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Pablo Neruda, escritor chileno: “El mejor poeta es el panadero más próximo, que no se cree Dios, que cumple con su majestuosa y humilde faena de entregar el pan de cada día”

A más de medio siglo de su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura, un recorrido por el contexto de una frase que bajó al artista de su pedestal para devolverlo al barro y al oficio de la comunidad

Pablo Neruda, escritor chileno: “El mejor poeta es el panadero más próximo, que no se cree Dios, que cumple con su majestuosa y humilde faena de entregar el pan de cada día” (EFE/MTI/Archivo)
Pablo Neruda, escritor chileno: “El mejor poeta es el panadero más próximo, que no se cree Dios, que cumple con su majestuosa y humilde faena de entregar el pan de cada día” (EFE/MTI/Archivo)
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En el invierno sueco de 1971, el mundo literario miraba con atención a Estocolmo. Pablo Neruda, el gigante de las letras hispanas, el militante comunista, el diplomático y el eterno perseguido político, subía al estrado de la Academia Sueca para recibir el galardón máximo de las letras: el Premio Nobel de Literatura. Fue en ese entonces que dijo que “el mejor poeta es el panadero más próximo, que no se cree Dios, que cumple con su majestuosa y humilde faena de entregar el pan de cada día”.

En lugar de ofrecer una conferencia plagada de academicismos o de regodearse en la autorreferencia de una obra monumental que ya incluía hitos como Veinte poemas de amor y una canción desesperada o Residencia en la Tierra, el autor chileno decidió asestar un golpe definitivo al mito del intelectual iluminado. Con sus palabras no solo estaba regalando una bella metáfora; estaba dinamitando una de las discusiones estéticas más feroces de la literatura latinoamericana de vanguardia.

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“El poeta no es un pequeño dios”, comenzó el argumento. Luego de establecer la metáfora del panadero y de “su majestuosa y humilde faena”, Neruda dijo “si el poeta llega a alcanzar esa sencilla conciencia, podrá también la sencilla conciencia convertirse en parte de una colosal artesanía, de una construcción simple o complicada, que es la construcción de la sociedad, la transformación de las condiciones que rodean al hombre, la entrega de la mercadería: pan, verdad, vino, sueños”.

Para entender estas palabras hay que viajar unas décadas hacia atrás en la geografía chilena. Durante la primera mitad del siglo XX, su poesía estuvo marcada por una trinidad de genios irreconciliables: Pablo Neruda, Gabriela Mistral y Vicente Huidobro. Este último, padre del creacionismo, había dejado grabada a fuego una máxima en su célebre poema Arte poética (perteneciente al libro El espejo de agua de 1916): “El poeta es un pequeño Dios”. Durante años, esa idea dominó los cafés literarios.

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Algunos libros de Pablo Neruda, entre ellos su autobiografía publicada de forma póstuma "Confieso que he vivido"

Cuando Neruda subió al estrado en 1971, su país natal estaba inmerso en el experimento socialista de la Unidad Popular liderada por Salvador Allende. Para él, el arte ya no podía responder a las lógicas del elitismo burgués. Al contraponer la figura mística del “pequeño Dios” de Huidobro con la figura física y laboriosa del panadero de barrio, Neruda democratizó la creación. La tarea del poeta, vino a decir el Nobel, es tan física, tan necesaria y tan digna como amasar la harina para que otros se alimenten.

La frase encierra una tesis filosófica profunda sobre el rol del arte en el espacio público. ¿Para qué sirve la poesía si solo la entienden los poetas? El texto plantea que el valor de la escritura no reside en la pirotecnia verbal ni en el aplauso de los círculos de iniciados, sino en su capacidad de transformarse en un bien comunitario. El paralelismo con el panadero es exacto: el pan no se contempla en un museo, se comparte en la mesa, nutre el cuerpo y desaparece para volver a fabricarse al día siguiente.

Del mismo modo, la poesía de madurez de Neruda —especialmente la que consolidó en sus Odas elementales de 1954— buscaba ser un traje que abrigue, una herramienta que remueva la tierra, un alimento espiritual para el trabajador común. El panadero cumple su faena sin la pretensión de ser adorado; el poeta debería hacer lo mismo. Pero esta declaración no fue un rapto de modestia pasajera para quedar bien ante la realeza sueca; es la síntesis perfecta de la evolución ideológica y estética de su autor.

Si bien el joven Neruda comenzó su carrera explorando el aislamiento existencial y el romanticismo desgarrado, la Guerra Civil Española y el asesinato de su amigo Federico García Lorca lo empujaron hacia la calle. Su estética cambió tras la publicación de España en el corazón en 1937 y se consolidó en Canto General en 1950. A partir de ese quiebre, abjuró de la pureza artística. En su famoso manifiesto titulado Sobre una poesía sin pureza, ya exigía un lirismo “impregnado de sudor y de humo”.

El poeta chileno y Nobel de Literatura Pablo Neruda en París en octubre de 1971 (AP Foto/Michel Lipchitz, Archivo)
El poeta chileno y Nobel de Literatura Pablo Neruda en París en octubre de 1971 (AP Foto/Michel Lipchitz, Archivo)

Leída hoy, en plena era de las pantallas, la cita de Neruda adquiere una vigencia casi incómoda. En esta era de hiperindividualidad, donde los algoritmos premian la construcción del ego, el arte contemporáneo suele encerrarse en sí mismo, volviéndose inaccesible para las mayorías y priorizando la marca personal del autor por sobre la obra. El panadero de Neruda opera en la dirección opuesta: nos recuerda el valor del anonimato solidario, del trabajo bien hecho por el simple hecho de servir al prójimo.

¿Quién es Pablo Neruda?

Pablo Neruda, cuyo nombre real era Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, nació el 12 de julio de 1904 en Parral, Chile, y creció en el lluvioso sur de Temuco, un paisaje forestal que marcó profundamente su sensibilidad vegetal y marina a tal punto que solía decir que su patria era el mar. Considerado uno de los poetas más influyentes del siglo XX, combinó su arrolladora vocación literaria con una intensa vida como diplomático y político, llegando a ser senador por el Partido Comunista y precandidato presidencial.

A lo largo de su prolífica carrera, transitó desde el romanticismo juvenil de Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1924) y el vanguardismo hermético de Residencia en la Tierra (1933-1947), hasta la épica social latinoamericana de Canto General (1950) y la sencillez cotidiana de sus Odas elementales (1954). Esta monumental trayectoria y su compromiso con la palabra le valieron el máximo reconocimiento internacional al recibir el Premio Nobel de Literatura en 1971.

El célebre autor falleció el 23 de septiembre de 1973 en Santiago, apenas doce días después del sangriento golpe de Estado liderado por el general Augusto Pinochet que derrocó a su amigo íntimo, el presidente Salvador Allende. Aunque la dictadura chilena atribuyó inicialmente su deceso a un avanzado cáncer de próstata, investigaciones científicas y judiciales impulsadas en el siglo XXI revelaron la presencia de una bacteria letal en sus restos, confirmando que el poeta fue envenenado.

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