
Hace un año del gran apagón que dejó a España y a buena parte de Portugal a oscuras, con algunas zonas sin suministro eléctrico durante casi un día entero. Pero, más allá del caos de esas horas, aquella jornada también nos hizo darnos cuenta de que dependemos completamente de la energía y la conectividad digital. Sin luz, fallaron los pagos, las comunicaciones y buena parte de la vida cotidiana.
En los días posteriores al cero energético se habló de las lecciones que nos había dejado, y de cómo prepararnos por si se volvía a repetir. Sin embargo, doce meses después, muchas de aquellas conclusiones han quedado en el olvido. De la importancia de llevar dinero en efectivo al buen uso de las linternas, las radios de pilas y los kits de emergencia, el apagón dejó una serie de aprendizajes prácticos que hoy cobran sentido porque ya no los tenemos tan presentes.
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El efectivo no era opcional
Cuando todo el sistema eléctrico cayó, también lo hicieron buena parte de las infraestructuras de pagos electrónicos. Datáfonos fuera de servicio, aplicaciones móviles inactivas y cajeros automáticos que estaban inoperativos o sin capacidad de dispensar efectivo dejaron a miles de personas sin su medio habitual de pago.
Y aquí fue cuando el dinero en efectivo, ese gran olvidado, sobre todo para los más jóvenes, se convirtió en el único recurso. Permitió realizar compras básicas, desde alimentos hasta medicamentos, en un momento en el que cualquier transacción digital era imposible. No resolvió el problema de base, pero sí pudo amortiguar su impacto en la población.
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El Banco de España recuerda hoy que, además, el efectivo es el único medio de pago que no depende de electricidad ni de conexión a internet, lo que le da una característica clave en situaciones de emergencia: la autonomía total. Esa independencia tecnológica lo convierte en una herramienta especialmente relevante cuando el resto de sistemas falla.
Pero, más allá de su uso durante las crisis, el efectivo también cuenta con ventajas estructurales: garantiza privacidad en las transacciones, es inclusivo para toda la población, permite un control directo del gasto y sigue siendo un instrumento ampliamente aceptado. Además, el pago con el efectivo se realiza y se liquida de manera inmediata, sin intermediarios ni infraestructuras intermedias.
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La radio a pilas volvió a ser la protagonista
Otra tecnología que resurgió, y que teníamos algo olvidada, fue la de los transmisores. Tuvimos que dejar a un lado las aplicaciones móviles para volver a sintonizar la emisora de radio y, en cuestión de minutos, volvió a ocupar un lugar central en la vida cotidiana, como ha ocurrido en otras grandes crisis en España. Allí donde todavía quedaban pilas, una batería o un coche con el sistema operativo, la escena se repetía: personas agrupadas alrededor de un pequeño receptor intentando entender qué estaba ocurriendo.
La radio reapareció en lugares muy distintos entre sí. Se escuchaba en bares que habían quedado a oscuras, en estaciones de transporte de las que no salía ningún autobús ni tren, en establecimientos que seguían funcionando a medio gas, en aulas de colegios y universidades, y también en muchas viviendas.
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Varias personas escuchan la radio de un coche en un taller durante el apagón.
Aquella jornada devolvió al transistor un papel que parecía relegado al pasado, el del principal canal de información en tiempo de incertidumbre. Igual que ocurrió en la mañana del 11 de marzo de 2004, durante la tarde del 23 de febrero de 1981, o en episodios de emergencia más recientes como la DANA de Valencia, cuando la radio se convirtió en el hilo directo con lo que estaba pasando.
Kits de emergencia: de la recomendación a la necesidad
Durante años, la idea de preparar un kit de emergencia en casa parecía algo exagerado. Pero el gran apagón y otros episodios recientes han cambiado esta percepción, al menos en el plano institucional europeo. Semanas antes de que se produjera el cero energético en España y Portugal, la Comisión Europea insistió en la necesidad de reforzar la preparación ciudadana ante situaciones de crisis que pueden ir desde catástrofes naturales intensificadas por el cambio climático hasta pandemias, conflictos armados o fallos masivos en infraestructuras críticas. En ese tipo de escenarios, las primeras 72 horas se consideran decisivas para garantizar una respuesta organizada y evitar el colapso de los servicios básicos.
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Esta visión se enmarca en la estrategia comunitaria conocida como ReArm, impulsada por la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen. Su objetivo es consolidar una cultura de preparación en la que la ciudadanía asuma un papel activo en su propia seguridad. La idea de fondo es que la resiliencia no depende solo de las instituciones, sino también de la capacidad de los hogares para afrontar temporalmente situaciones de emergencia.
Uno de los ejes principales es la recomendación de que cada hogar disponga de un kit de emergencia básico, que incluya agua potable suficiente para varios días, alimentos no perecederos, medicamentos de uso habitual, fuentes de iluminación autónomas como linternas con pilas y baterías de repuesto, además de otros productos esenciales para garantizar la autonomía mínima durante un corte prolongado de suministros. Pero, en la práctica, estos kits suelen quedarse en eso, en recomendaciones, hasta que una crisis concreta nos recuerda su utilidad.
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No hace falta estar siempre conectados
Durante el apagón, la idea de una conexión permanente —a internet, a la red móvil, a las aplicaciones que nos organizan la vida diaria— pasó de ser una obviedad a una ausencia. La situación evidenció hasta qué punto la cotidianeidad depende de una conectividad constante que rara vez se cuestiona: necesitamos la energía para trabajar, comunicarnos, orientarnos, pagar o simplemente saber qué está ocurriendo.
Sin embargo, el episodio también puso sobre la mesa el hecho de que la desconexión total no generó un colapso social, sino una adaptación improvisada. Los vecinos se informaban entre ellos, se desplazaban físicamente para confirmar las noticias y se utilizaron medios alternativos; miraban mapas si no sabían volver a sus casas andando porque era prácticamente imposible coger el coche... Todo esto demostró que la vida puede continuar, aunque de forma menos eficiente.
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El apagón no solo apagó la luz, sino también la sensación de estar permanentemente conectados. Y, una vez restablecido el sistema, la normalidad volvió rápidamente. Pero ¿hasta qué punto esa conexión constante es una necesidad, o es simplemente una costumbre?
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