
En muy pocas décadas, el contexto social ha variado enormemente. En un momento histórico en el que los cambios se producen a una velocidad vertiginosa, la cotidianidad de una generación con respecto a la siguiente puede presentar diferencias muy significativas.
Las rutinas y dinámicas con las que crecieron los niños de los años 60 y 70, por ejemplo, son sustancialmente distintas a las que presentan en la actualidad los menores. En este sentido, un actor fundamental de estos cambios es la tecnología.
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El entretenimiento, la educación, las interacciones sociales, el acceso a la información o la valoración de la salud mental es ahora muy diferente a como fue hace 50 años. Es por este motivo por el que es frecuente que se produzcan brechas generacionales en las que predomina la falta de entendimiento.
Las redes sociales y las nuevas tecnologías han potenciado ciertos beneficios, como la posibilidad de mantenerse en contacto con personas que se encuentran físicamente muy lejos, la de acceder a información sobre casi cualquier tema de interés o la agilización de ciertos procesos, que ahora resultan más sencillos que antaño.
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Sin embargo, no es oro todo lo que reluce. Los expertos en psicología y educación llevan años advirtiendo de los perjuicios que la exposición temprana a las pantallas puede provocar en los jóvenes: pérdida de concentración, sobreestimulación, sentimiento de soledad por la reducción del contacto en la vida real o una sensación de estar constantemente conectado y ser incapaz de que la mente entre en modo reposo.

Así, quienes nacieron en una época en la que todo esto sonaba a escenario futurista, no tuvieron la posibilidad de acceder desde una edad temprana a todos los beneficios que permite la tecnología, pero también experimentaron ciertas fortalezas mentales que, en la actualidad, resultan mucho más complejas de adquirir.
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El poder del aburrimiento: una emoción en peligro de extinción
Durante la etapa de desarrollo de los niños y adolescentes, el aburrimiento, la capacidad de resolución de problemas y las interacciones sociales son algunos de los pilares que sostienen la creatividad, la autonomía y la convivencia. Las redes sociales y el acceso a Internet, en cierta manera, facilitan estos aspectos, mientras que al mismo tiempo suponen una barrera.
El scroll infinito y la posibilidad de divertirse con contenidos casi ilimitados en línea han modificado el entretenimiento. Esto enfrenta, sin embargo, una desventaja muy significativa: las pantallas nos han robado el aburrimiento. Tal y como señalan los expertos en psicología del instituto terapéutico Sinews, este estimula la creatividad, la autorreflexión, la atención y concentración, la resiliencia emocional y la espontaneidad; factores que, en una etapa de desarrollo, resultan fundamentales.
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Las personas que rara vez se enfrentan al aburrimiento acaban por ser incapaces de tolerarlo, incluso cuando ya se encuentran haciendo algo, puesto que necesitan estímulos constantes; así, corren el riesgo de caer en el multitasking. Esto afecta incluso al ocio: “Leer un libro o ver películas más antiguas les parece un rollo”, explicaba en una entrevista anterior con Infobae Beatriz Martínez, especialista en psiquiatría infantil y de la adolescencia. “Claramente estamos cambiando las maneras de consumir y esto supone que muchos adolescentes se aburran. Ellos te lo dicen: ‘Es que esta serie es muy lenta’. Incluso consumen a más velocidad, aumentándola a 1.5x o 2.0x”.
Por tanto, quienes han crecido sin pantallas han experimentado el potencial del aburrimiento. “De niño, el aburrimiento no era una crisis. Era el punto de partida. Cuando no había ‘nada que hacer’, salías, cogías un libro o te inventabas un juego sobre la marcha”, señala la psicóloga Barbara Wilson en un artículo publicado en Cottonwood Psychology.
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“Hoy en día, eso se manifiesta cuando puedes sentarte con una taza de café y sentirte realmente satisfecho. No necesitas tener una pantalla en la mano a cada segundo”, explica. Así, no existe el imperativo de comer viendo una serie, revisar las redes sociales en el transporte público o echar mano del teléfono móvil incluso mientras se espera un semáforo.
En este sentido, quienes han crecido sin el uso de la tecnología también han adquirido en general una mayor capacidad para ser pacientes y aguardar: se esperaba la llegada de una carta, mientras que ahora los mensajes son instantáneos, o había que quedarse con la intriga de cómo continuaba la trama de tu serie favorita porque los capítulos salían semana a semana, mientras que ahora las plataformas de streaming permiten darse un atracón de toda la temporada en una sola tarde.
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Desorientación por desconexión: la pérdida de autonomía
En su artículo, Wilson, que analiza algunas de las fortalezas mentales que han adquirido los nacidos en la década de los 60 y 70, también señala que la resolución de inconvenientes de forma independiente se ha perdido en cierta manera.
En la actualidad, tenemos a nuestro alcance un aparato que nos permite, en cada momento y lugar, consultar una duda que se nos pasa por la cabeza, conocer con facilidad cómo llegar a un sitio o informarse sobre casi cualquier aspecto a través de un tutorial. Esto presenta múltiples ventajas, pero también ha provocado un deterioro de la experimentación o la interacción con otras personas para dar respuesta a las preguntas.
