
En tiempo de cambios y aceleración constante, uno de los desafíos que tenemos como sociedad es el de sostener la educación. La complejidad del contexto obliga a las escuelas a repensar su conducción con un enfoque puesto en las personas, los vínculos y la capacidad de construir equipos que enseñen mejor.
En el marco de las Jornadas de Formación Docente organizadas por Ticmas en la 50° Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, el especialista en liderazgo y gestión educativa Bernardo Blejmar analizó el estado de conducción de las escuelas en un contexto atravesado por la incertidumbre, la sobrecarga y la complejidad social.
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La construcción del liderazgo
Uno de los ejes principales de su exposición fue la distinción entre el cargo y el liderazgo. “El liderazgo puede aparecer desde cualquier lugar. No se designa, se reconoce”, afirmó. Esto quiere decir que, mientras los nombramientos suelen ser definidos de manera vertical, el liderazgo es un reconocimiento que se construye en la práctica cotidiana. “Docentes puede haber muchísimos, pero maestros son aquellos reconocidos por sus alumnos”, subrayó.
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En ese sentido, señaló que no necesariamente quien ocupa un cargo directivo es quien lidera, y que la inteligencia de un buen director radica en identificar y potenciar los liderazgos que emergen dentro de la institución.
Para Blejmar, la gran diferencia entre el liderazgo y el cargo radica en que uno está ligado al sujeto y el otro a un rol institucional: “El cargo es el mismo, pero dependiendo de quién lo ocupe puede amplificar o reducir la capacidad de gestión”, explicó.
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Conducir es crear condiciones
Por otro lado, Blejmar sustuvo que para liderar una institución educativa, lo importante es generar espacios y herramientas que permitan a la escuela acompañar el proceso de formación: “El liderazgo no tiene que ver con hacer cosas, sino con crear condiciones para que se hagan las cosas”, explicó.
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Esto incluye múltiples dimensiones como las emocionales, las intelectuales, las económicas y las estructurales. Todas ellas influyen, a favor o en contra, en las posibilidades reales de una escuela.
Desde esta perspectiva, el foco se desplaza hacia la construcción colectiva. El trabajo del director no está centrado únicamente en los estudiantes, sino fundamentalmente en el equipo docente: “Es mucho más importante lo que hace con su equipo que lo que hace directamente con los chicos”, sostuvo.
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El desgaste invisible del sistema educativo
Otro de los puntos críticos que abordó fue la situación de quienes conducen y enseñan en las escuelas. “La conducción está llevada a cabo por personas de carne y hueso”, afirmó, poniendo el acento en las condiciones reales en las que trabajan.
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En un escenario de sobrecarga laboral, bajos salarios y presión constante sobre docentes y directivos, el desgaste muchas veces permanece invisibilizado y obstaculiza la posibilidad de lograr avances importantes.
En este contexto, Blejmar remarcó la necesidad de recuperar el deseo como motor de la tarea educativa: “El deseo de hacer cosas es la energía básica que hay que realimentar”, señaló. Para eso, planteó la importancia de generar espacios de pausa, reflexión y autoevaluación, como condición para sostener procesos de mejora.
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Ser directivo no es un paso más
En relación con la formación, cuestionó la idea de que la dirección sea simplemente una instancia superior dentro de la carrera docente. “La dirección no es un paso más, es otra carrera”, afirmó, y la comparó más con funciones de gobierno que con la tarea áulica.
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Si bien existen instancias de capacitación, sostuvo que aún no hay una formación específica y sistemática que prepare a los directivos para afrontar los desafíos actuales.
La escuela frente a lo que la sociedad no resuelve
Al referirse a fenómenos emergentes, como la creciente ola de amenazas y los “retos virales”, advirtió que muchas veces se le exige a la escuela respuestas para problemáticas que exceden su ámbito. “No se le puede pedir a la escuela lo que la sociedad no está resolviendo”, advirtió.
En ese sentido, definió a la escuela como una de las pocas instituciones que aún escucha y contiene, lo que la convierte en receptora de múltiples tensiones sociales.
Frente a escenarios de alta complejidad, donde muchas veces ocurre lo impensado, Blejmar afirmó que la respuesta pareciera ser que “no estamos preparados para ciertas cosas”.
Frente a esto, propuso asumir la “vulnerabilidad del no saber” como punto de partida. Esto podría habilitar la exploración, el ensayo y el derecho a la perplejidad como parte del trabajo educativo.
En ese sentido, la conversación se convierte en una herramienta central. Para Blejmar, este es el principal instrumento de un director, más que la normativa o la planificación.
“La calidad de un equipo es directamente proporcional a la calidad de las conversaciones que tiene”, afirmó. Desde esta perspectiva, conducir implica generar espacios de diálogo genuino, donde se puedan construir acuerdos, revisar prácticas y fortalecer vínculos.
Tiempo para pensar, tiempo para conducir
Como cierre, dejó dos recomendaciones concretas para quienes asumen roles directivos.
Por un lado, la importancia de reconstruir los “contratos” institucionales al inicio de cada proceso, tanto internos como externos. De esta manera, será posible clarificar expectativas y marcos de acción junto a docentes y familias.
Por otro, la necesidad de hacer valer tu propio tiempo: “Si no manejás tu agenda, la agenda te la manejan las situaciones”, advirtió y sostuvo la importancia de “agendarse con uno mismo” para permitir un espacio de reflexión y autoevaluación.
En conclusión, Blejmar plantea que en tiempos de incertidumbre, conducir una escuela no es solo gestionar, sino sostener, escuchar y construir colectivamente las condiciones para que enseñar y aprender siga siendo posible.
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