¿Existe una sobredosis de etiquetas dentro del colectivo LGTBI+?: “Cuando no nombras algo, eso no existe, y si no existe, no puedes dotarle de derechos”

Un viaje por el ecosistema terminológico del colectivo, donde la necesidad de ganar visibilidad y derechos choca con el riesgo de quedar atrapados en definiciones rígidas

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MADRID, 04/07/2026.-Vista general de la manifestación del Orgullo 2026 , que con el lema "¡A las calles con orgullo! Disidencia y resistencia" recorre este sábado las calles de Madrid. EFE/Sergio Pérez
Vista general de la manifestación del Orgullo 2026 en Madrid. (EFE/Sergio Pérez)

Lesbiana, gay, trans, bisexual, intersexual... y un símbolo “+” que no para de expandirse. El debate sobre la “sopa de letras” del colectivo LGTBIQ+ está más vivo que nunca. Mientras que para unos las etiquetas funcionan como un salvavidas de autoconocimiento y una herramienta de reivindicación política, para otros el exceso de subdivisiones identitarias empieza a rozar la saturación. Entre la necesidad de ganar visibilidad y el temor a quedar atrapado en una definición rígida, analizamos junto a cinco voces de la comunidad y la Federación Estatal LGTBI+ (FELGTBI+) si estos términos nos están haciendo más libres o si, por el contrario, nos están encerrando en nuevas cajas.

Este mapa se vertebra en torno a dos grandes pilares. El primero es la orientación sexual, donde conviven términos tradicionales como lesbiana, gay o bisexual con realidades hoy más visibles como la demisexualidad o la asexualidad. El segundo es la identidad de género, liderada por el concepto trans y extendida hacia lo no binario o el género fluido. Lejos de ser una moda, estas categorías constituyen la arquitectura base del colectivo y, según explica Paula Iglesias, presidenta de la FELGTBI+, cumplen una doble función crucial: la de identificarse a nivel individual y la de unirse a nivel colectivo.

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Poner nombre a lo que sentimos ayuda a ordenar la propia realidad. Así lo vive la psicóloga María, quien se identifica dentro del espectro asexual y arromántico, y defiende que el lenguaje funciona como un salvavidas contra el aislamiento: “Lo que no tiene nombre no existe”, explica. Desde su punto de vista, el cerebro necesita agrupar los conceptos para comprenderlos, por lo que hallar una palabra que te defina alivia la carga emocional.

Vista de la manifestación del Orgullo 2026 en Madrid. (EFE/J.J.Guillén)
Vista de la manifestación del Orgullo 2026 en Madrid. (EFE/J.J.Guillén)

Esta utilidad la comparte Andoni, aunque desde una perspectiva mucho más pragmática. Para él, las siglas fundamentales del colectivo son indispensables porque resultan equivalentes a la propia heterosexualidad: “No es una etiqueta, es lo que es”, sentencia. El joven recurre a una analogía sencilla para defender la necesidad de estos términos: “Una mesa es una mesa y se llama así; una silla es una silla y se llama así. Pues si yo soy gay, me llamaré gay”.

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Por otro lado, está su indiscutible valor político. Frente a las corrientes de opinión que aseguran que hoy en día “surgen nuevas identidades como setas”, la presidenta de la Federación matiza que lo que verdaderamente ha ocurrido es que ahora existen palabras para visibilizar orientaciones que siempre han estado ahí. “Cuando no nombras algo, eso no existe, y si no existe, no puedes dotarle de derechos”, advierte, señalando que, en el contexto social actual, renunciar a las siglas sería un error estratégico: “Sigue siendo necesario para reclamar lo que aún nos queda”.

Esa necesidad de definir para existir se palpa en la experiencia de Judith, cuyas amigas empezaron a usar un término específico para referirse a ella: “Me explicaron que lo que yo sentía no era lo considerado ‘normal’ dentro de la heteronorma, sino que había un nombre para ello”, recuerda. Aunque al principio sintió confusión, descubrir la etiqueta de la bisexualidad la ayudó a comprenderse. Aun así, no oculta su propia contradicción: “Me fastidia que se necesiten etiquetas en primer lugar. ¿Por qué no podemos ser solo personas?”.

Vista general de la manifestación del Orgullo 2026 a su paso por la Plaza de Cibeles (Madrid). (EFE/ J.J.Guillén)
Vista general de la manifestación del Orgullo 2026 a su paso por la Plaza de Cibeles (Madrid). (EFE/ J.J.Guillén)

“La feminidad impuesta por el patriarcado es una mierda”

Más allá de las siglas principales, dentro de la comunidad ha surgido un fuerte debate en torno al uso de subetiquetas o autodenominaciones en los ámbitos gay y lésbico. Según las voces entrevistadas, muchas de estas clasificaciones están impulsadas por la globalización y las redes sociales, aunque desde la FELGTBI+ matizan que el foco del debate debería ser otro: “No hay un exceso de etiquetas, sino que la clave está en cómo usamos las que tenemos”.

Por un lado, los términos actuales para autodefinirse dentro del lesbianismo responden, sobre todo, a la vestimenta, la actitud y la expresión de género, popularizando conceptos como fem, masc, stem o butch. Este último ha vivido una evolución notable: nacido en los años 40 en la cultura anglosajona para definir a las lesbianas de apariencia marcadamente masculina, la comunidad lo ha reapropiado y resignificado hasta el punto de llevarlo mucho más allá de la estética. Para algunas personas, hoy funciona incluso como una identidad de género propia en la que confluyen realidades no binarias o transmasculinas.

