
“Yo tenía mucho, mucho miedo al agua”, confiesa Miriam Riquelme, de 60 años, quien aprendió a nadar después de jubilarse y hoy disfruta cada sesión en la pileta del Club Alianza. Su experiencia demuestra que nunca es tarde para superar el miedo al agua; la clave no es la valentía ni la fuerza física, sino la técnica adecuada.
“El miedo aparece porque nos faltan recursos técnicos básicos, como la respiración o la flotación, no porque tengamos una barrera psicológica imposible”, explica el profesor Sebastián Nieto, instructor de natación en adultos mayores. Agrega: “El único animal que no sabe nadar es el ser humano, tiene que aprender”.
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Nieto señala que, aunque las dudas e inseguridades son frecuentes en las primeras clases, muchas personas logran avances notables. “Tengo alumnos de 60, 70 y hasta 80 años que empezaron a nadar y les cambió la vida”, afirma. Es que no existe un límite real de edad: el éxito depende de la disposición y del acompañamiento profesional.
El instructor enfatiza que el aprendizaje comienza con la construcción de confianza a través de ejercicios simples y progresivos.
“Comenzamos en seco, para familiarizarnos con los movimientos”, explica Nieto. Después, se avanza al agua baja con ejercicios de respiración y flotación, como sentarse en el borde de la piscina o flotar con ayuda de un flotador.
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El profesor subraya: “Lo importante es avanzar a su propio ritmo y festejar cada pequeño logro”. Considera esencial celebrar cada meta, por mínima que parezca. Asegura que la seguridad y el acompañamiento influyen especialmente en adultos mayores.
Uno de los retos más habituales es el control de la respiración y la relajación muscular. “Muchas personas se tensan demasiado, eso las hace hundirse”, observa Nieto. Explica que un problema común es contener la respiración en vez de exhalar bajo el agua, lo que genera ansiedad.
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Por esta razón, dedica tiempo a enseñar ejercicios de exhalación suave y a trabajar la postura del cuerpo para que la técnica de flotación resulte natural y eficiente. “Estamos siempre apoyando, corrigiendo y adaptando cada ejercicio al ritmo y la comodidad de cada persona”, destaca.
Miriam reconoce que su proceso tuvo desafíos emocionales y sociales. “Nunca pensé que podía aprender”, relata. “Sentía vergüenza, pensaba que se iban a reír de mí en la pileta por mi edad o por cómo me veía en traje de baño”, añade.
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Sin embargo, atribuye su perseverancia al apoyo recibido: “Cuando llegué, el recibimiento fue hermoso. Me animé y terminé metiendo la cabeza en el agua, algo impensado para mí”. Cuenta que cada pequeño avance fue celebrado con aplausos del grupo. “Volví una y otra vez a la pileta porque la confianza iba creciendo”, recuerda.
El entorno de apoyo, tanto del instructor como del grupo, es fundamental para superar la inseguridad y la vergüenza. “Es muy importante tener un profesor que te dé confianza”, sostiene Miriam. “Ahora no falto nunca, salvo por algo urgente. Dejo todo por mi hora de natación”, asegura.
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La experiencia de Miriam y los especialistas insisten en que controlar la vergüenza forma parte del proceso, y muchos adultos comparten temores similares al comenzar.
Nieto recomienda a quienes deseen iniciarse “empezar en agua baja, practicar la entrada y salida de la piscina y usar un traje de baño cómodo”.
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Aconseja progresar con constancia y celebrar cada mejora. Para realizar natación es necesario tener un instructor empático y especializado. Las claves son la constancia y la disposición a aprender, así como el uso de equipo adecuado para mayor comodidad y seguridad.
Los beneficios de la natación alcanzan tanto la salud física como el bienestar emocional. Nieto resalta que “es un ejercicio de bajo impacto que mejora la movilidad, la fuerza y la flexibilidad sin sobrecargar las articulaciones”. Añade la reducción del estrés, la mejora del sueño y la oportunidad de socializar.
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La natación es una de las actividades físicas con mayor impacto positivo en la salud cardiovascular, incluso cuando se inicia en la edad adulta. De acuerdo con el Colegio Americano de Medicina del Deporte (ACSM), la práctica regular de ejercicios aeróbicos como la natación mejora la capacidad cardiorrespiratoria, reduce la frecuencia cardíaca en reposo y aumenta la eficiencia del corazón en el bombeo de sangre
En la misma línea, la Organización Mundial de la Salud (OMS) señala que la actividad aeróbica sostenida contribuye a disminuir la presión arterial, mejorar el perfil lipídico y reducir el riesgo de enfermedades cardiovasculares, con el valor agregado de que, en el medio acuático, el impacto articular es menor, lo que la vuelve accesible para personas con antecedentes de sedentarismo, sobrepeso o dolor crónico.
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Esta actividad puede transformar la vida cotidiana y la relación que los adultos mayores tienen con el agua.
Cada clase representa un avance hacia una vida más activa y plena, según coinciden instructores y testimonios. Para muchos, superar el miedo al agua se convierte en una puerta a la autoconfianza y al disfrute de un nuevo espacio social. Así, descubrir la natación en la adultez permite constatar que los límites son, a menudo, solo una idea.
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