
Algunas personas no dicen un “te quiero” ni un “estoy orgulloso de ti”, pero lo demuestran de otras maneras: te recogen en coche a cualquier hora o no se pierden ni un solo partido de fútbol después de trabajar todo el día. La generación criada entre los años 60 y 70 no buscaba aparentar ser dura, simplemente intentaba llenar sus vacíos emocionales, y ese comportamiento se empezó a llamar carácter.
En un hogar de 1970 no había internet para buscar consejos de crianza, redes sociales para compartir sentimientos, ni terapias o talleres de inteligencia emocional. Las carencias afectivas se enfrentaban como podían, lo que dio lugar a una cultura donde lo que predominaba era el trabajo, las responsabilidades y la expectativa de resolverlo todo por cuenta propia, según explica The Expert Editor.
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Las virtudes solo eran mecanismos
Comportamientos que hoy se identificarían como respuestas al trauma eran entonces interpretados como virtudes. Toda una generación aprendió a ver sus mecanismos de afrontamiento como señales de carácter. Lo que actualmente se considera una reacción ante la adversidad antes se entendía como prueba de fortaleza.
Un joven que trabajaba después de clase no perdía la infancia, sino que demostraba responsabilidad. Un menor cuyos padres estaban demasiado ocupados para asistir a su obra de teatro no quedaba desatendido, sino que cultivaba independencia. Y aquel que crecía sin que nadie preguntara cómo se sentía no era insensible, sino fuerte.
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En la década de 1970, la investigadora Emmy Werner concluyó que aproximadamente un tercio de los menores en situación de riesgo lograban convertirse en adultos bien adaptados. Según Werner, estos resultados no se debían a grupos de apoyo ni a terapias, sino a factores como asumir responsabilidades, contribuir en el hogar y aprender a resolver problemas de manera independiente.
Estos hallazgos explican por qué la generación de los 60 y 70 tendía a asociar la fortaleza con la autosuficiencia y la independencia. La psicología también señala que estos adultos fueron los últimos en experimentar el aburrimiento sin solución posible, un estado que funcionaba como motor del desarrollo personal, pero que se ha ido perdiendo en generaciones posteriores.
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La percepción de la fortaleza
“En las décadas de 1960 y 1970 predominaba un estilo de antihéroe relajado y desenfadado. En 1980, se produjo un regreso a los valores tradicionales: la riqueza, el poder, la fama y la ambición volvieron a estar de moda, y los estadounidenses comenzaron a admirar personalidades que ‘dramaticen’ estos ideales”, explica Amitai Etzioni, sociólogo de la Universidad George Washington.
Los cambios culturales afectaron a la sociedad, pero la generación formada en aquellas décadas ya había adquirido su carácter. Había aprendido que la vulnerabilidad era un lujo que no podían permitirse y que, muchas veces, seguir adelante era más práctico que detenerse a procesar las emociones.
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Con el paso de los años, esa dureza se transformó en una especie de armadura. Adultos criados en ese contexto pudieron enfrentar pérdidas, divorcios y crisis económicas con una entereza que, según los estándares actuales, resulta casi sobrehumana. Sin embargo, el costo era alto: quienes podían superar cualquier adversidad a menudo no sabían expresar afecto a sus hijos.
La herencia emocional de la generación de los 60-70
El paso del tiempo ha permitido reinterpretar estos patrones. Comprender la complejidad de esta herencia emocional implica reconocer que dureza y ternura no son opuestas. La generación anterior no eligió ser fría, sino que se adaptó a un entorno que exigía desarrollar una piel resistente, un mundo lleno de asperezas donde nadie ofrecía soluciones.
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El verdadero desafío para quienes crecieron bajo esta educación consiste en distinguir entre carácter y coraza. De este modo, la dureza generacional deja de percibirse como un defecto y se entiende como la consecuencia de heridas no resueltas que una nueva generación ahora tiene la oportunidad de sanar.
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