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“En aquel entonces, si querías saber algo, tenías que buscarlo. Consultabas la enciclopedia, le preguntabas a un vecino o esperabas a que un bibliotecario te ayudara. Las respuestas no aparecían al instante”. No había Google ni Maps para orientarse, por ejemplo: “Buscabas puntos de referencia, preguntabas a un desconocido y volvías a intentarlo hasta que llegabas”.

Así, aunque las nuevas tecnologías facilitan y agilizan procesos, también deterioran la capacidad de enfrentarse a la confusión y la frustración cuando la calle que se toma es equivocada o no se encuentra lo que se desea entre las páginas de una enciclopedia.
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Además, si esta tecnología que nos resuelve casi todos los conflictos del día a día desaparece —perdemos el móvil o nos quedamos sin conexión—, de pronto nos enfrentamos a una sensación de desorientación que evidencia hasta qué punto hemos delegado muchas de nuestras habilidades cotidianas. Así lo vimos precisamente durante el apagón eléctrico que vivió España hace ahora un año: sin la posibilidad de acceder a los sistemas de navegación y con muchos de los servicios suspendidos, de pronto nos enfrentamos a la incómoda realidad de que, sin teléfonos móviles, somos como turistas en nuestra propia ciudad.
Cada vez más desvinculados en la era de la conexión digital
Uno de los beneficios más frecuentemente mencionados con respecto a las redes sociales es la posibilidad de mantenerse en contacto con personas que se encuentran lejos, incluso en la otra punta del mundo. Conectamos así con gente independientemente del lugar en el que se encuentre, potenciando las interacciones sociales y derrumbando la barrera de la distancia geográfica.
Sin embargo, cuando este vínculo online desplaza significativamente al de la vida real, sufren la cercanía y el sentimiento de estar acompañado. “Se ha perdido un poco esa cultura de salir al barrio”, explicaba la psicóloga Olaya Alcaraz en una entrevista anterior con este medio. Las relaciones, así, ahora se hacen “muchas veces sin ver la cara de la otra persona, sin ver la reacción que tiene, sin poder reaccionar en tiempo real”: “Creo que eso hace que cambie este modelo y que nos sintamos más solos”.
Hace algunas décadas, nuestro círculo social podía reducirse a familiares, amigos cercanos y vecinos. Esto, aunque puede presentar inconvenientes, también potenciaba una cierta empatía por cercanía. “Si un coche se averiaba, alguien intentaba arreglarlo. Si uno de los padres trabajaba hasta tarde, otro adulto guardaba un plato extra en la mesa. Aprendiste que la ayuda cotidiana a menudo venía de la gente que te rodeaba”, explica Wilson.
En la actualidad, ya no solo por las pantallas y la tecnología, las ciudades se han vuelto entornos más impersonales. La gente ya no conoce a sus vecinos y cada vez son más las personas que señalan que el egoísmo o la independencia por encima de todo han desplazado a la cercanía de los vínculos en comunidad. La presencia se ha visto mermada en este sentido.
La defensa de la salud mental en el siglo XXI
Todo esto no significa que las generaciones anteriores estén más preparadas o hayan vivido tiempos mejores que las más jóvenes. La cada vez mayor valoración de la importancia de la salud mental y la difusión de modelos de crianza más enfocados en los sentimientos motivan que el desarrollo de los niños y adolescentes hoy en día se oriente mucho más al bienestar emocional.
Wilson señala que quienes crecieron en los años 60-70 en general se enfrentaron a situaciones que han moldeado en cierta manera su personalidad adulta: frases que invalidaban los sentimientos u obligaban a reprimirlos; el peso enorme del trabajo, que se entendía en muchas ocasiones como lo más importante de la vida, o la resistencia silenciosa ante las adversidades, bajo la idea de que estas —ya fuesen problemas emocionales, de salud o relacionados con el día a día— debían enfrentarse casi en soledad.
Todo esto, tal y como explica la psicóloga, ha podido derivar en una cierta fortaleza que podría pensarse que escasea en la actualidad. Sin embargo, la ocultación de los sentimientos, el sacrificio excesivo o la creencia de que no debe mostrarse nunca debilidad son aspectos que, en una época marcada por la importancia de la salud mental y el bienestar emocional, ya se están desmontando.
“Lo que aprendiste entonces puede suavizarse ahora. Puedes, poco a poco, dejar ir esa parte que te dice que siempre debes estar ‘bien’”, señala Wilson, consciente de que los tiempos han cambiado y eso implica también modificar la creencia de que podemos con todo a la vez, en todo momento, y solos. “También mereces espacios donde no tengas que ser valiente. Está bien decir que las cosas son difíciles. Está bien dar un paso atrás. Puedes honrar la fortaleza que heredaste y, al mismo tiempo, elegir un camino diferente para tu vida interior”.
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