Claudio Cosano recibe en su taller de Recoleta con un estilo sencillo, cálido y directo. Esa simpatía seguramente también contribuyó a su éxito. Pero la clave fue el talento, la creatividad, pero sostenida por “el esfuerzo y la constancia”, como él mismo explica. Y el ritmo de trabajo que a sus 63 años sigue siendo intensísimo.
“Ahora vos te vas, y yo me cambio y me pongo a hacer moldes. Yo sigo atendiendo y me sigo agachando a hacerte el ruedo del vestido”, dice quien sigue al frente de cada detalle en su taller. “A pesar de que hoy, gracias a Dios, soy Claudio Cosano, sigo trabajando con la misma intensidad que cuando empecé”.
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Y con la misma audacia. La que lo llevó a lograr que sus creaciones llegaran a las mejores pasarelas y a la televisión, la que lo convirtió en uno de los diseñadores favoritos de las dos máximas divas de la televisión argentina: Susana Giménez y Mirtha Legrand. Y a pensar creaciones y desfiles que no siguen las reglas establecidas.
Usa el adjetivo cosanesco para referirse a su estilo pero también a las “diosas” a las que les gusta lucir sus vestidos. Y explica cómo cuida a cada una. “No hay edad para la moda”, dice pero sí hay diseño, detalles, colores que favorecen más a unas u otras; y sobre todo pasión por el diseño. “Hacer vestidos, es mi verdadera pasión”, asegura.
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Un vestido de Cosano lleva unos tres meses de trabajo y varias pruebas. La excepción es Mirtha, la “Chiqui”, a la que le lleva los diseños casi terminados. La conoce bien y tiene un maniquí hecho a su medida...
— ¿No hay edad para la moda?
— No.
— Las mujeres siempre queremos estar...
— …divinas, sí, y en Cosano no hay edad ni hay estilo de mujer. O sea, a mí me gusta vestir a las mujeres: yo no separo en góndolas si son altas, flacas, bajas, jóvenes, adultas. A mí me gusta vestir a toda mujer que se quiera acercar a mi taller.
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— Tu último desfile quiso ser una muestra de eso, ¿verdad?
— Sí, denominé Permanencia a la colección y puse tanto modelos chiquilinas como Barby Franco o Anabel Sánchez, que ahora está muy arriba, como a diosas como Teresa Calandra, Evelyn Scheidl, Mónica Labari, justamente para mostrar que el estilo Cosano se adapta con el correr del tiempo y a la edad de cada mujer.
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— Últimamente se convoca a modelos veteranas. Antes, pasaban los 30 y ya...
— No, ya no. Eso yo ya lo hice hace dos años. Se me ocurrió la idea de poner a modelos, que además son amigas, como Evelyn Scheidl, Daniela Cardone, —con ella empecé—, y tuvo un éxito total. Y dije: “Bueno, en este desfile lo quiero intensificar”, porque además, hay un retorno de la sastrería muy fuerte y la sastrería en este tipo de mujeres queda espectacular.
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— ¿No hay riesgo de que desaparezca todo el trabajo artesanal de la confección?
— Todo se hace acá. Yo tengo taller interno. Creo que soy el único de los diseñadores en tenerlo. De hecho, acá entra el género y sale la prenda terminada.
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— No tercerizás nada.
— No tercerizo nada porque, aunque hoy soy un atelier muy grande, de todo vestido o traje que ves acá, la moldería es mía, la hago yo. Porque me gusta, porque aprendí el oficio; y porque ahí está marcado mi sello. Después tengo modistas que fuimos preparando con mi hermano. Yo soy sastre. Y el oficio es lo más importante, que es lo que hoy se está perdiendo, pero no en Argentina: en el mundo. Conseguir gente que tenga oficio en coser, planchar, terminar a mano es muy complicado. Yo tengo la suerte de tener un buen equipo que me acompaña hace 30 años, imaginate. Tengo bordadoras, cortadoras, modistas. Somos un equipo grande. Mi hermano a la cabeza, que es el que se encarga de toda la pedrería.
