Por Julian Zocchi
"Esto era una guerra. Este espacio se ganó gracias a la lucha de las más grandes. Al principio, cuando venían a jugar, los hombres les tiraban piedras. ¿Entendés hasta donde llegaba el machismo? Pero gracias a esas mujeres que se plantaron y se la re bancaron hoy tenemos este espacio", dice María Sandoval. Habla con espíritu de cuerpo y con consciencia de género. Lo increíble es que apenas tiene 17 años. También es increíble cómo juega a la pelota: "Yo era chiquita, tenía pañales y ya jugaba. Iba a los cumpleaños y volvía con el vestido y las cancán destruidas". Es que María lleva el potrero en la piel. Un veterano hubiera dicho que gambetea como Garrincha o como el Loco Corbatta. Y los de ahora la compararían con Messi. Pero ella nos educa: "No, no… nosotras tenemos a nuestras referentes: Maca Sánchez, Yamila Rodríguez y Vanina Correa al arco. A esta revolución no la para nadie, amigo…", dice con sonrisa pícara y mucha convicción.
Es que para poder formar La Nuestra, el equipo de fútbol femenino de la Villa 31, primero hubo un grupo de mujeres que se animó a torcer la historia: "Llegamos acá el 6 de noviembre de 2007 para continuar con un grupo que había armado una entrenadora americana que se volvía a su país. Eran diez o doce chicas que jugaban en una cancha de tierra y cascotes, sin alambre ni pasto sintético. Fuimos generando confianza y se fueron sumando más compañeras. Lo fundamental era la convicción de pararnos en un derecho: el derecho a jugar", dice Mónica Santino, que es DT recibida, profesora de educación física, periodista y –al igual que sus compañeras– trabaja ad honorem en el proyecto.

-¿Qué les impedía pararse en ese derecho?
-El 90 por ciento de los espacios abiertos del barrio son canchas de fútbol, algo que las chicas tenían vedado porque se sobreentiende que las mujeres sólo estamos en el ámbito doméstico y privado y que no podían usar las canchas de fútbol. Por eso, lo primero que hizo ese grupo fue conquistar la cancha hace doce años.
-¿Y qué obstáculos encontraron antes de esa conquista?
-Los pibes que ocupaban la cancha. Y, si entrábamos a jugar nosotras, nos seguían tirando pelotazos a quemarropa. Alguna vez hubo un forcejeo, algún palo que voló y una pelea cuerpo a cuerpo. Cuando empezamos a ser más y más pibas se convencieron empezamos a ser más y ocupamos toda la cancha. Para las pibas fue levantar la cabeza, recuperar la dignidad. Y el cambio cultural es muy fuerte: hoy muchos hombres se quedan cuidando a los chicos cuando sus mujeres salen a jugar.
PELOTAS EMPODERADAS. Vista desde arriba, la Villa 31 es una gran colmena de casas que marea de solo pensarlo. En 72 hectáreas se levantan 10.532 viviendas donde, lejos de cualquier prejuicio de clase, viven cuarenta mil personas, lo que sería una familia tipo de 4 personas por hogar. El balcón de Alejandra Clavijo (17) tiene vista preferencial hacia la Cancha del barrio Güemes. Ale es morocha, mide cerca de un metro sesenta y tiene una sonrisa perfecta, súper blanca, contagiosa. De alguna manera, el fútbol ha sido la herramienta que le permitió saltar el cerco de la timidez: "Conozco a las pibas desde los ocho años y las miraba de acá arriba. Veía que eran cada vez más pero me daba miedo acercarme porque yo soy extranjera, nací en Bolivia. Le tenía mucho miedo a los prejuicios, más que nada por las barbaridades que me decían. Además, por esa época yo era gordita, no sabía jugar, tenía que enfrentar un mundo nuevo. Pero un día mi mamá y mi papá me dijeron: '¡Andá, animate! Cuando te conozcan vas a querer ir todos los días'. Entonces me armé de valor para bajar. Y, una vez que empecé a jugar a la pelota, ya no pude parar: se convirtió en una filosofía de vida. Mi primera entrenadora fue Juliana Román Lozano. Ella siempre estuvo con nosotros, me hizo sentir bien y me defendió cuando hacían chistes sobre mi nacionalidad, les hizo entender que esos comentarios no son agradables. Vivimos y superamos un montón de cosas, jugar a la pelota no es sólo un deporte, ya es parte de mí".

