
A Nora Kviatkovski, una monja que tenía un diagnóstico de cáncer terminal, le preguntaron qué cosas le molestaba que le dijeran los que la rodeaban. Ella respondió: “Yo pongo perimetrales. Por ejemplo, no quiero que me pregunten ¿te hacías los controles?” Es decir, no toleraba un comentario que en el fondo era un reproche, infundado además.
Pues bien, los adultos mayores también tienen que poner perimetrales en su entorno. Por ejemplo: “No me hablen como a un niño, porque evidentemente no lo soy”. Es una tendencia frecuente en el trato hacia los ancianos: es un paternalismo que no tiene razón de ser.
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Sor Cornélia, una religiosa suiza de la orden Hermanitas de los Pobres, que trabaja en el acompañamiento de personas mayores solas, lo dice con toda claridad: “No son niños, son personas que han vivido toda una vida, las actividades que les ofrecemos no tienen que ser para niños”.

En el mismo sentido, otra perimetral a dictar es: “No me digas abuelo (o abuela)”. No a todos pero a muchos adultos mayores les molesta ser tratados así por personas con las que no tienen un vínculo familiar. Aunque sean abuelos, no lo son de todo el mundo.
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“Viejo sí, tonto no” es otra de las perimetrales a dictar. La tendencia a descalificar a una persona apelando a su edad es algo muy frecuente. En todos los ámbitos: laboral, político, etc.
¿Quién no escuchó el “está grande” o incluso “está gagá”, en referencia a un adversario político, por ejemplo? Es un atajo para no debatir pero no deja de ser edadismo. Una réplica frecuente cuando un adulto mayor opina en un sentido que no gusta.
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Esta actitud es muy frecuente en gente que evidentemente cree que nunca va a envejecer. De pronto, cuando llegan a esas edades que despreciaron, están como el escritor francés André Gide (1869-1951) que, al pasar los 60, confesaba: “Debo hacer un gran esfuerzo para convencerme de que tengo hoy la edad de los que me parecían tan viejos cuando yo era joven”.

Hay un edadismo bien intencionado, que consiste en ocultarles cosas a las personas mayores, excluirlas de ciertas tareas o, más grave aún, decidir por ellas. Una protección que presupone vulnerabilidad.
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Otra actitud que ofende y duele es la de considerar que ya vivieron. Un “ya está”, que supone que el adulto mayor está más allá de las emociones y los sentimientos; y si los manifiesta, se lo considera ridículo, fuera de lugar. Invalidar, cuestionar lo que siente es también una forma de edadismo.
“A su edad es normal”
Una frase que se escucha mucho en los consultorios y que los seniors no deberían aceptar sin más, es: “A su edad es normal”. Algo que muchos médicos suelen decir y a veces como invitación a la resignación.
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Puede que lo sea, pero puede que no. Y aun si es normal es inaceptable que la única prescripción sea resignarse.
Infobae preguntó a Santiago Catalán Pellet, reumatólogo que por su especialidad tiene muchos pacientes adultos mayores, si es común que los médicos les digan a los pacientes cosas como “¿qué pretende a su edad?”
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La respuesta fue: “Hay un estudio que mostró que el médico tiene un prejuicio ante tres variables que ve en su consulta y ya piensa que son la causa de todo: obesidad, fibromialgia -dolor funcional no orgánico- y vejez. Es interesante romper el estereotipo de que la vejez implica dolor, esto no es así. Que entiendan que hay un rediseño de la vejez. No hay que caer en edadismo. Es necesario reeducar a los médicos para que eviten esos mensajes fatalistas, como ‘ya está, es la edad’”.
Amabilidad sí, condescendencia no
A los 80, Helen Mirren se quejó de la “condescendencia” con los adultos mayores: “Me molesta mucho”, dijo.
“Creen que son amables y generosos, pero no es así: son insultantes”, explicó.
Un elemento a tener en cuenta es que la definición de “anciano” ha cambiado con el tiempo, a medida que se ha ido extendiendo la esperanza de vida.
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A la manera de André Gide, todo el mundo tiende a posponer la edad a la que se definirían como ancianos un poco más allá de su edad actual. Recordemos por otra parte que en la sociedad occidental envejecer tiene mala prensa. Se la vive como una pérdida, una decadencia, antes que como una fase natural de la vida.

Pero es innegable que el aumento de la esperanza de vida verificado en las últimas décadas hace que las personas se sientan jóvenes durante más tiempo. Lo que vuelve más intolerables algunos de los comentarios consignados más arriba.
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Por otra parte, muchas personas siguen trabajando o activas más allá de la edad legal de retiro, lo que lleva al natural sentimiento de ser todavía alguien de valía.
Durante la pandemia de Covid y el consiguiente confinamiento, el filósofo Tomás Abraham estalló contra la desvalorización hacia las personas de su edad: “Nos trataban con diminutivos, nos decían ‘abuelitos’. Esta humillación me hizo reaccionar. Tenía ganas de salir con un fusil, pero no podía, entonces me mantuve encerrado y con el fusil cargado”.
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