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— Decís “soy sastre”, con orgullo, pero tengo entendido que llegaste a la moda un poco por casualidad. En cierta forma sos autodidacta.
— Sí, totalmente.
— Sos un creador.
— Total.
— Pero tenés una formación de arquitecto.
— Sí, sí. Yo soñaba con ser arquitecto. Estudié la carrera completa. Me quedaron un par de finales que, como ya estaba muy metido en la moda, no pude dar. Quería ser un César Pelli, siempre pensando a lo grande, o un Clorindo Testa. Y la vida me desvió al mundo de la moda. Ahí descubrí mi verdadera pasión: hacer vestidos. Y lo aprendí todo de manera autodidacta. Después me fui perfeccionando y fijate lo que son las vueltas de la vida: de ser un autodidacta total a ser hoy nombrado Maestro Argentino de la Moda por la Universidad de Palermo. Tengo una cátedra donde enseño el oficio de coser. Soy muy obsesivo con eso. Para mí una prenda tiene que estar perfectamente confeccionada y hoy eso se está perdiendo. Hoy cuesta conseguir un traje que calce bien, que tome bien los hombros, que la manga tenga buena caída. Por eso se hace todo acá dentro de mi atelier.
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— No sólo los trajes, también los vestidos suelen estar mal cortados.
— Hay una confusión, y no lo digo peyorativamente, pero mucha gente dice: “Yo hago vestidos de alta costura”. No: una cosa es hacer vestidos de fiesta y otra hacer vestidos de alta costura. El vestido de alta costura, como el traje, lleva una prueba de toile, lleva varias pruebas, se hace a la medida en el cuerpo.

— ¿La prueba de toile es como un borrador?
— Claro: viene la clienta, me encarga un vestido. Por más que lo interprete, primero se corta un toile, el mismo vestido, igual, pero en un lienzo blanco que se tira. Sobre el cuerpo se corrigen todos los errores y se adapta al gusto personal, más escote, menos escote, manga, no manga. Cuando me da el okey sobre su cuerpo, recién ahí se elige el género y se confecciona Así el día que viene a probar el vestido verdadero no aparecen sorpresas. Eso es el arte de la buena costura. Y se termina totalmente a mano.
— ¿Cuánto tiempo pasa desde que la señora entra acá por primera vez hasta que se va con el vestido terminado?
— Generalmente yo pido mínimo tres a cuatro meses de anticipación al evento, porque como mínimo son una prueba de toile y cuatro pruebas más. Con cinco pruebas te llevás el vestido impecable. Eso es hacer un vestido a la medida.
— O sea, tres meses.
— Sí, sí, mínimo. Pero se trabaja en cadena, mientras se corta un vestido, se va armando el otro, se va bordando...

— ¿Hacés solamente vestidos de fiesta?
— Y novias. Pero no, yo me dedico a todo, desde el prêt-à-porter, que es en realidad un prêt-à-porter casi de alta costura porque los trajes también van a prueba de toile.
— ¿Hacés por ejemplo un traje de diario para una mujer?
— En general arrancan, te diría, de traje de cóctel, porque la sastrería que yo hago es muy arreglada y no da como para el uso diario. Salvo que yo incorporé, hace como cinco años, como novedad, lo que llamo Claudio Cosano Denim Couture: hago trajes de jean, pero tratados como si fuesen de alta costura. Al ser de denim te permite usarlo para diario. Eso re impactó.
— Qué versátil es el denim…
— Sí. He hecho vestidos de alta costura en denim. Con bordados en cristalería. Esa colección fue presentada en París y el año pasado me invitaron a México, a Playa del Carmen, a presentarla en la playa. Fue divino. El denim es el género más noble y adaptable que hay.

— ¿Cuándo empezaste a ser Claudio Cosano?
— Yo empecé de muy, muy abajo. Cosiendo con una máquina doméstica. Todo me costó mucho esfuerzo. Pero creo que tomé conciencia de que podía ser un diseñador y me valoricé a mí mismo un poco más cuando vino Susana Giménez a visitarme, cuado todavía no existía la sede Claudio Cosano.
