
Escribir una columna semanal debe ser una bendición y un maleficio. Una “suerte maldita”, como el nombre de esa librería en la que dejo una parte importante de mi sueldo. Siempre quise tener una columna semanal, y nunca me animé. Y no lo hice porque creo que los primeros meses lo pasaría genial, hasta que llegado a cierto momento, me quedaría sin ideas; sin nada nuevo que decir. Por eso me asombran lo que hacen tipos como Mercedes Funes, Matías Bauso y Gisele Sousa —para mencionar a tres—. No sólo por cómo escriben, sino porque parecen inagotables.
Repito: yo no podría. Ahora me pregunto si ellos podrán —si querrán— mantener una columna durante casi quince años, como hizo Roberto Arlt con sus aguafuertes en el diario El Mundo, entre 1928 y 1942. Y, para peor, en el medio publicó Los lanzallamas, El amor brujo, El jorobadito, las obras de teatro Trescientos millones y Saverio el cruel, etc.
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El propio Arlt, en una nota al final de Los lanzallamas, decía que había escrito sus libros “en redacciones estrepitosas, acosado por la obligación de la columna cotidiana”. Yo siento que era una obligación feliz. O, en todo caso, una obligación que lo definía: Arlt no era quien era si no era escribiendo. “Cuando se tiene algo que decir, se escribe en cualquier parte. Sobre una bobina de papel o en un cuarto infernal. Dios o el Diablo están junto a uno dictándole inefables palabras”.
Escribir una columna semanal: bendición y maleficio, Cielo e infierno, Dios y el diablo.
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Todos estos años de gente
Todo en Arlt es hiperbólico: la vitalidad asombrosa del texto, la escritura que arde en la oralidad, la inmensa capacidad de ver lo que está fuera de foco en la foto del progreso, la producción imparable. Vuelvo al texto de Los lanzallamas: “El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo”, dice. Y más adelante habla de los libros que “encierran la violencia de un cross a la mandíbula”. Yo creo que toda esa energía es eficaz porque se canaliza a través del humor.
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Hay mucho humor en las aguafuertes de Arlt. Eso es algo que no se suele destacar, por ejemplo, en las lecturas escolares —Arlt es un clásico y, como tal, pertenece al aula—. Hay que leer varias aguafuertes seguidas —pero no tantas: tres, cuatro, cinco— para entrar en el clima de una Buenos Aires que ya no existe pero que nunca desapareció del todo. El choque, por supuesto, es a nivel del lenguaje, porque Arlt habla como esos abuelos o bisabuelos que para decir chico dicen purrete y para decir tonto dicen babieca. Volviendo a la escuela, eso se toma como una gran oportunidad de aprendizaje: qué palabras definen la identidad de un pueblo, cómo se ponen en juego, qué pasa cuando caen en desuso.
Como pasa con ciertas traducciones españolas, podríamos decir que las primeras páginas suponen un ejercicio de calentamiento. Pasado el momento, uno ya está caminando por esa ciudad —por esa “modernidad periférica”, como diría Beatriz Sarlo— de oficinistas y obreros y barberos y mujeres que leen novelas rosas en el tranvía y libreros que sueñan una vida de aventuras y aventureros que sueñan con una vida entre libros; y también de quinieleros y burreros y conspiradores y rateritos y descuidistas; y también de amigos chantas y barras del café y de los que van al escolazo y al box.
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Instant-táneas de la calle
Roberto Arlt murió el 26 de julio de 1942: hace casi 80 años. Con el aniversario redondo, la editorial Yuri acaba de publicar Viajero de cercanías, un bellísimo libro que compila 80 aguafuertes no tan conocidas, y en las que se puede ver cómo Arlt convocaba a esa multitud de personajes y cómo los miraba a veces con amor, a veces con ironía, a veces con ternura, a veces con envidia. Pero nunca era condescendiente y siempre lo hacía con una risa cómplice que lo hermanaba con la multitud y los lectores.
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La selección de Viajero de cercanías es muy buena, no solo por las historias que trae, sino porque permite ver al escritor en toda su dimensión. Así aparecen sus pasiones, sus yeites, sus contradicciones, sus prejuicios: Arlt era un escritor bastante misógino. Pero, si no nos apuramos a cancelarlo, podemos —sin ser complacientes— intentar comprender cómo todos somos hijos de nuestra época.
Las aguafuertes del libro van de 1928 a 1935. Son años marcados por la crisis del 30: hay hambre, hay pobreza y hay tristeza. Hay, sobre todo, una desconfianza absoluta por la clase dirigente y los poderosos. Yrigoyen y los demás son ridiculizados al extremo. Pero, lejos de los grandes relatos de la política, los textos ponen en el centro al ingenio del porteño, que se las arregla para seguir adelante.
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Arlt, dice Margarita Pierini en el prólogo, “es poco afecto a describir sitios pintorescos, se detiene y complace en representar paisajes humanos”. Tal vez allí esté la razón por la que las aguafuertes sean tan contemporáneas.
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