
Si me preguntan, digo que soy más argentina que el Obelisco. Soy argentina, fuera del país me reconocen en la calle otros argentinos, yo los reconozco a ellos. Kolesnicov, me llamo. Patricia Kolesnicov: no es un apellido diaguita. Ni coya. Ni guaraní. Ni, bueno, español.
Hace un tiempo, con compañeros periodistas teníamos una regla: si aparecía en algún cable que venía del extranjero un apellido como el mío y un nombre en castellano, había que sospechar que ahí había un argentino. Acertamos varias veces.
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Soy argentinísima y, en las fiestas, cocino pastrón con arroz turco. El pastrón es una delicia de los judíos de Europa del Este. El arroz turco es lo que acá conocemos como “pilav” y es oriental: porque soy argentina, judía y en parte de Europa del Este pero allá atrás hay también bisabuelos turcos. Se mezclaron en Buenos Aires, claro.
Dicho esto: por el pasillo llegan otros olores. Mi vecina, de familia italiana, nos mata con la salsa. Pero, ¿qué otros apellidos tiene detrás, cuántas historias? Si mi mezcla fueron judíos rusos y turcos, ¿cómo fue la de mi vecina?
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Pienso apellidos argentinos: Pueyrredón, Menem, Quispe, Sato, Sturzenegger, Rossi, Tavares, O’Donnell, García, Kim, Kicillof, Mamani., Pien, Ndiaye. ¿Sigo? ¿Cuál es menos argentino? En este país, los apellidos tienen fecha de llegada: tarde o temprano, a nadie le llaman la atención.
Soy argentinísima y voy a lo de mi argentinísima amiga Sánchez que hace.. bagna cauda. En el supermercado chino de la otra cuadra me atiende una verdulera de Cochabamba -Bolivia- y mientras las dos compramos tomates, hablo con otro vecino, un joven coreano, que acaba de apoyar en el suelo su bolsa de carbón: habrá asado el día del partido, me dice. Y hay que prepararse. Frente al televisor, mi compañera de facultad de apellido francés insulta de una manera que hubiera puesto colorada a mi abuela. Y no en francés, justamente.
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Entre aproximadamente 1870 y 1914 llegaron a la Argentina unos 5,9 millones de inmigrantes, de los cuales más de la mitad se radicó definitivamente. En el censo de 1914, casi el 30% de la población había nacido en el extranjero, una de las proporciones más altas del mundo. En la ciudad de Buenos Aires, los extranjeros rondaban el 50 %.
No fue casualidad todo esto: en el plan de Juan Bautista Alberdi, cuando se estaba imaginando el país en el siglo XIX, decía claro “Gobernar es poblar”. Él no pensaba, sin embargo, en poblar a mansalva, era selectivo: “Poblar es civilizar cuando se puebla con gente civilizada, es decir, con pobladores de la Europa civilizada . ( . . .) Pero poblar no es civilizar, sino embrutecer, cuando se puebla con chinos y con indios de Asia y con negros de África” . Por eso la Constitución nacional sigue teniendo, en su artículo 25, una directiva: favorecer la inmigración europea.
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Mala suerte, Alberdi. Vinimos, de todos lados. Vinimos los pobres, los perseguidos, los que nadie quería, aquellos a quienes la Revolución Industrial había dejado sin trabajo, aquellos que escapamos de los pogroms, aquellos que huimos de la guerra, aquellos a quienes el ejército entró a buscarnos a casa, aquellos que buscábamos una vida mejor porque la que teníamos no estaba bien. Nadie se va a vivir a otro país si nada en la libertad, la seguridad y la abundancia., Nadie se va a otro lugar del mundo por pasear, nadie deja su casa, su forma de hablar, nadie se va a jugar de visitante por los lindos paisajes: ni en el siglo XIX ni ahora.
Ahora, digo, que vinieron tantos venezolanos, que endulzan el español rioplatense con su castellano, que hacen que las arepas -¿y los tequeños?- se empiecen a hacer un lugar en los menúes porteños. Sus apellidos suelen ser españoles: en las listas no se ven.
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Durante el Mundial, se nos dijo “racistas”. Por favor: los negros que llegaron como esclavos -los trajeron aquellos europeos, ¿no?- perdieron sus apellidos, en general, y fueron bautizados como sus amos. Algunos fueron a la guerra de la Triple Alianza como soldados, algunos murieron en la fiebre amarilla porque vivían en los barrios pobres donde la epidemia pegó más fuerte. Spoiler: nadie sale rico de la esclavitud. ¿Dónde están? Las historias familiares -y las caras que nos cruzamos en las calles- muestran una historia que quedó escondida tras el relato de la argentina blanca: nos mezclamos, otra vez. Y, también la ola migratoria enorme, de Europa. No la Europa que quería Alberdi, pero la tez más o menos clara.
A principios de siglo llegaron también los japoneses. Y los caboverdianos. En los 70 y 80, chinos y coreanos. Más africanos vinieron desde los 90: de Senegal, de Ghana, de Nigeria. Sus apellidos todavía “se ven”, mientras que Messi, Menem, Mac Allister ya se perciben, simplemente, como argentinos. Algunos apellidos todavía nos llaman la atención. Otros dejaron de hacerlo. Quizá dentro de cincuenta años ocurra lo mismo con Kim o Ndiaye. Y, junto a los apellidos de quienes llegaron, siguen estando los de quienes nunca tuvieron que llegar: Quispe, Mamani, Catrileo. Porque la historia argentina no empezó con los barcos.
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Basta recorrer una guía telefónica —o, hoy, un padrón electoral o una red social— para leer una historia de la Argentina. Los apellidos cuentan la conquista española, la supervivencia de pueblos originarios como los mapuches y los andinos, la gran inmigración italiana y española de fines del siglo XIX, la llegada de judíos, sirio-libaneses, armenios y galeses, las corrientes japonesas, coreanas y chinas del siglo XX y las migraciones africanas y latinoamericanas más recientes. Pero también cuentan silencios: los apellidos africanos que la esclavitud borró y muchos apellidos indígenas que fueron reemplazados por otros, castellanos. Más que un catálogo de orígenes, el mapa de los apellidos argentinos es una síntesis de cinco siglos de conquistas, migraciones, mezclas e integraciones.
Al final, “Kolesnicov”, no habla tanto sobre mí como sobre un camino que, también, es la historia del mundo. No se castellanizó, no hizo falta ni me obligaron. Si alguien me pregunta un nombre argentino, le doy este: Patricia Kolesnicov. Y sí, el pastrón queda espectacular con tapa de asado: la mezcla también es argentina.
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