— ¿Y cómo llegó ella?
— Fue 25, 30 años atrás. Yo era un diseñador joven que recién empezaba y un día digo: “Quiero ver mis prendas en una modelo”. Y la llamé a Carmen Yazalde, que en ese momento hacía “La moda por 50 pesos”, en el programa de Susana.
— En el uno a uno seguramente.
— Claro. Susana sorteaba un millón de dólares todos los meses. Mirá el país en que estábamos. Entonces vino Carmen al taller, que era una cosita muy chiquitita, y me dice: “La ropa tuya la tiene que conocer Susana”. Nunca le creí. Pero vino Susana, se vistió conmigo y a partir de ahí… Eso me dio una seguridad total. Y después apareció la Chiqui Legrand, que es super “cosanesca”, porque hace 30 años ininterrumpidos que la visto.

— ¿Son exclusivas tuyas? ¿Sos el único que las viste?
— No. A mí no me gusta ni que una modelo o una celebrity sea exclusiva mía, ni yo ser exclusivo de ella, porque la moda es amplia. Susana ama las marcas internacionales. Ella es todo Dolce & Gabbana, Versace, Gucci. Lo cual me encanta. Pero a la hora de elegir diseñadores nacionales me ha elegido un montón de veces. Yo le hice el famoso vestido icónico, amarillo, con un sol dorado acá [señala el centro del pecho], cuando ella sorteaba un millón de dólares. Ese vestido después fue replicado con la bandera argentina detrás, como que ella era el sol.
— Eso lo volvió icónico.
— Sí, porque era Susana. Y con Mirta me pasó lo mismo. A Mirta la he vestido para el Martín Fierro. Mi moda es 35 para arriba. No hago moda para chiquilinas, diría más la generación silver. Y la Chiqui ama mi ropa. La he vestido en todos sus cumpleaños, en todos los Martín Fierro, pero no soy exclusivo.

— Hablando de la gente silver, digamos de 50, 55, 60 en adelante, ¿hay algunos sí, algunos no?
— Sí, obvio. Esta última colección, Permanencia, impactó tanto por eso: porque hay una edad para lucir cada tipo de ropa. Yo lo evidencié en el desfile. Por ejemplo, a las más jóvenes les ponía vestidos totalmente transparentes y a las silver solo mangas transparentes. Ahí está el arte de la alta costura: ver a la mujer y vestirla, embelleciendo lo mejor que tiene para lucir. Y no te diría tapando, pero sí dejando que no se vea lo que ya no se puede mostrar.
— Destacar aquello en lo cual querés que la gente se concentre.
— Exacto. Si tenés buen escote, lucirlo, si tenés buenas piernas, podés tener un tajo. Generalmente a partir de los 50, 55, y más cuando sos muy importante, por ejemplo una madrina, no me gusta que vaya a la iglesia con un vestido totalmente desnudo. No da.
— Claro, también está el rol, no se debe llamar más la atención que la novia [risas].
— Tal cual. Lo que nosotros en la moda decimos situación de uso. El vestido debe adaptarse a la situación de uso. Si sos una madrina, lucir como tal. Si el evento es de día o de noche, te va a permitir tener o no más o menos brillos. La situación de uso hace que la mujer luzca divina y adecuada al sitio y momento.

— A partir de cierta edad, ¿hay que evitar algunos colores?
— No, yo como diseñador rompí muchas reglas. Una fue el uso del color. Tal vez eso sí tenga que ver con la arquitectura. Me gusta el color, la energía, la vida. Cada mujer busca el diseñador con el que se siente reflejada, y a mí me pasa que me cuesta vender el negro. Es un color que me encanta, pero no es muy cosanesco.
— No vienen acá para buscar...
— Vienen a buscar color. Pero vuelvo a la situación de uso. En las mujeres silver, cuando se le casa un hijo, hay que cuidar el tema del color. Dn un cumpleaños de quince pasa lo mismo.
