El refugio de los bares LGTBI ante la amenaza de las redes sociales y “rentistas avariciosos”: “Perder un espacio nunca va a ser una buena noticia”

Los espacios clandestinos que surgieron para protegerse de la homofobia hoy intentan sobrevivir, arriesgándose a perder representatividad

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Ambiente en las inmediaciones de un establecimiento de Chueca, en Madrid (España).
Ambiente en las inmediaciones de un establecimiento de Chueca, en Madrid. (Ricardo Rubio/Europa Press)

Cuando José de Benito llegó a Chueca hace ya 35 años, las cosas eran muy diferentes. El actor buscaba hacerse un hueco con su espectáculo de cabaret y consiguió su espacio en el Black&White. “Cuando entré, me quedé flipando. Yo venía del mundo hetero y eso estaba lleno de chicos de compañía y un montón de celebridades y personajes famosos: escritores, políticos, cantantes... he llegado a ver hasta obispos”, cuenta el artista, hoy conocido por su nombre de drag queen, La Plexy.

El ambiente ha cambiado mucho en este mítico bar LGTBI de Madrid. La clientela sigue incluyendo a personas del colectivo, pero a ellos se unen despedidas de soltera y hombres heterosexuales que acuden con una mentalidad abierta a disfrutar del “mejor local gay de shows y espectáculo”, defiende con orgullo su ahora director.

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No es el único en el que ha ocurrido. Multitud de locales, antaño refugio para los “desviados”, “vagos” y “maleantes”, se han adaptado a nuevas comunidades y tendencias o, en el peor de los casos, han terminado cerrando sus puertas para siempre. De su cambio y desaparición habla Jeremy Atherton Lin en ‘Gay Bar’, publicado este año en español por Capitán Swing.

Es natural que cambien y es un reflejo de su espíritu progresivo y creativo”, expresa a Infobae el ensayista. Adaptarse es algo que, en su experiencia, han hecho siempre. “Muchos de los locales en los que entré a lo largo de los años estaban construidos en base a los miedos [de la comunidad LGTBI], en varios sentidos, ya fuese el miedo a ser visto desde la calle o el contagio a raíz del SIDA, con locales que daban la impresión de ser muy limpios e higiénicos”, cuenta.

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Atherton Lin confiesa sentir cierta nostalgia por los tiempos pasados, pero entiende que las nuevas generaciones quieran crear “nuevos espacios para ellos”. El problema es que esta adaptación parte, sobre todo, de una necesidad de supervivencia, impulsada, según el ensayista, por “rentistas avariciosos” y “olas de gentrificación” que moldean los barrios.

En España, el modelo se replica, según el historiador Claudio Molina Gómez, investigador y doctorando en Igualdad y Género por la Universidad de Málaga. “Sí es verdad que abren bares, discotecas que son más abiertas o permisivas, pero que ya no son identitarias, porque al final pasa por una dinámica de consumo: no interesa que vayan 10 homosexuales, interesa que vayan 20 personas, independientemente de su género o atracción, y vengan a consumir”, explica.

De la clandestinidad a la expansión

Representación artística de las redadas del Pasaje Begoña, en Torremolinos.
Representación artística de las redadas del Pasaje Begoña, en Torremolinos. (Asociación Pasaje Begoña)

Antes de poder colgar banderas coloridas en el escaparate, los bares de ambiente operaban “en la clandestinidad, con una parte muy subalterna, muy oculta y privada”, explica el historiador. No llegan hasta los años 60, todavía bajo la dictadura de Franco, pero en un momento en el que el país se abre al turismo exterior y la moral católica se relaja.

Los bares se abren en grandes capitales como Barcelona y Madrid, pero surgen sobre todo en las islas y la costa mediterránea. “Se concentran en Benidorm, Salou, Torremolinos o Maspalomas, zonas que, con los planes de estabilización y la creación de polos turísticos, atraen estos centros de ocio, estas pequeñas ciudades de discotecas”, apunta Molina.

