Christopher Nolan, el último director que llena salas de cine y genera debate intelectual al mismo tiempo

El director de ‘La Odisea’ convirtió un poema de casi tres mil años de antigüedad en una de las películas más populares del año. Un logro que potencia una filmografía marcada por la ambición y la originalidad

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Making of de "La Odisea", de Christopher Nolan

Christopher Nolan es el director que consiguió lo que pocos directores logran a lo largo de la historia del séptimo arte (sin temor a la comparación, como Spielberg, Scorsese o Peter Jackson): llevar la complejidad narrativa y la ambición formal del cine de autor al corazón del entretenimiento masivo, y hacerlo con resultados que superan en taquilla a la mayoría de las franquicias construidas sobre fórmulas probadas. Con trece largometrajes dirigidos y más de 6.400 millones de dólares acumulados en todo el mundo, Nolan ocupa una posición sin equivalente en el cine contemporáneo: la de un cineasta que se mueve con igual soltura en la tradición de los grandes autores del siglo XX —Kubrick, Lean, Hitchcock— y en los circuitos de distribución global de los “tanques” Su decimotercer film, La Odisea), protagonizado por Matt Damon y un elenco de estrellas del cine contemporáneo, abrió el 17 de julio con 264,1 millones de dólares en su primer fin de semana mundial, el mayor debut de su carrera. En Argentina, la consultora Ultracine registra una convocatoria de 378.634 espectadores entre el jueves 16 y el viernes 24 de julio.

Lo que distingue a Nolan de sus contemporáneos no es solo la escala de sus proyectos sino el modo en que los concibe. Su marca autoral arranca en la estructura misma del relato: las narrativas no lineales no son recursos estilísticos sino decisiones conceptuales que hacen que la forma sea consecuencia del contenido. En Memento (2000), la historia se cuenta simultáneamente hacia adelante y hacia atrás para que el espectador experimente desde adentro la desorientación de un protagonista con amnesia anterógrada. En Dunkerque (2017), tres líneas narrativas operan en escalas temporales distintas —una semana, un día, una hora— y convergen en un único clímax sin que el director pronuncie una sola palabra explicativa. En El origen (2010), los niveles de sueño no son un capricho fantástico sino la arquitectura que sostiene una reflexión sobre la naturaleza de la percepción y la memoria. “El público es más inteligente de lo que se cree”, repitió en distintas entrevistas a lo largo de su carrera, y su historial comercial funciona como demostración empírica de esa convicción.

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El tiempo es el tema central que atraviesa su obra con mayor persistencia, y también el material con el que trabaja de forma más literal. Para El origen, el compositor Hans Zimmer tomó “Non, je ne regrette rien” de Edith Piaf y la estiró hasta volverla casi irreconocible, construyendo desde esa manipulación sonora toda la arquitectura musical de la película protagonizada por Leonardo Di Caprio: la canción funciona como ancla temporal entre los distintos niveles de sueño, y su velocidad determina el ritmo de cada escena. En Dunkerque, Nolan y Zimmer recurrieron al Shepard Tone, una ilusión auditiva que genera la sensación de una tensión que asciende sin resolverse nunca. El sonido, en sus películas, no ilustra la imagen: la construye.

Christopher Nolan y La Odisea (NYT)
Nolan, en el centro de un grupo de extras con una cámara IMAX, durante el rodaje de 'La Odisea' (Foto: Melinda Sue Gordon / Universal Pictures / The New York Times)

La misma lógica rige su relación con la técnica visual. Nolan es uno de los últimos directores de su escala que rechaza el CGI (imágenes generadas por computadora, por sus siglas en inglés) como recurso dominante y que filma en celuloide cuando la industria entera migró al digital. En El origen, el pasillo que gira 360 grados fue un set físico construido y motorizado; en Oppenheimer (2023), la detonación de la primera bomba atómica se recreó sin imágenes digitales, con explosivos controlados capturados por cámaras de alta velocidad. “Ir a un barco real en un océano real y filmar a los actores en ese entorno crea una autenticidad fotográfica sobre la que los efectos visuales pueden construir, en lugar de fabricarla desde cero”, declaró al New York Times durante la producción de La Odisea. Su director de fotografía, Hoyte van Hoytema, colaborador desde Interstellar (2014), lo resumió con precisión: “Nos gusta pasar mucho tiempo en lugares reales, con cosas que sean tangibles frente a la cámara”.

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Oppenheimer concentra como ninguna otra película de su carrera esa tensión entre rigor intelectual y alcance popular. La biopic de tres horas sobre el padre de la bomba atómica, protagonizada por Cillian Murphy y estrenada en julio de 2023, recaudó 976,8 millones de dólares en todo el mundo —190 millones solo en salas IMAX— y se convirtió en el film biográfico más taquillero de la historia hasta ese momento, en el mayor éxito de la historia para una película con clasificación R en Estados Unidos -restringida para mayores de 17 años- tras Joker y Deadpool & Wolverine, y en la película bélica más vista de todos los tiempos, superando a Dunkerque. Ganó siete premios Oscar en la 96ª edición, incluidos “Mejor Película” y el primer “Mejor Director” de su carrera. Que una película sin superhéroes, sin franquicia previa y con una duración de 180 minutos dedicados a la física nuclear y la culpa moral se convirtiera en el tercer film más visto de 2023 es el dato que mejor define la anomalía que Nolan representa en la industria.

Su compromiso con el celuloide lo llevó a integrar la junta de The Film Foundation, la organización de preservación cinematográfica que preside Martin Scorsese. “La pasión, conocimiento y dedicación de Chris a la película es inigualable”, afirmó Scorsese al anunciar su incorporación. Pero quizás ningún dato ilustra mejor esa combinación de vanguardia técnica y apego a la tradición que lo que ocurrió durante la producción de La Odisea: es la primera película comercial filmada íntegramente con cámaras IMAX. Las cámaras solo pueden capturar alrededor de tres minutos de imagen antes de necesitar recarga, y durante décadas se consideraron demasiado ruidosas para escenas con diálogo. Nolan llamó a los ingenieros de IMAX después de terminar Oppenheimer y les pidió que desarrollaran un sistema de insonorización. El resultado fue una carcasa especial —una suerte de dirigible— que redujo el ruido de los equipos a costa de hacerlos aún más pesados. Así rodó una epopeya sobre el mar mediterráneo de la Antigüedad con el formato de mayor resolución jamás inventado, en barcos reales, en océanos reales, recargando cada tres minutos. Consideró que no había otra manera de hacerlo bien. El resultado, aquí y ahora, en las mejores salas.

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