— ¿Cuáles son las alternativas al negro?
— Gris peltre, borgoña, berenjena, azul marino, verde oliva...
— ¿A qué le dirías “no” en una mujer grande?
— En una mujer, diría, de más de 50, cuido mucho, mucho, el tema de los brazos, la cintura y las piernas. Hoy tenés un montón de recursos: transparencias, géneros traslúcidos que, sin tapar por completo, cubren partecitas que por ahí ya no está bueno mostrarlas. Pero algo quiero destacar: la mujer argentina es recoqueta. Es raro que una argentina se ponga algo que ella sepa que le va a quedar mal, porque te escucha. Y eso no pasa en todos lados. Tuve la suerte de hacer desfiles y representar a Argentina en Europa, Estados Unidos y la mujer no es tan coqueta como la argentina. En Estados Unidos, por ejemplo, no les interesa nada.

— No son los reyes del buen gusto. [risas]
— En Estados Unidos, por ejemplo, te venden el vestido al talle. Acá una argentina, cuando se le casa un hijo, ni loca compra un vestido de perchero.
— ¿Tus clientas en general aceptan lo que vos les decís?
— Sí.
— Si una te discute, ¿lo aceptás o le decís “la puerta”? [risas]
— No, no. Si bien la moda es arte, es un hecho cultural y artístico, yo no pierdo la veta comercial. Necesito vender para mantener mi atelier. Entonces, psicológicamente te voy llevando. Nunca te voy a decir no, porque tampoco me creo el rey de la sabiduría. Pero siempre está la prueba de toile. Y ahí, cuando se ven vestidas, se dan cuenta de que por ahí lo que ellas querían no puede ser. Pero trato de no perder la venta: ni loco te digo la puerta. [risas]
— Me hablabas de la cintura. ¿El drapeado ayuda a disimular…?
— Hay muchos secretos para estilizar. Cuando viene la clienta, primero la escucho, me encanta y me permite ver si es tímida o extrovertida. Después miro la figura. En función de eso voy a hacer el corte que mejor le va a quedar, porque el secreto está en el corte: si es talle imperio, si es talle bajo, si es a la cintura, si el vestido debe ser entero. Después vienen los adornos. El drapeado es un artilugio para disimular, pero no es el único. Y a veces es en contra. ¿Sabés cuál es uno de los secretos que yo uso mucho? En un momento me habían llamado el rey de la corsetería. Soy muy del corsé.

— Claro, porque el corsé…
— Te modela. No es un corsé que no te deja respirar o sentarte. Es un corsé hecho a tu medida que lo que hace es modelarte, sin necesidad de asfixiarte.
— ¿Cómo es Mirtha como cliente, ¿es dócil o es...?
— Súper. Mirá, lo digo siempre: uno a veces tiene el pensamiento de que las grandes figuras como Mirtha, Susana, como Valeria Lynch, que la he vestido, te puedo nombrar un montón de mujeres silver... Uno piensa que deben ser redifíciles. No. Las mujeres como Mirtha Legrand son tan seguras de sí mismas que ya saben lo que les va a gustar y no dan vueltas. Susana es igual. Te dice: “Clau, esto sí, esto no”. A veces las chiquilinas que recién comienzan, que deberían ser más accesibles, son las más complicadas. Y yo a la Chiqui le llevo los vestidos terminados, hasta con el ruedo hecho. Obviamente, la conozco: 30 años que la visto.
— No le hacés el toile...
— No, no me gusta molestarla, no puedo tenerla tres horas parada, probándole y alfileteándole el vestido sobre el cuerpo. Entonces me hice un maniquí. Tengo el maniquí de la Chiqui.