Para More, que se define como “lesbiana femme-twink”, estas palabras no son etiquetas vacías o modas pasajeras, sino subculturas con un profundo trasfondo histórico y político: “Las butchs o los twinks ya estaban en los años 70 y 80 por todas partes. Se les asocia a una estética porque es lo que vemos desde fuera, pero tienen un trasfondo político que ninguna otra etiqueta tiene“, defiende. Desde su perspectiva, el idioma de la diversidad es dinámico y útil siempre que sirva a quien lo utiliza: “Mi etiqueta es funcional para mí, aunque dependa de cómo la gente la entienda; si tú no la comprendes, te la puedo explicar”.

Para esta joven, apropiarse de estas expresiones constituye un acto de resistencia y liberación frente a los cánones tradicionales, asegurando que le parece una forma “muchísimo más libre” de vivir, dado que, según afirma: “La feminidad impuesta por el patriarcado es una mierda”. Como señalan desde la FELGTBI+, el debate real debe plantearse sobre “qué es lo masculino y qué es lo femenino” para evitar caer, dentro del propio colectivo, en discursos rígidos sobre cómo debería lucir o comportarse una lesbiana o un hombre gay: “La expresión de género de nadie define su identidad o su orientación”.

Ambiente durante la manifestación estatal del Orgullo LGTBI+ 2026 en Madrid. (Europa Press)
Ambiente durante la manifestación estatal del Orgullo LGTBI+ 2026 en Madrid. (Europa Press)

“El mundo gay está excesivamente etiquetado”

Mientras que en el ámbito lésbico estas subetiquetas giran sobre todo en torno a la expresión del género y la actitud, en el entorno gay la clasificación está profundamente ligada a la anatomía, el vello y la edad. Conceptos nacidos en la cultura anglosajona configuran un catálogo estético que divide a la comunidad según el físico: desde los twinks (jóvenes delgados) y los twunks (jóvenes delgados pero musculados), hasta los osos (hombres robustos con vello corporal) y las nutrias (hombres delgados pero también peludos).

Esta segmentación corporal es, precisamente, el blanco de las mayores críticas internas por su impacto en la salud mental. David asegura que “el mundo gay está excesivamente etiquetado” y que estos moldes, lejos de ayudar, limitan: “Encasillan a las personas dentro de unos estereotipos físicos difíciles de mantener”. El joven alerta del peligro real que esto supone para la autoestima: “Hay chicos que encajan como twinks porque son delgados, pero si su cuerpo cambia, hacen lo que sea por mantenerse ahí, lo que abre la puerta a graves problemas de autoestima y TCAs".

El primer Orgullo LGTBI de España: cuando Barcelona se levantó por la liberación homosexual.

Esa preocupación la comparte Andoni, quien considera que catalogar a la gente por su físico es “una absoluta grosería” que desvirtúa el activismo. “Hay mucha gente acostumbrada a sexualizar demasiado las cosas”, analiza, atribuyendo este fenómeno a la historia del colectivo: “Estuvimos oprimidos muchísimo tiempo y, de repente, hubo un boom de liberación sexual que se fue un poco de las manos". Para él, mantener estas subdivisiones no ayuda en absoluto, “ni dentro del colectivo a respetarnos, ni fuera a que la gente entienda bien la lucha por los derechos”.

Frente a este peligro, desde la FELGTBI+ recuerdan que el colectivo no vive en una burbuja: “Nos afecta el bombardeo publicitario y la presión social. Si ya partimos de un rechazo histórico, a veces la necesidad de encajar es mayor”. Para Paula Iglesias, aunque estas subetiquetas nacieron con un sentido positivo para “generar espacios seguros, como la comunidad de los osos”, el problema surge al caer en estereotipos. Así, desde la institución apuntan que el verdadero riesgo no es la palabra en sí, sino su uso en aplicaciones de ligar para marcar la exclusión o camuflar la plumofobia.

Ambiente durante la manifestación estatal del Orgullo LGTBI+ 2026 en Madrid. (Europa Press)
Ambiente durante la manifestación estatal del Orgullo LGTBI+ 2026 en Madrid. (Europa Press)

“El uso del ‘+’ es especialmente útil porque recoge todo aquello disidente”

Detrás de este ecosistema terminológico, internet y las redes sociales actúan como el gran acelerador. Para Judith y David, las redes funcionan a menudo como una ventana de importación cultural. Sin embargo, More matiza que internet no inventa realidades, sino que les da un altavoz global, aunque marca una línea roja nítida para separar las identidades de los simples gustos: “El BDSM o los furries son prácticas o aficiones, no una identidad de género ni una orientación sexual”, indica.

Asimismo, esta influencia anglosajona se palpa en la progresiva asimilación del término queer, utilizado para describir aquellas identidades de género y orientaciones sexuales que van más allá de lo cisheteronormativo. Desde la FELGTBI+ señalan que la sociedad avanza hacia una mayor comprensión de estos conceptos, destacando que “el uso del ‘+’ es especialmente útil porque recoge todo aquello disidente, todo lo que no encaja en las normas establecidas” y abraza a quienes, aun siendo diversos, no se sienten cómodos bajo las siglas tradicionales.

El uso de etiquetas dentro del colectivo LGTBI+ demuestra que estas son válidas como un refugio, pero nunca como una celda. Como recuerda la psicóloga María, “los humanos cambiamos y cambiar es bueno”, por lo que despojarse de una definición cuando ya no resulta útil es el verdadero síntoma de madurez. Entre el horizonte ideal de David —donde las etiquetas ya no hagan falta— y la necesidad de aferrarse a ellas para blindar derechos, la clave sigue residiendo en la empatía: la libertad de nombrarse, o no, bajo los propios términos.

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