
Durante décadas hablaron en aulas, oficinas, consultorios, sobremesas familiares y discusiones políticas. La palabra fue parte de su vida cotidiana, una herramienta de trabajo, de vínculo y de experiencia. Pero en el taller de radio de la Universidad Nacional de Rosario, esa palabra adoptó otra densidad: la de convertirse en relato.
Así surgió una pregunta menos sencilla de lo que parecía: qué contar de todo lo vivido, qué dejar afuera y qué escenas de una vida podían sostenerse frente a un micrófono para ser escuchadas por otros. Esa incógnita encontró su lugar en la UNR, que desde 2011 sostiene el Programa Universidad para Personas Mayores (UPeM), una propuesta gratuita que reúne a más de 1.500 en cursos y talleres que abarcan desde filosofía hasta herramientas digitales, escritura, arte y radio.
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La iniciativa amplía la idea tradicional de universidad y la convierte en un territorio de formación permanente, donde el aprendizaje se extiende más allá de las edades convencionales y se enlaza con la experiencia acumulada de quienes regresan al aula con décadas de vida.

En La Siberia, como Rosario sigue llamando a la Ciudad Universitaria de la Universidad Nacional de Rosario (UNR), el viento se siente más fuerte en invierno y recorre los pasillos abiertos entre facultades y edificios de hormigón. El nombre permanece desde los setenta, cuando esa zona al sur era periferia y distancia.
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Hoy, la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales concentra parte de esa vida universitaria que empieza temprano y se extiende hasta la noche: estudiantes con apuntes bajo el brazo, grupos en los patios y aulas ocupadas. En ese entramado funciona el Taller de Radio del programa. El equipo transforma la memoria en relato y la palabra en sonido. Tres, dos, uno… ¡Estamos en el aire!
En el centro de esta dinámica está Araceli Colombo, la profesora que coordina el taller y sostiene una idea: toda vida contiene una historia capaz de ser narrada. Licenciada en Comunicación Social, periodista e investigadora, Colombo trabaja hace años con el lenguaje como herramienta de producción de sentido.
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En el aula, esa idea se concreta en ejercicios específicos: escuchar antes de hablar, ordenar recuerdos, construir escenas, encontrar una voz propia. Su tarea no consiste solamente en enseñar recursos del lenguaje radial —guion, entrevista, tiempos, edición—, sino en acompañar un proceso más difícil: reconocer que la experiencia cotidiana también puede convertirse en material narrativo.
—¿Cómo surgió la idea de transformar el taller en un pódcast y no quedarse solo en la práctica interna?
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—La idea nace de la necesidad de que esas voces no quedaran encerradas en el aula. El taller es un espacio de aprendizaje, pero también de producción de sentido. El pódcast permite que esas historias lleguen a otros oídos y que la palabra de las personas mayores deje de ser íntima para volverse social.
—¿Qué sucede cuando personas mayores toman el micrófono desde su propia experiencia y sin intermediarios?
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—Aparece algo muy potente. Se deja atrás la noción de que otros deben hablar por ellas. Cuando la voz es propia, también lo es la mirada sobre el mundo. Eso desarma muchos prejuicios, sobre todo los que asocian la vejez con pasividad o silencio. Sentimos que el pódcast va construyendo un espacio donde las historias no solo se cuentan, sino que adquieren valor colectivo y cultural. Cada relato se transforma cada vez que vuelve a escucharse: en un encuentro, en una radio abierta, en una nueva reproducción o cuando un familiar lo oye y lo comenta.
Detrás de cada episodio hay un grupo que convierte trayectorias de vida en material sonoro. El taller reúne a Cristina Stramazzo (la psicopedagoga, de 73 años), Ana María Natale (docente jubilada, de 66), Ariana Pugliese Diez (arquitecta, docente y coach ontológico, de 75), Silvia Cantoni (docente jubilada, de 64), Marta Beatriz Palazzini (también docente jubilada, de 66), Silvia Agostinis (socióloga, de 71), María Marques (docente jubilada, de 78), María Elisa De Virgilio (de 62), Marcela Masramon (de 63), María Cristina Zambruno (exdocente, de 79), Fabiana Lucero (docente jubilada, de 61), Susana Aguzzi (exadministrativa del sector de seguros, de 74) y Liliana Aguilar (jubilada del área de cirugía maxilofacial, de 73).
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El grupo trae décadas de experiencia en oficios diversos, pero en el taller esas biografías encuentran como punto de cruce la palabra. Cada una llega con una historia propia, con escenas acumuladas en la memoria y con la decisión de convertir parte de esa experiencia en relato. La producción de Historias para contar es colectiva: las integrantes conciben, seleccionan y escriben los textos, los trabajan en clase y los llevan al estudio de grabación en el Laboratorio Sonoro (LABSO) de la facultad. La edición final queda a cargo de Melina Santi, responsable de darles forma técnica a esas voces que comienzan en el aula y logran circular como pódcast.
Tras las grabaciones, las integrantes del taller se reunieron para reflexionar sobre el proceso: qué recuerdos retornaron, qué pasó al ponerlos en palabras y por qué esas historias, hasta entonces privadas, lograron encontrar un espacio.
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—¿Cuál fue el momento en que comprendieron que sus historias merecían ser contadas?
—Cuando surgió la propuesta de crear un pódcast, la primera pregunta fue qué narrar. En esa búsqueda aparecieron motivaciones, experiencias personales, desafíos, ficciones y reflexiones filosóficas e históricas, que sirvieron para rescatar la memoria personal y colectiva.
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—En el proceso de grabar, ¿emergió algún recuerdo que hacía tiempo no volvía? ¿Qué pasó al ponerlo en palabras?
—Al grabar experimentamos mucha alegría por la posibilidad de dar a conocer nuestras producciones y emoción por lo que implicó el encuentro con nuestra profesora, nuestras compañeras y la calidez de la gente del LABSO, que nos acompañó durante toda la grabación. Muchas nos sentimos nuevamente jóvenes estudiantes presentando un trabajo que iba a ser escuchado por otros.
—¿Cómo se transforma una experiencia personal al volverse un relato colectivo?
—Entendimos que nuestras historias merecían ser contadas cuando dejamos de verlas como una biografía personal y empezamos a pensarlas como parte de algo más grande. Las vivencias, al compartirse, resuenan en los demás. Comprendimos que la memoria no es solo un depósito de datos, sino una herramienta donde podemos reconocernos unos a otros. Lo íntimo, al ser narrado, puede movilizar a otros.
Entre esas voces surgen historias que van de lo personal a lo social, de la memoria familiar a la reflexión sobre el presente. Hay relatos sobre presencias inesperadas, el cansancio acumulado de ciertas luchas, fanatismos, pasiones, cine y escenas de la vida cotidiana.