— Tenés un clon de Mirtha. [risas]
— Obvio. Tengo a la Chiqui en mi casa, un maniquí que sólo tocamos mi hermano y yo. Ese maniquí es sagrado. Entonces yo ya le llevo el vestido y ella queda impactada porque siempre me dice: “Claudio, ¿pero hasta el ruedo?” Sí, para no molestarla tanto. Aparte yo a Mirtha la visto durante un mes seguido. Entonces, no puedo probarle cinco horas un vestido porque la agoto. Yo le llevo todos los equipos. Y me encanta impactarla, porque ni siquiera le anticipo colores. Eso lo hablo con Héctor Vidal Rivas, que es su vestuarista. Le digo: “Mirá, me encantaría la Chiqui de blanco”. “Bueno, dale”. Entonces le llevo el vestido y ella lo está viendo por primera vez. Y vuelvo a repetir: no es porque sea un mago, sino porque realmente la conozco mucho.
— ¿Cómo funciona? Ella te dice: “Este mes me vestís vos”.
— No, yo por ahí le preparo cinco looks, se los llevo, se los pruebo, si hay que hacerle modificaciones se le hacen, y después se los dejo. Ella elige en qué ocasión se los pone. A mí me sorprende, porque por ahí veo que fue al teatro la semana pasada a ver a Adrián Suar con un Cosano espectacular y yo no sabía que se lo iba a poner.

— ¿Mirtha repite los looks?
— Sí, repite. Los vestidos de la Chiqui no vuelven al taller, porque se los hago para ella y son de ella. Ha usado vestidos míos hasta cinco veces. Yo digo: “¡Basta con ese vestido!”. Pero si a ella le gusta, se lo pone.
— ¿En la tele también?
— También. Y es bárbaro eso, porque vestidos de alta costura tan elaborados no dan para usarlos una sola vez.
— Entonces, volviendo al tema de la artesanía, del oficio: ¿existen hoy escuelas?
— Hoy lo que tenemos, por suerte, y que no existía cuando yo empecé en esto, son universidades que enseñan moda. Tenemos acá la Universidad Nacional de Buenos Aires, donde está la carrera de Diseño, y una privada, que está rankeada como de las mejores del mundo: la Universidad de Palermo. Y no sabés cómo les hincho a los chicos con los detalles de costura. Yo les tiro todos los tips. No me guardo nada, todo lo que aprendí intuitivamente lo vuelco, porque hay cosas que los libros no te enseñan. Ahí está el oficio. Aprendés a coser cosiendo; aprendés a planchar planchando. Yo enseño eso, me encanta. Estoy todo el tiempo con las máquinas y con mis modistas.
— ¿Te gusta planchar? }
— Me encanta.
— ¿Coser y bordar?
— Sí. No tendría que contarlo, pero no me ofende para nada. Son secretos que te cuento: el que quiebra las solapas de la sastrería en cada traje Cosano es Claudio Cosano. Me encanta. [risas] La plancha. Yo siempre les digo a los estudiantes: “La plancha tiene que ser tu tercera mano”. No se puede coser un vestido o un traje si no tenés la plancha pegada a tu mano, porque una vez que salió de la costura ya luce perfecto.
— ¿La moda actual es mucho más flexible que antes? Ya no se dice “este año se usa esto o esto ya no se usa”.
— No, eso cambió. Igual yo, desde que empecé, como soy autodidacta, no seguí las reglas que dicta la moda. Siempre rompí esas reglas. Y si había algo que a mí me gustaba y por ahí no estaba en tendencia, yo lo hacía igual. Soy cabeza dura. Siempre fui fiel a lo que yo quería hacer.
— ¿No hay dificultades para conseguir los materiales, las telas, los hilos?
— Desgraciadamente, es todo importado, porque no tenemos producción nacional de género de mucho lujo. Pero pasa en el mundo. Generalmente todo viene de Italia, España. Y ahora, Japón y China. Uno tiene la imagen de que en China es todo ordinario. No: China produce géneros también de altísima calidad y seda natural.
— ¿El denim también es para todas las edades? ¿Va en una mujer grande?
