Pablo me está esperando con un pollo al horno y tengo mucho que estudiar para la tele. Estoy muy cansada, me voy para casa”.
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El Pablo al que hacía referencia era, ni más ni menos, que Pablo Alarcón, su marido. Y lo que decía era cierto: el actor le había preparado una cena para que ella pudiera llegar y, de inmediato, ponerse a estudiar los libretos de Un latido distinto, la novela éxito de ATC en la que compartía elenco con Carlos Olivieri, María Aurelia Bisutti, Raúl Filippi, Mariángeles Ibarreta, Alberto Argibay, Donna Caroll, Enzo Bellomo e Hilda Bernard. Por eso es que estaba tan apurada.
Claro que la premura no era tal como para que ella se expusiera a correr riesgos. Porque lo cierto es que, apenas salió a la puerta del teatro, el boletero la ayudó a pedir un taxi. Sin embargo, viendo que el conductor del primer vehículo que paró era demasiado joven, Mónica optó por dejarlo pasar. “A ver si se me tira un lance”, le dijo un poco en serio y un poco en broma al trabajador de la sala. Si se hubiera subido a ese coche, posiblemente, estaría viva. O si se hubiera subido al siguiente, que también decidió rechazar vaya a saber por qué extraña presunción.
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Sin embargo, como si sus cartas estuvieran echadas, la actriz se montó al coche siguiente. El tercero. Ese que la llevó, sin escalas, a su prematuro final. Habían pasado apenas unos minutos de la medianoche, cuando en la esquina de Junín y Avenida Córdoba, un colectivo de la línea 109 chocó contra el taxi en el que viajaba la actriz provocándole graves lesiones.
El primero en ser asistido fue el colectivero, Héctor Sequeira, quien fue trasladado al Hospital Fernández luego de haber sufrido varios golpes. Mónica, en cambio, no recibió auxilio inmediato. Recién fue trasladada al Hospital de Clínicas cuando un patrullero que pasó por allí se apiadó de ella. Tenía traumatismo de cráneo, fracturas en las costillas y el brazo y había quedado sin conocimiento.
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Alarcón se quedó esperando a su esposa con la cena lista. Pero ella nunca llegó. Tanto el chofer del colectivo como el taxista, Claudio Soriano, quedaron detenidos tras el accidente. Pero determinar las responsabilidades no alcanzaba para revertir la situación en la que se encontraba Jouvet. Después de ser intervenida quirúrgicamente, la actriz fue trasladada al Hospital Italiano, donde le practicaron una tomografía. Y luego regresó a la terapia intensiva del nosocomio de la UBA con un “coma 4 en estado estacionario”, según lo que reflejaba el parte médico.
Nunca mejoró. Su marido no se movió de su lado. Y su íntima amiga, la también actriz María Valenzuela, se puso a disposición de él para brindarle toda su ayuda y acompañamiento. El desconsuelo de todos, familiares, amigos, colegas y público en general, era inevitable. Pero ninguno perdía las esperanzas de que se produjera un milagro. Sin embargo, con el correr de los días, su cuadro se empezó a complicar.
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El 15 de abril, Mónica pasó su cumpleaños número 26 en su cama de cuidados intensivos. Los médicos remarcaron que había sufrido una “desmejora a raíz de la grave situación y complicaciones en el proceso respiratorio”. Y, a esa altura, el desenlace parecía inevitable. Finalmente, el domingo 19, día de celebración de las Pascuas de resurrección, la actriz sufrió dos paros cardíacos. Levaba once días de agonía. Y, pasadas las nueve de la noche, murió.

Para Alarcón fue un golpe demasiado duro. Había hablado por teléfono con Mónica horas antes del accidente. La de ellos había sido una historia de amor tan intensa como complicada. Pero, después de atravesar varias situaciones límites, estaban disfrutando de un inmejorable momento. Es más: según se supo, desde hacía poco tiempo habían comenzado a hacer un tratamiento de fertilización, con la esperanza de buscar su primer hijo. Y, de repente, todo se desmoronó.
