En un contexto donde la inteligencia artificial se expande con velocidad y redefine prácticas cotidianas, la educación aparece como uno de los campos más interpelados. ¿Qué significa aprender cuando las respuestas están a un clic de distancia? ¿Qué lugar ocupa la escuela cuando el conocimiento parece haberse vuelto accesible, inmediato y, en muchos casos, automatizado?
En el Seminario de Innovación de Ticmas, realizado en la 50° Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, Eduardo Levy Yeyati, economista, escritor y docente en la Universidad Torcuato Di Tella, propuso repensar la forma en que percibimos a la IA y su mal llamada “inteligencia”.
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Más allá del entusiasmo tecnológico, la pregunta que surge en los tiempos que corren es qué tipo de conocimiento sigue siendo necesario construir en la experiencia humana.

Una inteligencia que no entiende: los límites de la IA
Levy Yeyati comienza aclarando que la inteligencia artificial no “sabe” en el sentido humano del término. “La IA sabe aquello que ya se sabe, no da conocimientos nuevos”, explicó.
Lejos de una inteligencia autónoma, la definió como un modelo de predicción entrenado con enormes volúmenes de datos (textos, imágenes y sonidos) que es capaz de detectar patrones y devolver información ya existente. “Genera sus propios patrones y regurgita un conocimiento ya documentado. No sale de lo que está documentado”, sostuvo.
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Esa limitación tiene consecuencias concretas. La IA no puede acceder a aquello que no fue previamente registrado, y cuando intenta hacerlo, incurre en errores o “alucinaciones”, es decir, respuestas que parecen válidas pero que no dejan de ser meras invenciones.
En ese sentido, el problema parece tener un carácter más conceptual que técnico. “Hay que sacarse el tic de pensar que la IA es inteligencia”, advirtió, marcando la necesidad de desmitificar su funcionamiento.

Dos formas de conocer: lo explícito y lo que se aprende haciendo
Uno de los ejes centrales de su exposición fue la distinción entre tipos de conocimiento. Mientras la IA opera exclusivamente con conocimiento explícito, es decir, aquello que puede ser documentado y transmitido, los seres humanos combinan esa dimensión con la del conocimiento práctico o tácito.
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Ese saber, ligado a la experiencia, es el que no puede descargarse ni replicarse fácilmente. “El conocimiento se fortalece en la práctica, esa parte es muy difícil de transferir”, señaló.
Desde esta perspectiva, el riesgo no es que la IA reemplace el aprendizaje, sino que lo debilite. “El riesgo de la IA es que por tener todo servido perdamos la oportunidad de ganar el único conocimiento que podría ser complementario”, planteó.
Para Levy Yeyati, si el acceso a la información deja de ser un problema, el desafío educativo se desplaza hacia otro terreno. La escuela, entonces, debería “invertir el método”, según explicó, y priorizar la construcción de conocimiento a través de la práctica, en lugar de centrarse únicamente en la transmisión de contenidos.
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La escuela y el desafío de cambiar su lógica
Este cambio no es menor. Implica revisar el modo en que se enseña y se aprende. Para Levy Yeyati, la educación tradicional está fuertemente orientada a lo transferible, es decir, a lo que puede explicarse, evaluarse y reproducirse, mientras que el contexto actual exige fortalecer aquello que no se puede automatizar.
“La práctica sobre la disciplina para ganar la disciplina”, sintetizó, en una formulación que pone el foco en el ejercicio sostenido como condición del aprendizaje profundo.
En este marco, la escuela también debe asumir un rol más amplio que incluya a las familias. “La educación debe reconocer los riesgos y enseñar a los padres”, sostuvo, subrayando la importancia de generar entornos donde los chicos puedan experimentar, equivocarse y aprender de ese proceso.
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Docentes, tecnología y una relación en construcción
Lejos de los discursos que anuncian el fin de la docencia, Levy Yeyati fue categórico: “la docencia es un trabajo de futuro”.
Si bien reconoció que herramientas como ChatGPT pueden transmitir información de manera eficiente, planteó que el rol del docente es irreductible. La enseñanza no es solo contenido, sino también vínculo, interpretación y capacidad de generar transferencia.
“El alumno escucha la voz del saber, que es el docente, y aprende distinto”, explicó. Además, destacó dimensiones que la IA no puede replicar: la empatía, la conexión con el lenguaje del otro y la capacidad de captar la atención en el aula.
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Incluso señaló que muchas veces los propios estudiantes funcionan como mediadores del aprendizaje, ayudando a sus pares más rezagados desde un lugar de cercanía que potencia la comprensión.
Sin embargo, advirtió que el sistema educativo todavía está lejos de integrar plenamente estas herramientas. “No estamos usando IA en el aula de manera activa, se usa de manera marginal”, afirmó.
El problema no es solo técnico, sino también cultural. Falta formación, tiempo y, en algunos casos, disposición para pensar la tecnología como complemento y no como competencia. “La política pública debería enseñarle al docente cómo usar la IA”, planteó.
El riesgo silencioso: tercerizar el pensamiento
Uno de los puntos más sensibles de la exposición fue el impacto de la IA en los hábitos cognitivos. Según mencionó, hay estudios que muestran que quienes utilizan estas herramientas de manera intensiva pueden perder habilidades vinculadas al juicio crítico y la interacción.
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El concepto que aparece es el de “tercerización cognitiva”: delegar procesos mentales en la tecnología. Frente a eso, la advertencia que hace Levy Yeyati es clara. “Hay que resistirse a la tentación de pedirle que te cocine todo”, señaló.
Esto no implica rechazar la herramienta, sino aprender a usarla sin abandonar el esfuerzo propio. Porque, en última instancia, el aprendizaje requiere práctica, tiempo y disciplina. “Es necesaria esa práctica para no volverse un inútil, no solo en el trabajo sino en la vida”, concluyó.
Una frontera que no se puede automatizar
En el cierre, la reflexión vuelve sobre la idea de una dimensión de la experiencia humana que no puede ser reemplazada. “La IA puede copiar pero no puede crear”, sostuvo, marcando una diferencia que va más allá de lo técnico.
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En esa línea, habló de una “frontera irreductible” tanto en la docencia como en la experiencia humana. Esto genera un espacio donde el conocimiento se construye en la práctica, en el vínculo con otros y en el proceso mismo de aprender.
Paradójicamente, en un mundo donde la información abunda, ese tipo de conocimiento se vuelve cada vez más valioso. “La demanda de la experiencia práctica crece exponencialmente”, afirmó.
La pregunta que queda abierta no es si la inteligencia artificial va a transformar la educación, sino si la escuela será capaz de redefinir su sentido para seguir siendo un espacio donde se aprenda aquello que, justamente, no puede descargarse.
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