— Sí, va. Uno asocia el jean al pantalón que usamos todos los días mujeres y hombres. Por eso yo digo denim, que es el género. Yo he hecho trajes, y me los compran generalmente mujeres de 45 en adelante. Tengo entre mis clientas un montón de empresarias y gente del arte, de la cultura, que usan el traje de jean. El denim permite juguetear entre lo que es la couture y el uso diario, lo deportivo.

— Tu madrina entonces fue Carmen Yazalde.
— Dos hubo, que me ayudaron muchísimo: Carmen Yazalde y Daniela Cardone, que en aquel momento era top model, topísima. Con ellas empecé a debutar en pasarela.
— La Argentina produce mucha belleza femenina.
— Pero totalmente. De hecho tenemos modelos argentinas que triunfan en París. Valeria Mazza, nuestro ícono, pero por ejemplo Mica Argañaráz que hace todas las campañas de Versace, Gucci, Dolce Gabbana. Para que haga los desfiles de Donatella Versace, con lo exigente que es, y la pone a abrir al lado de ella.
— En promedio, tu clientela sería de 45, 50.
— Mi clientela mayoritaria es de 40 para arriba, salvo, acotación, las quinceañeras, que mueren con los Cosanos de quince. Yo hago muchos vestidos de quince. Tengo toda una sección.
— ¿Novias seguís haciendo?
— Sí, pero solamente a medida. Antes hacía una colección de novias. Ahora que ya estoy más grande [rsas], las novias son únicamente a medida.
— Era un trabajo enorme entonces. Una colección de quince, otra de novia, otra...
— Hubo una época en que yo presentaba cuatro colecciones anuales: la de primavera-verano, la de otoño-invierno, la de quince y la de novia. Y después dije: “No, ya quiero…” 4
— Cada colección con un desfile, además.
— Claro: desfiles. He hecho desfiles completos de novias con 60 vestidos. Y yo hacía desfiles muy mediáticos. Siempre había escándalos. Últimamente, los hice acá en mi propio taller, pero solo para prensa y celebridades. Hoy las redes sociales manejan todo: y todo mi público lo ve.
— ¿Por qué había escándalo?
— Me gustaba hacer desfiles mediáticos para lograr un nombre y establecerme en el mundo de la moda. He hecho desfiles que quedaron icónicos. Hubo uno que salió en el New York Times, porque había hecho desfilar a las modelos desnudas con el vestido pintado en el cuerpo. Me tomé un trabajo de ocho horas y no tenía modelos comunes: estaban Pampita, Nicole Neumann, Julieta Prandi, Sofía Zámolo. Les habíamos pintado el vestido en el cuerpo con Mabby Autino, un trabajo atómico. Hoy ni loco te lo hago. Pero cuando salían las modelos con el cuerpo pintado fue tal el impacto...

— Tendrías que haber sido pintor.
— Me encantaba. No sabés lo que fue ese desfile. Después he hecho locuras. Puse a Wanda Nara a desfilar.
— Ahora entonces los desfiles los hacés en tu propio taller.
— Sí, y si es un honor que venga la Chiqui, que además venga a tu desfile ya es sinónimo de éxito por la prensa. Vio al último con un traje Cosano todo dorado, divino, y luciendo el pin [un prendedor obsequiado por Cosano con motivo del desfile], o sea, en agradecimiento. Estaba todo mi equipo de La jaula de la moda, hace 14 años que estoy en el programa. Vamos por la temporada 15. Es increíble: 15 años en la tele. Y tengo hasta un Martín Fierro ganado, personal. La jaula tiene 15 Martín Fierro ganados.
— He visto que convocás a mujeres que no son modelos profesionales.
— Sí, me encanta. Porque te vuelvo a repetir: en el mundo Cosano toda mujer que quiera puede tener un Cosano. Mirá lo amplio que es mi mundo: desde una Wanda Nara, a la que le hice los dos trajes de novia, a una super aristócrata como Teresa Calandra. Desde la reina Mirtha Legrand hasta una modelo como Luciana Salazar. Todas conviven en Cosano.
— Diversidad de edades, de estrato social...