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Jouvet se había casado con Pablo el 11 de julio de 1975, cuando ella tenía apenas 20 años y él, 28. En ese momento, ambos eligieron como destino de su luna de miel la bella Italia. Lo hicieron pensando en paisajes románticos de Roma, Venecia y la cosa Amalfitana. Sin embargo, Mónica terminó siendo contratada por la RAI, por lo cual el viaje se terminó convirtiendo en una posibilidad laboral.
Esa puerta que se había abierto casi sin querer en el viejo continente, fue fundamental para cuando ambos se vieron obligados a exiliarse de la Argentina. Lo que ocurrió fue que Alarcón había sido productor, director y actor de un filme que daba cuenta de la violencia que reinaba durante el gobierno de Isabel Perón. Y terminó siendo perseguido por la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina). De hecho, un grupo armado irrumpió en la vivienda que compartía con Jouvet, buscando la cinta de esa película. Y les hicieron vivir un horror que nunca pudieron olvidar.
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Años más tarde, durante una entrevista, Pablo confesó que los habían golpeado a ambos. Y que, al no encontrar lo que buscaban ya que ese material no se hallaba en la casa, amenazaron con matarlos. Pero en ese momento, uno de los hombres que no lo había reconocido le preguntó su nombre. Y, al darse cuenta de que se trataba del galán de televisión, el jefe de la banda le retrucó: “Mi mujer te ama. Si te llego a hacer algo, me mata”.
Se salvaron por poco. Pero sabían que estaban en peligro. O, por lo menos, él. Así que, en menos de 24 horas, Mónica y Alarcón ya se habían embarcado en un vuelo con destino a Roma. La actriz lo hizo para acompañar a su esposo. Pero le costaba mucho vivir lejos de sus raíces. Y, años más tarde, ambos decidieron regresar al país para retomar sus carreras locales. Algo que parecía difícil y que, no obstante, lograron hacer con relativa facilidad, ya que el público no los había olvidado. Aunque nadie se podía imaginar que la tragedia se interpondría en sus caminos.
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Casualmente, días antes del accidente que derivó en su fallecimiento, Jouvet había grabado una escena en la que la víctima era María Aurelia Bisutti. “Los choferes de ómnibus siempre manejan bien… hasta que se les cruza alguna loca en en el camino”, le decía el personaje de Mónica al de Filippi. Ella ya había protagonizado un choque el 5 de marzo de 1972, después de hacer un espectáculo en la ciudad de La Plata junto a Donald McCluskey y otros artistas. En esa oportunidad, regresaba a la Capital Federal en el auto del cantante y sufrió una colisión a la altura de Wilde, por la que terminó con un brazo fracturado. Pero, según contó, había sido tan fuerte que por segundos temió lo peor. Aunque, entonces, todavía no había llegado su hora.

Nacida el 15 de abril de 1955 en Buenos Aires, Mónica era hija de los recordados Nelly Beltrán y Maurice Jouvet. Y de ellos había heredado su pasión por la actuación. Su debut había tenido lugar un programa infantil del viejo Canal 7, junto a su padre, donde le tocó entregarle un corazón a Pinocho. Después tomó clases de modelaje y dibujo publicitario. Hasta que, ya siendo una adolescente, participó del ciclo Tinglado de la risa (1970), para luego formar parte de éxitos como Teatro como en el teatro (1973) y Alta comedia (1981).
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También llegó a la pantalla grande de la mano de El picnic de los Campanelli (1972), El profesor tirabombas (1972), Yo gané el prode, ¿y usted? (1973), Las locuras del profesor (1979) y Sentimental (1981). De la misma manera, tuvo su destaque en teatro con El día que secuestraron al papa (1973) y Drácula (1979), entre otras. Y, de no haberse subido a ese taxi, seguramente hubiera cosechado muchos logros más. Pero tal vez su destino estaba marcado. O ella eligió justo el auto que debía haber dejado pasar.
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