
Hay momentos en la historia cultural de un país donde una simple frase funciona como un bisturí. Corría septiembre de 1970. La revista Gente —el termómetro gráfico de la clase media y alta argentina— publicaba una extensa entrevista a Beatriz Guido. Por entonces, “la Guido” era una de las escritoras más leídas del país, una mujer que habitaba con la misma naturalidad los salones de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) que los sets de filmación de su marido, el director Leopoldo Torre Nilsson.
En medio de una charla que recorría la moral burguesa, el hippismo y la juventud, el periodista Guillermo Zorraquín lanzó una pregunta incómoda: ¿Qué piensa del fútbol? Beatriz Guido empezó confesándose “tremendamente populista”, y siguió: “El fútbol es ‘hacer de cultura’, nada me conmueve más que pensar que tal día la bandera argentina va a estar enarbolada por un campeonato internacional (...) El hincha, considero que es un hombre que está haciendo cultura: creo en la realización de las masas”.
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“Cuando era muy elemental mi creencia política, creía que el fútbol era el opio del pueblo, ahora pienso todo lo contrario. Los filósofos verán los nuevos implementos que han aparecido en el deporte, como el satélite. Desde que aparece el satélite ya no es opio, es cultura de masas (...) El fútbol no es opio, de ninguna manera. Es muy distinto a la religión, porque la religión maneja elementos matafísicos que pueden llevar a un oscurantismo ideológico-social”. El fútbol puede ser liberación”, agregó.
Para entender el impacto de esa declaración, es obligatorio reconstruir el territorio mental de 1970. La intelectualidad argentina de la época, tironeada entre el elitismo liberal y el compromiso de la izquierda tradicional, coincidía casi unánimemente en un dogma: el fútbol era una distracción alienante. Se lo acusaba, bajo el prisma de la sociología de izquierda, de ser un instrumento de adormecimiento social, una tesis condensada en la famosa relectura marxista del “opio de los pueblos”.
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Sin embargo, Beatriz Guido —acusada tantas veces de frívola o “tilinga” por sus detractores debido a su origen de clase alta y su declarado antiperonismo— pateó el tablero de la solemnidad. Al unir de un plumazo dos conceptos que la intelectualidad de la época consideraba irreconciliables —“fútbol” y “cultura”—, la escritora desarmó el prejuicio de que la alta cultura solo pertenecía a las bibliotecas o a los museos, también estaba en una tribuna, en un grito de gol, en el amor por la camiseta.
¿Cuánto de esta frase resume el pensamiento general de Beatriz Guido? La respuesta es: casi todo. Su literatura siempre se construyó sobre la base de la tensión y la contradicción. Novelas como La casa del ángel (1954), La caída (1956) o Fin de fiesta (1958) indagan de manera implacable en la decadencia, la culpa y la hipocresía de la burguesía argentina. Guido conocía ese mundo, pero su genialidad consistía en usar su literatura como un espejo deformante que incomodaba a sus propios lectores.
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La declaración sobre el fútbol demuestra que su mirada sobre la sociedad era mucho más compleja que cualquier etiqueta política. Aunque fue una antiperonista visceral, en el plano estético poseía una sensibilidad única para captar lo popular. Entendía que la cultura argentina no se podía explicar sin su desmesura, sin su teatralidad. Al igual que en las películas que guionó para Leopoldo Torre Nilsson, Guido sabía que las grandes historias de este país se dirimen en la calle y en las pasiones colectivas.
A más de medio siglo de aquella entrevista en la revista Gente, la frase unificada de Guido cobra una vigencia asombrosa. Vivimos en un presente donde las fronteras de la cultura se han diluido por completo; hoy los estudios culturales y la academia analizan el fútbol como un fenómeno identitario central, y fenómenos cinematográficos o literarios conviven con la pasión tribunera en las redes sociales. Beatriz Guido se adelantó a su tiempo al defender el derecho de las mayorías a construir su propia mística.
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¿Quién es Beatriz Guido?
Beatriz Guido fue una de las escritoras, novelistas y guionistas más influyentes de la literatura y el cine argentino del siglo XX. Nacida en Rosario, provincia de Santa Fe, el 13 de diciembre de 1922, era hija del célebre arquitecto rosarino Ángel Guido y de la actriz uruguaya Berta Eirin. Formó parte de la renombrada Generación del 55 y cosechó un éxito editorial sin precedentes para las mujeres de su época, integrando una mítica trilogía de best-sellers femeninos junto a Silvina Bullrich y Marta Lynch.
En el plano personal y profesional, constituyó una de las duplas creativas más célebres de la cultura nacional junto a su esposo, el aclamado director de cine Leopoldo Torre Nilsson, para quien escribió los guiones de sus películas más memorables, adaptando muchas de sus propias novelas. Entre sus libros fundamentales están La casa del ángel (1954), La caída (1956), Fin de fiesta (1958) y El incendio y las vísperas (1964).
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Firme en sus convicciones políticas, mantuvo una postura marcadamente antiperonista y sufrió la censura de la última dictadura militar en largometrajes como Piedra libre (1976). Con el advenimiento de la democracia en 1983, el presidente Raúl Alfonsín la designó agregada cultural de la Embajada Argentina en España. Beatriz Guido falleció en Madrid el 4 de marzo de 1988 debido a un paro cardiorrespiratorio, dejando un legado artístico imborrable que unió para siempre las letras con el lenguaje cinematográfico.
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