
Una vez más el Estado decidió ir a un escenario de cesación de pagos, ahora llamado reperfilamiento de la deuda. En forma unilateral, el Gobierno decidió cambiar las condiciones pactadas para los bonos que vencían este año bajo legislación nacional por un monto de USD 10.000 millones.
Paralelamente, el kirchnerismo quiere cobrarle un impuesto extraordinario a quienes entraron en el último blanqueo, propuesta de ley que los tributaristas consideran inconstitucional y el listado de violaciones a la propiedad continúa amparándose en la emergencia económica derivada del coronavirus. La realidad es que las violaciones a los derechos de propiedad y el incumplimiento de los contratos por parte del Estado no son nuevos en la Argentina.
El Plan Bonex de fines de 1989, el corralito sobre el cierre de 2001, el corralón y la pesificación asimétrica al comienzo de 2002, los 8 defaults acumulados en la historia económica, los reperfilamientos de deuda pública desde agosto 2019, son algunos de los ejemplos, al margen de las arbitrariedades en materia tributaria, que se repiten en la Argentina.
El monopolio de la fuerza que las personas le delegan al Estado es para que pueda hacer cumplir los fallos de los jueces en caso de controversia, sino la justicia quedaría en algo declamatorio. El juez dicta sentencia, pero nadie la cumpliría si el Estado no tuviera fuerza para hacerla cumplir. De manera que, si alguna explicación tiene, la existencia de un Estado es para velar por el derecho a la vida, la libertad y la propiedad y hacer cumplir los contratos entre las partes en caso de controversia.
Pero resulta que en la Argentina el Estado se ha transformado en el principal incumplidor de los contratos, de hacer incumplir los contratos entre particulares (pesificación asimétrica) y en violar los derechos de propiedad.
Algunos economistas muy respetados como personas y como profesionales suelen poner el acento en el riesgo país como una de las causas fundamentales de la decadencia del país. Pero ese indicador, que refleja la diferencia entre el rendimiento que paga un bono del Tesoro americano y el de uno similar de la Argentina, es el resultado de las cambiantes reglas de juego que impone el Estado y en las reiteradas confiscaciones de activos a las que suele recurrir para financiar el populismo.
Por eso hay que insistir en que el problema económico local es el emergente de la mala calidad institucional, la cual a su vez es función de los horribles valores que imperan en la sociedad que ha llevado en algunos casos a haber cambiado la cultura del trabajo por la cultura de la dádiva.
Tasa de rentabilidad esperada y tasa de interés
¿Cómo influye el índice de riesgo país en la economía? ¿Por qué las instituciones influyen en la economía de cada persona? Para entender este punto, lo primero que hay que tener claro es que alguien hace una inversión si se dan determinadas condiciones.
Hacer una inversión en una fábrica de salchichas, arriesgar el capital para ver si se venden, lidiar con los problemas de cobranza, laborales, impositivos, etc. requiere suponer que la rentabilidad esperada es igual o menor a la tasa de interés que se puede obtener por un depósito en un banco. Si se arriesga tanto capital es porque se espera ganar más en vez de apostar a la tasa de interés y hacer la plancha tomando sol en la playa.

¿Qué es la tasa de interés? No es el precio del dinero como comúnmente se cree, sino que tiene 4 componentes:
1) La renta esperada a cambio de no consumir en el presente y postergarlo a futuro. Es decir, por ahorrar y prestar ese ingreso no consumido a otra persona. Eso se denomina tasa de interés originaria;
2) Las expectativas inflacionarias. Si se cree que la tasa de inflación en 12 meses va a sumar 50% anual, cabe esperar que se pretenda una tasa de interés originaria más el 50% de inflación, porque al final del período se buscará mantener el poder de compra original;
3) El riesgo crediticio a quien se le presta el dinero; y
4) El riesgo institucional de que el Estado no confisque los ahorros o cambie las reglas de juego haciendo ruinoso un negocio que lucía rentable inicialmente.
En la medida que aumente el riesgo institucional, aumentará la tasa de interés, y a partir de ahí la tasa de rentabilidad prevista en un proyecto de inversión será cada vez mayor.
El valor de las instituciones
En definitiva, cuanto más alto el riesgo institucional (confiscaciones, defaults, aumentos impositivos, cambios en las reglas de juego, etc.) menor será la cantidad de proyectos de inversión que pueden superar la tasa de interés y, por lo tanto, menor el capital destinado a la inversión productiva.
Y con escasa inversión habrá escasa demanda de mano de obra, más desocupación y menos ingresos reales por la menor productividad de la economía. La alta pobreza y elevada desocupación se transforman en problemas estructurales en el país.
Por eso hay que insistir en que la larga decadencia de la Argentina no se revertirá tocando la tasa de interés, el tipo de cambio o cambiando este o aquél impuesto. La Argentina va a dejar de ser decadente el día que demuestre que tiene instituciones serias y confiables y para eso tienen que cambiar los valores que imperan en la sociedad. Es decir, no votando a los partidos políticos que prometen que la gente puede vivir sin trabajar o vivir eternamente del trabajo ajeno.

Lamentablemente, la Covid-19 vino a crear las condiciones para que se insista con medidas arbitrarias en nombre de la crisis sanitaria. En nombre de la solidaridad, se aceptan impuestos confiscatorios, defaults, precios máximos y todo lo que pone en riesgo los derechos de propiedad.
No nos equivoquemos, Argentina nunca va a salir de su larga decadencia con medidas solamente económicas. Esas medidas hacen falta. Pero primero habrá que entender que no es con gobiernos que se consideran con derechos a violar los contratos y los derechos de propiedad, como se va a salir adelante.
Y esos gobiernos llegan al poder porque, lamentablemente, una amplia mayoría de la población quiere que le quiten a otros el fruto de su trabajo para dárselos a ellos y vivir sin trabajar. Un país donde imperan esos valores, inevitablemente está condenado al fracaso.
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