
El estrés de la era digital popularizó una palabra, FOMO (Fear of Missing Out o “temor a perderse algo”). Había que estar en todos sitios, opinar de todo, dejarse ver tanto en la vida virtual como en la social, y dejar constancia en las redes sociales.
Una anomalía que terminaría determinándose como un síndrome relacionado con la salud psicológica que determinaba definitivamente que la sociedad en general no iba por buen camino, algo que no ha cambiado sustancialmente en la actualidad.
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Quizás, por esa razón, a lo largo de estos últimos años, han surgido voces disidentes que se han encargado de cuestionar estos posicionamientos vitales que no dejan de ser parte de un entramado capitalista que nos atrapa y oprime.

La reivindicación de decir que ‘no’
De ahí surge JOMO. El gusto de perder (Anagrama), un ensayo del filósofo Juan Evaristo Vall Boix que pone de manifiesto estas contradicciones dentro de nuestra vida moderna para reivindicar y defender la necesidad de parar, de perder, de descansar como respuesta a una forma de vida marcada por la conexión constante, el trabajo como mandato afectivo y la imposibilidad material de reposar.
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El filósofo valenciano sostiene que ese giro no es una moda aislada, sino el síntoma de un cambio de deseo que atraviesa a una generación cansada de la promesa neoliberal de éxito, flexibilidad y disponibilidad permanente.
Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid y autor de Metafísica de la pereza y El derecho a las cosas bellas, Valls Boix sitúa el núcleo de su nuevo ensayo en una idea concreta: parar solo puede dejar de ser un privilegio si existen condiciones materiales como vivienda pública, reducción de jornada, renta básica, salarios más equitativos y contención del turismo.
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Su tesis es que el capitalismo de plataformas no solo ha colonizado el trabajo, sino también el ocio, la atención, el deseo y la forma misma de relacionarse con los demás.
“De algunas forma este trabajo forma parte de las mismas preocupaciones que estaban presentes en Metafísica de la pereza, en ese cambio de sensibilidad que está teniendo lugar en la sociedad actual y que se expresa de algunas maneras, entre ellas, la cultura ‘memética’, de las camas, del descanso, de la necesidad de parar“, cuenta Juan Evaristo Valls Boix a Infobae.
“Pero también se expresa en la cultura del trabajo, en lo que podríamos llamar, una desafección por el trabajo, lo cual es importante porque, hace unos diez años, dentro del imaginario neoliberal, todos estábamos enfocados en torno a la pasión por el trabajo. Era una especie de realización personal, de deseo de crecimiento”, continúa. “Sin embargo, las estadísticas señalan que los niveles de estrés y de ansiedad están disparados actualmente, así que existe un rechazo ante ese sistema”. Por último, el filósofo añade un último factor, los activismos contemporáneos, que considera de renuncia, que muestran un descrédito por las promesas de vida buena vinculadas al neoliberalismo. Es decir, que no hemos conseguido nada, ni hemos sido más felices ni más solidarios. Un fracaso.
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Frente al FOMO, el JOMO, la satisfacción por perderse cosas. Pero, entonces, ¿qué hacemos, nos quedamos en la cama? “Se trata de politizar el malestar, de pensar el descanso no como algo privado, sino como la expresión por antonomasia de justicia social”.
Un movimiento más allá de la reflexión filosófica
El pensador cita a Roger Bernat a Sergi Casero a Joan Glasner, a performances de sacar literalmente las camas a la calle que tienen que ver con el derecho a la vivienda. “Johanna Hedva lo explica muy bien. Muchas personas no pueden hacer esto porque tienen que estar tumbadas, porque están enfermas, porque tienen demasiados trabajos o porque se exponen a un riesgo que no pueden sostener si se manifiestan y salen a la calle. Y creo que eso nos ha de llevar a repensar la política, no desde la acción o desde el sujeto vertical, sino desde la vulnerabilidad y la interdependencia”, dice Valls Boix.
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Cuando le preguntamos si, a veces, el activismo, constituye una forma de privilegio, contesta: “Es muy difícil ser activista porque no tenemos tiempo libre ni para descansar, y todo debido a las lógicas capitalistas de competitividad, de notoriedad. No quiero criticar a los activismos que son ‘valiosísimos’ sino a las condiciones que los imposibilitan, porque hay un malestar, estamos enfermas y hay una depresión que no es una cuestión de pastillas”.
El autor alude a la imposibilidad de pagar el alquiler, a la ansiedad generalizada, al empleo precario, a la anestesia que nos rodea dentro de un malestar psicosocial desde una perspectiva colectiva y política.
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Evaristo sufrió de FOMO y, por eso, puede hablar bien de él. “Lo sigo teniendo. Yo creo que es trabajar en el siglo XXI es sinónimo de tener FOMO y estrés”, cuenta. “Por eso, tiene sentido que escribir un libro sobre lo contrario, que también es algo que empieza a estar inherente, porque estamos todas muy ansiosas, al borde de la depresión, del agotamiento, y es una condición a la vez singular y plural del malestar político y social”.
Para el escritor, la pandemia marcó un antes y un después, ya que terminó de romper las promesas de felicidad ya que se suponía que si trabajábamos de lo que nos gustaba y trabajábamos mucho, íbamos a ser felices y nuestra vida tendría sentido.
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“Entonces solo nos quedamos con lo que antes era el centro de gravedad de nuestra vida y nos dimos cuenta de que era una mierda. El confinamiento hizo evidente que una vida organizada en torno al trabajo no vale la pena, no tiene ningún sentido y, sobre todo, es una máquina de insatisfacción, de soledad no deseada, de aislamiento”.
Una pausa en la tecnología puede transformar la ansiedad en una sensación inesperada de libertad
El autor mezcla pensamiento erudito y cultura popular en sus ensayos, dotándolos de una enorme personalidad. “La filosofía, desde muy antiguo, y aunque a veces no lo parezca, ha tenido una vocación petarda”, cuenta. Para ello, nos da varios ejemplos, como las reflexiones de Adorno sobre Mickey Mouse, las de Kierkegaard en torno a los periódicos y las caricaturas y las de Platón sobre sus vecinos. “A mí me interesa inscribirme en una forma de trabajar que no distingue entre la alta y la baja cultura, porque se entiende antes, dice más de nosotros, de nuestras miserias”.
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Por eso, en su libro hay referencias a Britney Spears o Sabrina Carpenter y está lleno de memes sacados de Internet, como el que dice: “Las noticias son ciertas, ya no quiero trabajar”. “Es la capacidad que tienen los memes, de concentrar en una sola imagen un fogonazo, captar lo más íntimo de una reflexión profunda, o incluso contener una dimensión filosófica”.
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