
En 2015, Samanta Schweblin ganó el premio Ribera del Duero, dotado en 50.000 euros, con Siete casas vacías. Ese año, los finalistas habían sido, además de Schweblin, por supuesto: Edmundo Paz Soldán, Alberto Olmos, Cristina Cerrada y una "desconocida" Vera Giaconi. Desconocida porque, a diferencia de la larga trayectoria de los demás autores, Giaconi sólo había publicado un libro de cuentos, Carne viva (Eterna Cadencia, 2011), que, aunque muy elogiado por la crítica, había tenido el modesto recorrido habitual de la opera prima.
Pero ahora, luego de la repercusión de la experiencia del Ribera del Duero, un nuevo libro de Giaconi no solo es una buena noticia, sino también una muy esperada. Seres queridos (Anagrama, 2017) trae diez cuentos que tensan hasta el ahogo las relaciones familiares y los vínculos personales más íntimos. "La cuestión es ser honesto con la variedad de sentimientos que uno tiene", dirá Giaconi durante esta entrevista. "Uno no es buena persona todo el tiempo; también es alguien mezquino. Y en los vínculos eso se sufre, pero se habla poco."
Los cuentos —todos titulados con una sola palabra, lo que acrecienta la sensación de encierro— alternan entre el deseo de huída, los celos, el control, la envidia, la revancha, los rencores sordos que se alimentan por años. Una chica conoce en Los Ángeles al participante de un reality y juntos interpretan un reality particular para la hermana que los vigila por Skype; dos hermanas van a revolver entre las cosas de una tercera que ha muerto; un hijo ve cómo se desploma su vida mientras mira roncar a la madre; una paciente descarga contra su médico el odio que le produce una enfermedad incurable. Cada historia es una breve iluminación en la vida de los personajes. Un chispazo de epifanía que probablemente ni ellos puedan reconocer como tal.
Y si bien, como señalaba Marcelo Cohen en Carne viva, es posible reconocer las influencias de escritoras como Flannery O'Connor y Eudora Welty, en este segundo libro, Vera Giaconi se ha alejado de aquellas voces y definitivamente ha logrado construir un estilo propio.

—Alguna vez dijiste que intentabas escribir "en trance", como decía Levrero, y después lo corregías. Pero, ¿cómo se escribe así sobre temas que, de alguna manera, te obligan a una hiperconsciencia?
—En realidad, es al revés: con este tipo de temas es cuando es más necesario y cuando te lleva a cosas más honestas. Buscar el "trance" —igual, hay que ponerlo entre un montón de comillas— tiene que ver con que escribo a mano, en cuaderno. Evito la pantalla que casi no me permitiría salir de una sola oración que puedo editar eternamente. Buscar el trance tiene que ver con permitir que aparezcan esas cosas que uno no controla antes de que salgan. Uno no necesita el control para eso, si no al contrario, dejar de controlar y encontrarse uno mismo dándose permiso para habitar esos sentimientos.
—¿Seres queridos habla del lado oscuro de los lazos familiares?
—Es una manera de leerlo. Creo que hay otra cuestión que me interesa mucho y es la honestidad frente a los sentimientos. Uno padece todos los bordes de las personas que tiene más cerca, pero no son cosas con las que se sincera demasiado. Por momentos somos chiquitos, mezquinos, y eso genera tensiones muy fuertes, sobre todo en los vínculos más cercanos.
—¿En el libro se salva alguien?
—Sí, en este libro sí. Creo que al final aprenden algo. O llegan al fondo, y llegar al fondo siempre es una manera de sacar algo en limpio. Yo creo que se salvan todos. Adentro de mi cabeza, por lo menos, están todos vivos y bien.
—Una característica de tus cuentos son ciertas imágenes muy pregnantes: pienso en la chica anoréxica de Carne viva o en las hermanas de Seres queridos que se prueban el vestido de novia de la tercera que se murió.
—Son el tipo de cosas que se me aparecen. Cuando tengo al personaje puedo imaginar a qué lugares podría ir y a qué lugares no. En qué lugares lo creo verosímil y fuerte y en cuáles tendría que construir algo para que se pueda creer que está ahí y que sabe qué hacer con eso. No tengo idea de dónde salió la escena de las hermanas subiendo a la habitación a jugar con el vestido de novia de la hermana muerta. Cuando empecé a escribir esa escena tuve que preguntarme qué quería hacer con ellas.
—Hay muchas de esas escenas "inquietantes", para decir la frase de la faja del libro.
—Son escenas incómodas. No es fácil ver a alguien haciendo eso y no hacer nada para impedirlo o para mirar para otro lado. Pero no escribo buscando provocar una incomodidad ni apelar a la morbosidad. En realidad, sale de donde sale todo: de esos lugares mezquinos que no reconocés. No es mi intención inquietar sino llevar una situación lo más lejos posible. O buscar la manera de hablar de un sentimiento que es muy profundo y que está muy guardado, pero que a veces se nos escapa, justamente, con ese tipo de gestos. En "Los restos", donde está la escena de las dos hermanas jugando con el vestido de novia, una de las dos no está cómoda. Es la que tiene una historia más larga de rencores y de resentimientos que podrían haber guardado de verdad cosas inquietantes. Sin embargo, lo único que hay es algo casi infantil: el juego con un vestido de novia que nadie ve y que, además, tiene una testigo que no está cómoda y que, por lo tanto, equilibra un poco las cosas. Son pequeños momentos donde se filtra algo que estuvo oculto mucho tiempo. Lo verdaderamente inquietante es la capacidad de esconder sentimientos oscuros durante toda la vida. Que se nos escape cada tanto me parece tranquilizador.

—Aunque con estilos y abordajes muy diferentes, hay, sin embargo, una zona compartida de intereses y conflictos en escritores como Samanta Schweblin, Mariana Enriquez, Federico Falco y vos. Todos rondan los 40 años: ¿se puede reconocer una suerte de mirada generacional? ¿Qué dice, en todo caso, de la generación?
—[Demora en responder] Sí… Primero diría que hay una relación con el realismo, que está casi estirado hasta el borde, hasta donde se empieza a derramar hacia otros lugares. Y también, que cuando se plantean conflictos muy del ámbito de lo familiar o de lo doméstico, siempre se está hablando de otra cosa. El libro de Mariana Enriquez, por ejemplo, es socialmente muy incisivo. Creo que la excusa de lo cotidiano para hablar del mundo, da cuenta de cierta incomodidad que sufrió nuestra generación para la militancia o la discusión política y de cómo fuimos encontrando otras maneras y otras estrategias para hablar. Somos la generación que creció en la dictadura. En mi caso, además, fui criada por personas que escaparon y que, por lo tanto, temieron. Para mí, hasta los 15 años el exilio era un secreto. Eso te llena de temores y te hace buscar estrategias para hablar de lo que querés hablar.
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