
Antes de la derrota de River Plate y del triunfo de Boca Juniors en los partidos de ida de las semifinales de la Copa Libertadores contra Gremio y Palmeiras, Mauricio Macri dijo que prefería que la final no la disputen Boca vs. River: "¿Sabés la presión que sería eso? El que pierde va a tardar veinte años en recuperarse. Es una final que se juega mucho. Se juega demasiado … Yo creo que sería mejor que uno de los dos sea brasileño. Al que le toque. Pero así no tenemos esa final que nos quedamos de cama todos los hinchas de Boca y de River durante tres semanas".
¿Estará tan preocupado el Presidente por maximizar la productividad de la economía y evitar el ausentismo que hasta se permite arriesgarse a resignar uno de los éxitos que más placeres le ha dado en la vida? ¿Será que desde el lugar que ahora ocupa valora más la eventual superación de la profunda crisis que atraviesa su gobierno que un logro deportivo que ya experimentó varias veces? ¿Sacrificaría Macri una nueva Copa si un vidente le garantizara la reelección en 2019?
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Imposible saberlo, aunque no sería extraño que ante la disyuntiva de volver a saborear la gloria futbolística o reivindicarse políticamente en su primera gestión como Presidente, optaría por esta última.
Por supuesto que una cosa no tiene nada que ver con la otra. Más allá del pensamiento mágico y las supersticiones que rodean al fútbol, el resultado de la Libertadores en nada va a incidir de la elección presidencial, ni mucho menos Macri está habilitado para entregar una derrota deportiva a cambio de un éxito político.
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No obstante, en el ambiente futbolero que rodea a Macri abundan las analogías y metáforas con la política. Una que ha comenzado a circular asocia el fracaso de estos casi tres años de presidir el país con el mal desempeño que tuvo Boca en los primeros años de su gestión.
El fracaso que ha tenido hasta ahora como Presidente no requiere de memoria. Está presente en la vida cotidiana de la inmensa mayoría, en los datos oficiales del Indec y en lo que reflejan todas las encuestas. Pero no todos recuerdan que antes de hilvanar una de las rachas triunfales más destacadas de la historia del club y del fútbol argentino en general, Macri lideró varios traspiés.
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Su primera apuesta por Carlos Salvador Bilardo a comienzos de 1996 no funcionó como se esperaba, y lo mismo sucedió con la siguiente experiencia de Héctor Veira. Recién con la llegada de Carlos Bianchi en agosto de 1998 Boca conquistó dos títulos consecutivos de manera apabullante, con un campeonato invicto en el Apertura de 1998 y sumando con el Clausura de 1999 el récord de 40 partidos invicto. Y a partir de ahí las vitrinas se llenaron como nunca antes. En el primer decenio del siglo Boca ganó cinco torneos locales, dos copas Sudamericana, tres Libertadores y dos intercontinentales, marcando un inusual predominio.
Similitudes y razonamientos entre el fútbol y la política
La falacia contrafáctica inhibe de afirmar que Macri no hubiera hecho la veloz carrera triunfal que lo llevó primero hasta la Jefatura de Gobierno porteña y luego hasta el Sillón de Rivadavia sin antes haber ganado todo lo que ganó, y nada menos que con el club más popular del país. Pero a costa de incurrir en pecado metodológico y en análisis de apariencia superficial, no es osado trazar una cadena de eslabones vinculantes entre Bianchi y la derrota al kirchnerismo de 2015.
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Abusando de esas similitudes y razonamientos, ya han aparecido los que se entusiasman con que la historia se repita. Que estos primeros tres años de fracaso y aprendizaje sirvan para concretar un segundo mandato exitoso, que dicen, va a poder aprovechar las supuestas mejores condiciones en que quedaría la macroeconomía después de los dolorosísimos ajustes de los primeros cuatro años. Entre esas ventajas mencionan un tipo de cambio más competitivo, el sinceramiento de las tarifas, un menor desequilibrio en las cuentas fiscales y externas, la maduración de proyectos como Vaca Muerta, el litio y otros minerales, y todo lo que tiene para aportar los agronegocios.
Claro que para que eso ocurra Macri tiene que ganar la reelección, y a diferencia de lo que sucedió en 1999 cuando renovó la presidencia de Boca con el 84% de los votos, ahora no cuenta ni con Bianchi, ni con uno de los mejores planteles que se recuerdan: Córdoba, Bermúdez, Samuel, Ibarra, Serna, Riquelme, Palermo y Barros Schelotto, entre otros.
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Por pudor a lo que fue ese equipo, Macri nunca debió haber dicho que contaba en el gabinete nacional con el mejor equipo de los últimos 50 años. Tampoco Nicolás Dujovne o Marcos Peña alcanzan en este paralelismo la estatura de Bianchi.
Sin embargo, a pesar de la abismal diferencia entre la realidad de Macri como presidente de Boca y como presidente de la Argentina, no es imposible que así como renovó mandatos en el club en 1999 y 2003 en un clima victorioso, pueda resultar reelecto en 2019 a pesar de que en el cuatrienio habrá disminuido el Producto Bruto per cápita, subido la pobreza y aumentado el desempleo.
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Déficit fiscal cero y base monetaria cero
Esa alternativa tiene como requisito indispensable que Dujovne y Sandleris logren estabilizar el tipo de cambio, bajar sustancialmente la inflación y las tasas de interés, y frenar al menos la debacle productiva. Si lo consiguieran, es fácil imaginarlo a Macri salir al ruedo de la campaña presentándose como el piloto que ha atravesado la tormenta.
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Siempre que cumpliera ese requisito, su eventual reelección no dependería tanto de la fortaleza de su equipo ni de las expectativas que él pudiera generar, sino de que el adversario que se perfila hasta ahora dista mucho de parecer imbatible, incluso enfrentando a un oficialismo que no ha hecho un buen gobierno. Como ingeniosamente describe Martín Rodríguez, el macrismo supo y sabe explotar muy bien la idea de presentarse como la oposición de la oposición.
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