Estos establecimientos aportan “un espacio donde poder relacionarse” al colectivo, que logra crear sus redes y espacios de socialización y normalización, al menos para los hombres. “Aunque hablemos de colectivo LGTBI, había una presencia casi absoluta de la letra G. La bisexualidad no se planteaba, las mujeres lesbianas estaban muy minorizadas y los trans estaban estigmatizados”, describe. Una realidad que se mantiene todavía hoy.

Clientes en uno de los locales del Pasaje Begoña, en Torremolinos
Clientes en uno de los locales del Pasaje Begoña, en Torremolinos. (Asociación Pasaje Begoña)

El régimen franquista los permite y mantiene en un régimen de “libertad vigilada”, indica el historiador. “La policía era consciente y conocedora de estos espacios, pero permitía que penetrase esta libertad porque económicamente interesaba”, explica. En esta suerte de permisividad se crean la “Benidorm del infierno” o la “Torremolinos del pecado”, que no sufrirán una verdadera represión policial hasta la década de los 70. Episodio ejemplar de esta persecución fue la redada del Pasaje Begoña en 1971, la calle de Torremolinos que aglutinaba las discotecas y locales LGTBI, y que se saldó con más de un centenar de detenidos por “atentar contra la moral y las buenas costumbres”, además de la clausura de decenas de locales.

La llegada de la democracia y la despenalización de la homosexualidad permiten que estos bares vuelvan a resurgir, esta vez sin ocultarse. “Ya a partir de los años 90, cuando hay una normalización más extendida, empezamos a ver bares gay abiertamente”, dice Molina. Un nombre que todavía indica marginalización social y que “ni ellos mismos utilizan orgullosamente”. Chueca en Madrid o el Eixample en Barcelona abren los primeros locales que utilizan términos como queer o gay club para promocionarse y seguirán creciendo, aproximadamente, hasta la llegada de las redes sociales.

Adaptarse o morir

La Plexy durante el pregón del Orgullo de Madrid 2026 (MADO 2026), en la plaza Pedro Zerolo, a 1 de julio de 2026, en Madrid (España).
La Plexy durante el pregón del Orgullo de Madrid 2026 (MADO 2026), en la plaza Pedro Zerolo, a 1 de julio de 2026, en Madrid (España). (A. Pérez Meca / Europa Press)

Con este invento, empieza el declive del negocio. “Que haya más espacios de ocio, que por ejemplo estén las redes sociales y puedas contactar desde el teléfono con uno o con otro, ha hecho que estos lugares de reconocimiento retrocedan”, apunta Molina.

Las plataformas digitales, de hecho, estuvieron a punto de cargarse el Black&White. “Con las redes sociales, los chicos dejaron de venir y empezaron a llegar otro tipo de personas que dejaban bastante que desear... muchos de ellos eran ladrones”, asegura De Benito. La discoteca estuvo a punto de cerrar a finales de los 2010, pero esta drag queen consiguió levantarlo de nuevo. “Me costó sangre, sudor y lágrimas”, confiesa. El cambio para De Benito pasó por superar la mala fama de “local de viejos y chaperos”. “Yo quería que fuera un sitio LGTBI al que todo el mundo viniera, también la gente heterosexual, para que vieran que todos esos clichés que ponen al colectivo no son así”, defiende.

De Benito defiende el cambio y considera necesario abrir los espacios LGTBI, que tienden a dividirse según la identidad de la clientela. “Deseo que desaparezca el cliché de local LGTBIfriendly, aunque me sigue apeteciendo mucho que haya locales con mucha pluma, transformismo y show drag, que a lo mejor en los sitios heteros no gusta”, expresa.

Para Molina, estos espacios todavía son necesarios. “Perder un espacio nunca va a ser una buena noticia. Se pueden mejorar y se pueden abrir para más tipos de gente, pero es una pena el detrimento y la falta de representatividad que se está dando”, concluye el historiador.

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