Con The Studio, Seth Rogen entrega una sátira implacable sobre el vértigo de la industria del cine. Creada y codirigida junto a su colaborador habitual Evan Goldberg, la serie se instala en los pasillos desquiciados de los ficticios Continental Studios, donde el ejecutivo Matt Remick, interpretado por el propio Rogen, lidia con catástrofes cotidianas, egos desbocados y cameos de celebridades que juegan versiones ridículas de sí mismas.
En una entrevista concedida a GQ, Rogen explicó que el punto de partida de la serie surgió de una observación cruda que escuchó hace décadas: “Me metí en esto porque me encantan las películas y ahora mi trabajo es arruinarlas”.
La frase se la dijo un ejecutivo hace unos 25 años, y desde entonces él y Goldberg la repiten como un mantra cínico sobre el rumbo de la industria.

La serie parte de esa tensión entre amor y desilusión. Para Rogen, hacer cine original se ha vuelto cada vez más difícil, especialmente si se trata de propuestas grandes, caras y no basadas en propiedades intelectuales.
Mientras tanto, producir una cinta como Ninja Turtles, con el respaldo de una franquicia reconocida, otorga libertad creativa sin demasiadas trabas. “Podíamos tomar decisiones locas en una película grande y cara”, afirma.
El contraste lo llevó a pensar que quizás había que hacer algo más personal, al estilo de The Fabelmans, la película autobiográfica de Steven Spielberg en la que Rogen participó: “Vi que Steven estaba haciendo algo muy personal y realmente encontró una manera de hablar de su vida”.
En The Studio, las crisis se suceden como latigazos: desaparece un rollo de película de Olivia Wilde, alguien debe decirle a Ron Howard que corte una secuencia espantosa y Zoe Kravitz amenaza con no agradecer a Remick en su discurso de los Globos de Oro. Pero el mayor desafío ocurre en el primer episodio: convencer a Martin Scorsese de dirigir una película sobre el Kool-Aid Man.
La participación de Scorsese, quien se interpreta a sí mismo, fue inesperadamente sencilla. “Le enviamos el guion, nos dijeron que le había encantado y que iba a estar allí el jueves a las 9 de la mañana”, cuenta Rogen. El director apareció “con una actitud y una energía increíbles” y entendió de inmediato el tono y el humor de la serie.

Aun así, Rogen admite que tuvo dudas sobre cómo sería recibido el estilo visual de la serie, grabada con una sola cámara. “Me preocupaba que pensara que la forma en que grabábamos la serie era rara... así que alquilamos una segunda cámara para esconderla en otra habitación de hotel”, confiesa.
No hizo falta: Scorsese no cuestionó el método.
El formato visual, según sus creadores, está diseñado para reforzar el caos narrativo. “Queríamos que la serie fuera inmersiva... La serie trata sobre el estrés y el pánico, así que pensamos que un estilo de cámara implacable... complementaba la escritura de forma enérgica y total”.
Más allá del humor, The Studio es también una observación empática sobre quienes toman decisiones en los estudios. Rogen admite que su visión ha cambiado con los años: “Muchísimo. Otro de los pilares de la serie es que dirigir un estudio cinematográfico es un trabajo difícil, y lo más difícil es que te pueden despedir sin contemplaciones en cualquier momento por cualquier cosa que hagas”.

Recuerda una escena de sus inicios, en tiempos de Freaks and Geeks, cuando Judd Apatow le explicó la presión que enfrentan quienes dan notas sobre un guion: “Están en un estado de pánico extremo, casi total, la mayor parte del tiempo... Diez veces al día, hacen algo que les hace sentir que es lo que está en juego”.
La anécdota más ilustrativa ocurrió durante la venta de la serie: “La presentamos un viernes, y el lunes, el tipo al que se la presentamos ya no estaba”. Esa inestabilidad lo marcó, y también su sentido del humor. “Para que algo sea cómico, creo que debe haber cierto nivel de empatía por el personaje”.
Esa compasión también atraviesa su visión sobre el momento actual de Hollywood. Reconoce que la presión por rentabilidad ha aumentado con el avance del streaming.
“Es más difícil conseguir que la gente vaya al cine”, dice. Sin embargo, cree que no todo está perdido. Películas como Avatar, Barbie y Oppenheimer demostraron que aún hay espacio para proyectos originales de gran escala.

Aunque su personaje en The Studio cree que él puede ser quien transforme la industria, Rogen se distancia de esa ilusión: “No creo que eso esté necesariamente dentro de mis capacidades”.
En lo personal, su vínculo con la industria es ambiguo. Agradece las oportunidades que ha tenido, pero ve el lado oscuro con claridad. “Es inherentemente una industria sin justicia. Puedes ser la persona más talentosa y nunca triunfar”. En resumen, dice con franqueza: “Tengo una relación muy conflictiva con la industria”.
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