
“Parece una ley: todo lo que se pudre forma una familia”, escribió Fabián Casas. El poema se llama “Hace algún tiempo” y está en el libro Tuca de 1990. Un médico agarra una familia y hace una historia clínica, un historiador agarra una familia y hace un árbol genealógico, un escritor agarra una familia y la destruye. En el buen sentido: la desarma, la disecciona, la interroga hasta que cada uno de sus miembros diga lo que tenga que decir, hasta que cada uno de sus miembros explique por qué, pese a todo, sigue ahí.

La metamorfosis
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Las conexiones secretas
Pablo Aranda empezó a leer a Ricardo Zelarayán “buscando sin saber qué”. Parece un lugar común pero no lo es, de hecho así funcionan estas cosas. Me refiero a las conexiones secretas. De pronto, este Licenciado en Letras estaba en la Biblioteca Pedagógica y Popular Domingo F. Sarmiento de Santa Fe con un libro completamente ajeno “a los programas de Literatura Argentina” que había estudiado. Estaba leyendo La piel de caballo, de 1986, que empieza así: “¡¡¡Agárrenme que lo mato!!!”
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Zelarayán mi abuelo mezcla crónica personal, diario de lectura y poesía en prosa, y lo primero que cuenta son los efectos de una especie de transmigración, pero no de cuerpo a cuerpo, sino de cuerpo a libro: “Aparece la voz de mi abuelo cuando leo a Zelarayán”. Una vez establecida esa conexión, quiso recorrer los lugares donde transcurren las novelas. Fue así que un día, en San Cristóbal, vio a su abuelo “bajando de su bicicleta de carrera, con los broches en la parte de abajo del pantalón para no ensuciarlos”.
“Até a RZ con mi abuelo materno desde lo oral, porque con ocho o nueve años me sentaba en uno de esos sillones a tiras que estaban en el patio de su casa y me disponía a escucharlo, seducido por las palabras y frases que salían de su boca. Mi abuelo contaba historias de la Pulguita Renga o cantaba de principio a fin el Martín Fierro, el Santos Vega, el Fausto criollo y otros. Las horas se me pasaban escuchándolo. No sabía, en ese momento, que se trataba de libros y me llevó varios años descubrirlo”, escribe.
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Este libro, publicado el año pasado por Ediciones La Yunta, nos lleva al lugar donde confluyen lo extraño y lo familiar. No en el sentido de lo ominoso en la psicología, donde lo familiar se vuelve siniestro, sino en un movimiento en la dirección opuesta: aquello que parece distante, exótico y remoto la literatura lo acerca, lo acoge, lo vuelve próximo, te lo pone en la cara. Alguno podría llamarlo empatía. No, es otra cosa. Un efecto que no moraliza, tampoco reduce ni etiqueta. Como tener un planeta en la mano.
¿Por qué un autor tan extraño y lejano se vuelve parte de la familia? ¿Por qué la lectura penetra tanto en la intimidad? ¿O acaso Borges no es el abuelo ingenioso, Cortázar el tío viajero, Casas el vecino fumón, Vicente Luy el primo suicida? La literatura tiene esa conexión secreta, una secuencia universal. Escribe Aranda sobre Zelarayán: “Un excéntrico, un distinto, un raro, un cultor de la amistad, un gran conversador, eso fue mi viejo, dijo Margarita y yo pensé que estaba hablando de mi abuelo”.
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Sin misterios y sin glaciar
En 1976 el historiador Carroll Quigley dio una conferencia en la Universidad de Georgetown, Washington DC, titulada El Estado de los Individuos, donde habló de la importancia de mantener la comunidad. El mundo estaba cambiando muy rápido, las grandes ciudades se comían a los barrios y a los pueblos dejando “individuos atomizados” que estaban tan solos que “en lugar de necesitar a otras personas, necesitan una dosis de heroína”. Para Quigley una comunidad es “una gran familia”.
Hace dos años falleció Donato Mustafá, poeta chivilcoyano que escribió más de quince libros. En 2009 publicó uno titulado, simplemente, Mi ciudad, donde narró líricamente su comunidad. Es un recorrido cromático, en principio, porque muchos poemas se construyen a partir de un color: el verde de las plazas, el gris de los días nubosos, el negro de “las ideas que tortura nuestra razón. También hay un recorrido geográfico barrio a barrio donde, después de cada poema, aparece un fragmento del mapa.
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Algarabía y júbilo tiene la Chivilcoy de Mustafá, pero también es una ciudad que se construye por lo que no es. No es Roma, Nueva York, ni Marsella, escribe. Tampoco Pekín, Tokio ni Medellín. Una ciudad “sin misterios y sin glaciar”, dice. “Mi ciudad no tiene montañas / pero yo la quiero igual”, escribe. En su relato, Chivilcoy es colorida, pintoresca, eclética, pero también es monótona, nostálgica, cerrada. Como toda comunidad, tras la barrera a la voracidad, Chivilcoy zamba en sus bemoles.

El último poema es el mejor del libro. Se llama “La canillita”. “La señora que vende diarios / va triste pregonando / diarios, diarios, diarios”, empieza. “Horror en Nueva York / por la caída de un avión / y piensa: horror de mi vida / sin retorno, / de mi vida sin amor”, continúa. El personaje de Rosita, así se llama la canillita, es la ventana al afuera de esa comunidad, a la tragedia del mundo, que hace espejo con la cotidianeidad del adentro, de la ciudad, sus tristezas, al grito de “diarios, diarios, diarios”.
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Rosita existió. El libro está dedicado a ella: “Para la señora Rosa Viola”. Murió hace unos años. Todos la recuerdan vendiendo diarios y revistas en la calle Pellegrini. Alcanza con nombrarla para que aparezcan las historias, las buenas, las malas, todas. Así es la vida en la comunidad, en la “gran familia” de Quigley. A primera vista, la ciudad que narra Mustafá simpática, incluso turística, pero en una lectura más atenta aparecen los otros trazos, pincelazos del realismo que las familias ocultan. Por eso, la literatura.
Un miembro de la familia
“A pesar de su triste y repugnante forma actual, era un miembro de la familia”. Gregorio Samsa, sí: el protagonista de La metamorfosis de la novela corta que escribió Franz Kafka en 1912: el laborioso hombre que una mañana, “después de un sueño intranquilo”, amaneció convertido en un “insecto monstruoso”. Ya es un clásico. Y lo es por la forma tan natural de narrar una tragedia íntima y universal, el momento de extrañamiento letal que acontece en las familias, el horror en el amor.
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La historia es conocida: Gregorio se vuelve un insecto horrible y la familia no sabe qué hacer con él. Falta al trabajo, pero el gerente va a buscarlo a la casa, a preguntar por qué había faltado. De pronto, todo se desmorona. El centro de esa comunidad, cae, se vuelve inútil, improductivo, un peso, un problema. Un problema que tiene que se resuelto, un asunto que debe terminarse. “¿Quién en esta familia, agotada por el trabajo y rendida de cansancio, iba a tener más tiempo del necesario para ocuparse de Gregorio?”
Kafka escribió este texto de un tirón, en tres semanas, entre noviembre y diciembre de 1912. Tres años después salió, primero, en la revista alemana Die Weißen Blätter, y después, en formato de libro. Lo primero que le dijo el editor es que querían que la tapa tenga un bicho enorme. ¡Eso de ninguna manera, por favor!“, le respondió Kafka en una carta. Quería que sea la propia la literatura —esto es: la imaginación singular de cada lector moldeada por las palabras del autor— la que construya todo.
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