— De estilos.
— A propósito de las silver: se está poniendo de moda dejarse las canas. ¿No limitan un poco la elección de colores?
— Me encanta porque te voy respondiendo en función del último desfile. Tuve a Teresita Garbesi, que es una señora de 70 años, y ella se dejó las canas. Le dije: “Tere, estás divina, ¿cómo no vas a desfilar en Cosano?”. Sí le puse colores que le queden bien. El color del cabello limita un poco el color del vestido. No pasa solamente en las canosas. ¿Sabés cuáles son las más complicadas?
— Las coloradas.
— Las pelirrojas. A la pelirroja le queda bien el azul, los verdes, los dorados, los naranjas. Hasta, según el tono, el rojo, aunque parezca mentira. Las canosas quedan bien con colores fuertes. A Tere Garbesi la hice cerrar con un vestido azul marino, que con el blanco del pelo le quedaba espectacular. Teresa Garbesi, Mónica Laballe, modelos de altísima costura; Teresa Calandra, Evelyn Jade, Virginia Elizalde, Nequi Galotti... están espectaculares. Nequi es cosanesca. Le hice hasta el traje de madrina cuando se casó Esmeralda Mitre.
— ¿Estás vistiendo a Karina Milei?
— Sí, también. Me llamó un día... le gusta mi ropa, la sastrería. Vino y como clienta la atendí: le he hecho un montón de trajes que ella usa en ocasiones muy especiales. Por ejemplo, cuando va comitiva al exterior, cuando se reunió Donald Trump y todo eso: toda la ropa era Cosano. Sí.
— ¿Y tenés clientas de afuera?
— No. Pero tuve la posibilidad de trabajar afuera en el 2001, cuando explotó todo. Fui a Estados Unidos a vender mi ropa y me querían ya agarrar. Y dije: “No, me quedo en mi país”. Y la pegué, porque a partir de ahí empecé a ser Claudio Cosano.
— Qué bien, qué suerte. Porque exportamos tanto talento...
— Me gusta estar acá. Es así también porque Argentina es un mercado muy limitado y en la Argentina de hoy, el mercado textil está muy herido. Estamos pasando una situación realmente preocupante. Yo siempre apunto a más, por eso hice el desfile que hice hace un par de semanas. Pero es un momento muy delicado.

— ¿Qué les dirías a los jóvenes que se quieren dedicar a esto?
— Lo que digo cuando voy a la universidad: todo se puede lograr bajo dos temas: la constancia y el esfuerzo. Sin esfuerzo y constancia no lográs nada. Podés tener talento, pero después lo tenés que sostener y lograr una carrera estable en función del esfuerzo y el trabajo. A pesar de que hoy, gracias a Dios, soy Claudio Cosano, tengo un nombre establecido y tengo un taller como éste, sigo trabajando con la misma intensidad que cuando empecé. Ahora te vas vos, y yo me cambio y me pongo a hacer moldes. Yo sigo atendiendo y me sigo agachando a hacerte el ruedo del vestido.
— ¿Te ponés de rodillas...?
— Sí, sí. Yo sigo probando. Mi hermano y yo somos los únicos que probamos. Yo no te delego a una modista ni siquiera para marcar un ruedo, porque la gente te quiere ver a vos: quiere ver a Cosano.
— Mucha implicación personal entonces.
— El secreto está en el esfuerzo. Así como yo llegué, cualquier diseñador joven, que va a ser mi continuidad, puede llegar, porque yo en cualquier momento ya chau… [ríe]
— A propósito, ¿tenés un continuador, un discípulo o discípula?
— No pienso en esas cosas. Tampoco pienso en el museo Cosano. Yo vendo todo: termino la colección y lo que no se vende lo liquido. No pienso en ese sentido, porque también soy realista. Vivimos en un país que es Argentina: esto no es Italia, donde Donatella Versace deja su legado... No. Yo me dedico al día a día: a vivir, a crecer y a tratar de trabajar y mejorar como ser humano.
[RS FOTOS]
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