
Y de repente, empezaron a aplaudir por poder ir a la escuela.
Estamos frente a una situación inédita.
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La escuela siempre se vio como un lugar de obligación. “Tenés que ir a la escuela” era una amenaza o una sentencia de los adultos a los recién llegados. “¿Por qué faltó ayer?”, la pregunta de rigor de una buena preceptora a su alumno. Y por qué no recordar las escapadas, “las rateadas”, intentando saltar la norma y testear que la adolescencia es mucho más que una edad cronológica, es también un tiempo de enfrentar lo que la sociedad dispone para esa niñez que se va dejando de lado después de los 12.
El viernes anunciamos a un grupo de adolescentes que habíamos realizado todo lo que estaba a nuestro alcance y habíamos logrado la presencialidad plena los cinco días de la semana. En otro momento hubiese sido el peor anuncio de sus vidas. En estos tiempos aplaudieron con gritos de alegría (¡Bien!, ¡Vamos!) y se percibía una gran sonrisa detrás de los barbijos.
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Me quedé sorprendido. ¿Será que hoy la vieja rebeldía de saltear el sistema es ir a la escuela?
Estamos en tiempos enrarecidos, corremos el riesgo de retirarnos de la escena educativa. Ponemos peros, burocracias, protocolos contradictorios, tenemos miedo. Y los alumnos y alumnas quedan solos. Quizás, adormecidos en una cuarentena eterna nos extrajimos de la vida. Creímos que guardados, el monstruo del coronavirus no nos iba a atacar. Puede que hayamos contribuido a evitar el colapso sanitario. Deberíamos estudiarlo mejor, pero claramente provocamos el colapso educativo. Hoy tenemos que evitar los dos.
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No se puede pedir que se paralice el tiempo, el de la vida. El tiempo no para, en todo caso se deja de vivir. En educación pasa esto, no ir a la escuela, es perder espacios existenciales esenciales para alcanzar una vida digna. Es un falso dilema decir que con escuelas abiertas la gente se muere: no es cierto, no tiene comprobación científica. La escuela es un entorno seguro si logramos hacer lo que corresponde. Distancia social y barbijo, control de los contagiados, seguimientos de los casos.
Necesitamos que las niñeces y juventudes estén en sus ámbitos más adecuados para crecer y desarrollarse: las escuelas. Tienen que estar las horas que las familias requieran, el tiempo que el plan de estudio haya planeado. Ni 90 minutos, ni 4 horas, ni nada que sea ajeno al plan de estudio que cada institución diseñó para su comunidad.
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Nos hemos perdido en el camino. El miedo fue un consejero que nos hizo olvidar de lo esencial. Los seres humanos vivimos en sociedad, nos constituimos con otros. Diría Buber: “no hay un yo, sino no hay un tu”. Esa esencialidad de nuestras vidas, es nodal en los primeros 18 años. ¿Cómo imaginamos crecer sanamente sino propiciamos espacios sociales de desarrollo emocional? ¿Somos conscientes de la intensidad de vida que se da, por ejemplo, en un año en un adolescente?¿Imaginamos, acaso, que si los jóvenes no están en la escuela se quedan encerrados en sus casas?
No se tapa el sol con el dedo. Esa pretensión de los sistemas de mirar a las personas como si funcionaran como robots es un error habitual que la humanidad repite una y otra vez. La vida busca sus espacios de libertad, empuja por salir. Si antes nos hacíamos la rata, hoy toca aplaudir.
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Volvamos a las escuelas, habitemos el lugar al que pertenecemos, hagamos entornos seguros pero presenciales, todo el tiempo que se pueda. Toda una generación nos está mirando y esperan de nosotros la respuesta acertada, valiente, entregada, seria, prudente, pero contundente. Se educa dentro de la escuela. Ese fue el gran invento del siglo XIX, no lo destruyamos con tanta liviandad.
Alfredo Vota es director general del polo educativo Dante-Holters-Cieda
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