-La discriminación y el machismo siguen a la orden del día.
-Sí, pero aprendí a reírme de eso. Antes, en el cole, los chicos no me dejaban jugar, pensaban que me iban a tirar al diablo. Pero un día pude meterme en un partido y me planté: estaba en la defensa y, cuando vino un compañero a una dividida, lo saqué de la cancha de un cuerpazo. "¡Uhhhh, te tiró una nena!", se burlaban: "Sí, te tiré yo y va a seguir siendo así con el que se me cruce".
-¿Y qué significa salir al mundo desde este barrio?
-Para mi pertenecer al barrio es muy importante, siento que una persona que pasó por esto ve la vida de diferente forma. Aunque es cierto que se siente más la discriminación… y en mi caso, se me agregaba la etiqueta de villera. Al principio me ponía mal y me avergonzada, pero con el tiempo empecé a sentirme cada día mejor conmigo misma. Yo era la villera y boliviana, para los que podían estar afuera de la cancha, pero nunca me puse al nivel de los que trataban de degradarme. Y eso me hizo crecer.
"YA NADIE VA A SACARNOS". Hay una frase más vieja que el fútbol, "se juega como se vive", que acá, en la Villa 31 fue resignificada por las chicas del equipo. Hace unos años, la categoría 2002 de 'La Nuestra, Fútbol Femenino' se fue al entretiempo perdiendo por goleada frente a Junín. "Perdíamos cinco a cero y Juliana nos dijo: juguemos como defendimos los horarios, como nos plantamos contra los pibes. Somos unas guerreras, defendamos este partido, levantemos la cabeza, ya nada ni nadie nos va a tirar abajo. ¡Juguemos en la cancha como en la vida!", recuerda Ale Clavijo que ahora practica definición de la mano de la entrenadora en cuestión, Juliana Román Lozano.

Ahora son las siete y media de la tarde del primer jueves frío del año. Hasta hace un rato, la cancha estaba dividida en cuatro. Y ahora quedó lista para el partido de las más grandes. Ya sabemos lo que costó todo. Por eso, desde hace doce años las chicas tienen la premisa de ocupar el campo de punta a punta: "Para nosotras, entrenar acá es generar oportunidades, empoderarnos. A través de las transformaciones individuales se puede generar una transformación colectiva. Y una transformación también del barrio. Con el tiempo logramos ocupar esta cancha… al principio no nos dejaban jugar, nos amenazaban, y ahora tenemos cinco categorías. Hoy el barrio es un lugar seguro y posible para las chicas, un lugar para proyectarse porque todas las referentes somos mujeres: directoras técnicas, preparadoras físicas, kinesiólogas. Eso abre un universo posible…", nos dice Juliana Roman Lozano que es colombiana y vivió en Suecia durante su niñez. Allí conoció las posibilidades del fútbol femenino. Luego volvió a su país para sorprenderse con una cultura totalmente machista: "Me decían que era una machona, que tenía demasiados músculos para ser mujer, que me fuera a lavar los platos". Entonces fue así que eligió la Argentina, "la tierra del fútbol" en su imaginario, "aunque resultó ser la tierra del fútbol para unos pocos".
-¿Cuánto hay de político en esta lucha que encabezan?
-Y bueno, en mi historia, el fútbol ha sido mi herramienta de militancia. En Suecia vi que era posible que las chicas crecieran en igualdad de oportunidades, por eso tienen una de las mejores selecciones del mundo. Muchas de nosotras crecimos con lesiones porque no tuvimos posibilidad de entrenar y contamos con una musculatura despareja.

-¿Qué querés decir cuando hablás de un cuerpo descolonizado?
-Nuestra generación tiene cuerpos colonizados porque siempre nos dieron una muñeca o una cocinita. Hay otros cuerpos posibles: los cuerpos de las futbolistas son cuerpos empoderados, cuerpos ágiles, seguros y eso trasladado a la vida cotidiana le da otra manera de pararse a las pibas. Es una manera de superar la violencia de género. Ya todos somos iguales. Por eso decimos que nos paramos en la cancha como en la vida.
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