
Dicen que pocas cosas hay tan difíciles a la hora de escribir como hacer reír. A Greta García (Sevilla, 1992) no es que le resulte más o menos complicado, es que no conoce forma mejor de comunicarse a través del humor. Su comedia ha ido tan lejos, que en su nueva novela, Muere, papá (Tránsito, 2026), ha llegado incluso a matar a su padre. Metafóricamente, por supuesto, aunque en ese viaje haya descubierto muchas cosas sobre su progenitor -ella lo llamaría más bien papi o incluso papichulo- y otras tantas sobre ella misma.
“Tenía ganas de hacer algo diferente al anterior, que tuviera otro ritmo, otra estructura. Y me fijé en los dibujos de mi padre, que lleva haciendo desde que soy niña y en los que hay un tema todo el rato: la muerte”, comienza explicando a Infobae la autora, quien presenta estos días en la Feria del Libro de Madrid. “Era inevitable hablar de la muerte porque es algo que nos une a ambos. A medida que lo iba escribiendo, me daban muchas ganas de matar a mi padre en la ficción. También está esta cosa psicológica de matar al padre en las artes. Quizás no fue tan consciente, fue algo más inconsciente, pero me parecía algo totalmente incorrecto y divertido decir: ‘Me permito la licencia de matar a mi padre y de hacer esto’”, cuenta García.
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Hermana de la actriz Ingrid García-Jonsson e hija de la artista plástica Anna Jonsson y del fotógrafo José Toro, cuyos dibujos ilustran el libro, Greta comenzó su carrera como bailarina y posteriormente como artista de circo. No fue hasta la pandemia que se decidió a escribir: “Estaba girando muchísimo con espectáculos de circo y estaba muy cansada físicamente, pero quería poder crear otras cosas. Me sentía un poco atrapada en estar repitiendo siempre los mismos espectáculos. La escritura empezó a ser una manera de desfogue: poder crear sin tener que gestionar un espacio, sin que el espectáculo girara, sin toda la gestión económica y administrativa”, reconoce, y fue sirviéndose precisamente de su experiencia previa como hilvanó Solo quería bailar, premio Novel ‘Almudena Grandes’ en 2023 y una de las novelas más rompedoras de los últimos años, precisamente por su estilo tan particular que conquistó a la propia reina Letizia en la Feria del Libro de aquel año. “Con este nuevo la estoy esperando”, bromea.

Buscando cómplices de asesinato literario
En Muere, papá, Greta García cuenta la historia de una joven que vuelve a casa de sus padres y comienza a prestar gran atención a su padre, un hombre jubilado sin oficio ni beneficio que se pasa el día dibujando garabatos sin mayor pretensión, pero al que ahora le incomoda la presencia de su hija. Acompañada de esas ilustraciones, la joven comienza a tejer sus propias reflexiones en torno a un padre al que nunca ha acabado de entender del todo, y cuya repentina muerte sacudirá por completo su vida.
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Fuera del libro, y aunque pueda parecer contradictorio cuando hablamos de matar a un padre, ha sido la estrecha colaboración entre Greta y su padre José lo que ha provocado que Muere, papá viese la luz. “Todo ha sido muy mano a mano con mi padre. Todo se lo he ido pasando y si a él le parecía bien, pues bien. No nombro a nadie más que papá, mamá y hermana. Con ellos tenemos este pacto familiar de que nos permitimos todas estas licencias. Me he sentido muy libre por ahí, ha sido más encontrar qué cosas podían sumar a la historia”, detalla García, quien aclara dónde están sus límites en la autoficción. “Sí que está basado en emociones, sensaciones, imágenes y algunos recuerdos, pero luego está muy llevado a la ficción. Mi padre al principio lo planteaba más destartalado todavía, que fuera más sensación de pesadilla y resaca y que no se entendiera prácticamente nada. Él sí que me hizo hincapié en que tenía que tener una narrativa con un conflicto y con cierta tensión. Ahí sí que yo modulé escuchando a mi sponsor padre”, admite la autora, quien establece un diálogo constante entre los dibujos de Toro y su particular y humorística interpretación de los mismos.
Si en Sólo quería bailar Greta establecía su particular imaginario y forma de hablar, plagado de coloquialismos y sevillanismos, en Muere, papá el humor vuelve a ser una herramienta imprescindible, especialmente a la hora de hablar de algo tan grave. “Todo el mundo necesita el humor y todo el mundo lo busca en ciertos momentos para aliviar la carga, porque si no es muy pesado. Parece que si lo haces con comedia es de menos nivel, cosa de la que estoy totalmente en desacuerdo. Tampoco sé hacer las cosas de otra manera. En todos los proyectos que hago, trabajo con payasos. Me encanta hacer reír, lo busco. Cuando estoy en un taller y busco con gente, para mí la risa es la mejor señal. Si hay algo que nos está haciendo mucho reír a los que lo estamos generando, me parece una mina de oro”.
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Un elogio de la pereza
Intentar matar a un padre, aunque sea solo desde la ficción, también le sirve a la escritora para mirarse en el espejo y ver la brecha que hay entre una generación y otra. “Algo que me parece muy generacional, de millennial, es que estamos en una situación totalmente diferente a la que vivieron nuestros padres. Nos movemos en unos circuitos muy diferentes. Me da una envidia brutal y digo: qué maravilla poder decir: ‘Me prejubilo a esta edad, me mantengo con ese dinero, no aspiro a nada más, quiero estar, vivir y punto pelota’. Nosotros en la rueda en la que yo me veo, eso es como un: ‘¿Qué?’ Paro dos semanas y me pongo a llorar por las esquinas porque no sé parar", confiesa la autora. “En el libro busco bastante eso: una pasividad total, un parón absoluto, un aburrimiento máximo, como algo desesperante y también muy divertido, muy liberador”.
Entre competiciones de dolor, críticas artísiticas, pajaritos y cerditos y hasta pizzas de pepperoni, Greta García compone un libro único en su especie, el mismo que presentará estos días en El Retiro entre las casetas de Tránsito (Sábado 6 a las 12 y domingo 7 a las 18), Altamarea (Sábado 6 a las 19) o Machado (Domingo 7 a las 12), con su padre ausente y muy presente a la vez: “Me ha dado su sello para que lo ponga y así voy en representación de los dos. Nunca matar a un padre en la ficción tuvo un efecto tan terapéutico en la vida real: “La relación con mi padre sigue siendo exactamente la misma. Simplemente ahora compartimos mucho más tema de conversación con el libro. A mi padre le divierte muchísimo que yo vaya a las presentaciones y le cuente cómo va todo”.
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