Lo que inicialmente parecía un conjunto de biografías aisladas comienza a construir un marco común: experiencias ligadas al trabajo, la familia, las pérdidas, los deseos postergados y los quiebres que marcan una vida. En esa trama, cada relato funciona como una pieza singular y, al mismo tiempo, como parte de una memoria colectiva que encuentra en la radio una vía de circulación. Araceli Colombo aborda las emociones.
—¿Qué rol juega la radio —y el lenguaje sonoro— en la construcción de memoria en este proyecto?
—La radio tiene una cualidad muy singular: la voz transmite tiempo, emoción e historia. No es solo lo que se dice, sino cómo se dice. En ese sentido, la memoria se reconstruye cada vez que se narra y se escucha. Cada relato no reproduce el pasado: lo reinterpreta desde el presente, lo resignifica y lo pone en relación con otros. La radio no solo conserva memoria; la produce, la actualiza y la vuelve socialmente circulante. Además, quien escucha también participa en esa construcción. La memoria no queda solamente del lado de quien habla; se completa en ese vínculo.
—¿Cómo es el proceso pedagógico? ¿Qué se aprende y qué se desaprende cuando se trabaja con historias de vida?
—Hay un aprendizaje técnico concreto: trabajamos herramientas propias del lenguaje radial, como la construcción de entrevistas, la organización de un guion, el uso de la voz, los tiempos, la escucha, la edición y la producción de contenidos. Pero también se aprende a comprender la lógica de la radio como dispositivo: cómo se crea un relato, cómo se sostiene una idea y cómo se construye una escena sonora. Y se desaprende algo muy instalado: la idea de que la experiencia personal no tiene valor comunicacional.
Aquí, la vida de cada una se vuelve relato. Como docente, además, uno aprende de las formas de narrar, de recordar y de significar la experiencia que traen las personas mayores. En ese intercambio, la pedagogía se vuelve más horizontal.
—En un contexto donde la velocidad domina la comunicación, ¿qué valor tiene detenerse a escuchar estas historias?
—Tiene un valor enorme. Escuchar implica tiempo, atención y disponibilidad. Y en esas historias hay algo que no puede comprimirse ni acelerarse: la experiencia vivida. Detenerse a escuchar también es una forma de reconocer al otro. Siempre les digo a los alumnos y alumnas: No existen historias pequeñas. La vida cotidiana no les quita valor. Todas las historias merecen ser contadas y en cada una aparecen detalles que las vuelven significativas. No solo las narramos: las encarnamos en una escena sonora.

Cuando escucharon sus voces ya editadas, convertidas en un episodio terminado, sintieron algo difícil de separar: la satisfacción de haber alcanzado un objetivo dentro de un proceso de aprendizaje y, al mismo tiempo, una mezcla de nervios y emoción frente a lo que venía después. La grabación había terminado, el relato ya tenía forma y la voz —esa materia íntima y cotidiana— empezaba a circular fuera del aula.
En las conversaciones posteriores, el grupo coincidió en algo: el taller les había abierto un espacio de participación activa en un tiempo donde las voces jóvenes suelen ocupar el centro de la escena pública. Valoraron especialmente el lugar que les dio la Universidad y el impulso constante de Araceli Colombo para poner en juego sus propias historias y sumarlas a una conversación intergeneracional. En un presente marcado por la velocidad y la inmediatez, entendieron que detenerse a narrar y escuchar sus experiencias tenía una dimensión de reivindicación y, también, de rebeldía.
El taller invirtió esa lógica acelerada: tomó la memoria, la convirtió en palabra y la puso a circular. Y en ese movimiento, sus historias encontraron un lugar público, colectivo y cultural. La voz, con sus pausas, sus matices y el peso de la experiencia, dejó de ser solo una herramienta de expresión para convertirse en una forma concreta de presencia.
Podés escuchar los pódcast aquí.

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