
La manifestación del Orgullo LGTBI+ ha recorrido este sábado las calles de Madrid entre música, carrozas, banderas arcoíris y un ambiente festivo que reunió a alrededor de un millón de personas, según las estimaciones de FELGTBI+ y COGAM. La ciudad se convirtió durante horas en un espacio de celebración colectiva en el que miles de personas convivieron entre el baile y la reivindicación, en una jornada marcada tanto por el carácter festivo del evento como por los mensajes en defensa de los derechos del colectivo y la memoria de las luchas que lo preceden.
Entre el ambiente de la marcha, un grupo de jóvenes de 19 años procedentes de Madrid observaba desde detrás de las vallas cómo avanzaba el desfile. Para ellas, el Orgullo sigue siendo un espacio de libertad en el que poder mostrarse sin miedo. “Aún sufrimos mucha discriminación y aquí me siento libre de hacer lo que quiera”, explica Marina, que asegura sentirse “arropada” en medio de la multitud. Su amiga Edurne resume el sentido histórico del evento al recordar que “durante muchísimos años y siglos hemos estado reprimidos en todo el mundo y esta es una manera de decir ‘estamos aquí’”, subrayando además que la marcha se vive como una “lucha sumergida en diversión”.
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Entre quienes repiten experiencia año tras año se encuentran Manu, de 45 años, de Madrid, y Des, de 44, de Asturias, que llevan ya más de una década asistiendo a la manifestación. Para ambos, la esencia del evento se mantiene intacta pese al paso del tiempo. “Para mí el Orgullo significa normalidad, que la gente se muestre libre, que se muestre alegre y que jodamos al sistema enseñando las mejores sonrisas que tenemos guardadas en el corazón”, afirma Manu, mientras Des lo define como “libertad, diversidad y evolución de la especie”.
También participa Irene, de 41 años, vecina de Parla (Madrid), que acude cada año como parte de una tradición ya consolidada. Aunque actualmente tiene pareja masculina, se define como bisexual e insiste en su pertenencia al colectivo: “Formo parte del colectivo al 100%”, afirma. Para ella, el Orgullo es sinónimo de libertad en todos los sentidos: “Eres libre, hay fiesta, todo el mundo está de buen rollo, gritas tu sexualidad a los cuatro vientos. Es la fiesta del año”, resume. Además, añade una dimensión personal a su presencia en la marcha: “Vengo por todo, pero sobre todo por mis hijos y por mí, porque he estado enjaulada quince años y ahora me he desenjaulado”.
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“Esa libertad que muchas personas todavía no tenemos”
El recorrido también ha dejado espacio para quienes viven su primer Orgullo en Madrid, como Juan (47 años, Alicante), Javi (45, Cádiz) y William (27, Nicaragua). Para ellos, la experiencia combina descubrimiento y reivindicación. “Me encanta toda la diversidad, los colores, la locura… además de la fiesta, es reivindicación”, señala Juan, mientras William lo sintetiza en una idea más directa: “Libertad, esa libertad que muchas personas todavía no tenemos”. Todos coinciden en que, pese a los avances legales, persisten retos sociales: “Legalmente en España están conquistados los derechos, pero otra cosa es la realidad social y la LGTBIfobia”, apuntan.
Para María, de 24 años, procedente de Talavera de la Reina, esta ha sido también su primera vez en la manifestación tras haber salido del armario hace pocos años como persona arromántica y asexual. Reconoce que acudir al Orgullo ha supuesto un paso importante en su proceso de visibilidad y pertenencia. “Salí del armario hace dos o tres años; es la primera vez que vengo con esa libertad, atreviéndome a estar aquí como soy”, explica. En su caso, reivindica además la necesidad de mayor representación dentro del colectivo: “Se nos ve mucho menos, cuesta mucho encontrarse reflejada”, añade.
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Otro de los sentimientos más repetidos a lo largo de la jornada es el de comunidad. Patricia, de 24 años, y Elena, de 26, ambas de Castilla-La Mancha y residentes en Madrid, destacan precisamente esa sensación de pertenencia compartida. “Es llegar junio y parece que nos multiplicamos. Es como la época de las setas”, explica Elena entre risas, que subraya el impacto emocional de ver a tantas personas reunidas.
Ambas reconocen la doble cara del evento, entre celebración y reivindicación, y cómo esa tensión define la experiencia del Orgullo actual. “A veces venir solo con mentalidad de protesta puede ser frustrante porque se ha convertido en una fiesta muy comercial”, señalan. Sin embargo, también advierten de que los avances no deben darse por garantizados: “No solo quedan derechos por conseguir, es que estamos perdiendo los que ya teníamos”, afirma Patricia, al denunciar lo que consideran un contexto de regresión y censura.
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Elena resume esa idea con una frase que se repite entre varios asistentes a lo largo del recorrido: “Los derechos son muy difíciles de conseguir, muy fáciles de perder y muy difíciles de conservar”. En su caso, lo plantea como una advertencia sobre el presente del colectivo y la necesidad de no dar por sentadas las conquistas ya logradas. A su juicio, la visibilidad y la celebración del Orgullo no pueden desligarse de la defensa constante de esos avances.
Pese a las distintas experiencias y perspectivas, la jornada deja una conclusión compartida entre los asistentes: el Orgullo LGBTI+ sigue siendo un espacio de celebración, pero también de memoria, comunidad y reivindicación de derechos aún pendientes, donde la fiesta y la lucha conviven de forma inseparable en las calles de Madrid. Una convivencia que, año tras año, mantiene vivo el sentido de pertenencia y memoria que recorre la marcha.
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