Juan Bautista Alberdi, pensador argentino: “La libertad es una máquina que, como el vapor, requiere maquinistas ingleses de origen”

Cien años antes de que la sociología moderna intentara explicar los procesos de modernización periférica, este intelectual y prócer nacido en Tucumán advirtió que las leyes escritas eran letra muerta si faltaba el combustible humano para ponerlas en marcha

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Daguerrotipo de Juan Bautista Alberdi (foto: Wikipedia/William George Helsby)
Daguerrotipo de Juan Bautista Alberdi (foto: Wikipedia/William George Helsby)

La frase suena hoy políticamente incorrecta, casi escandalosa para los oídos del siglo XXI. Sin embargo, encierra el núcleo duro del pensamiento de uno de los intelectuales más brillantes y pragmáticos que parió el suelo americano. Cuando Juan Bautista Alberdi escribió que la libertad requería “maquinistas ingleses de origen”, no estaba firmando un acta de sumisión colonial, sino un manual de instrucciones de ingeniería social. Corría el año 1852. ¿Qué pasaba entonces en este suelo bendito?

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Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina

Por Juan Bautista Alberdi

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La Argentina, recién librada de la larga sombra de Juan Manuel de Rosas, era un desierto institucional que necesitaba, con urgencia, transformarse en una nación moderna. Cuando Alberdi, exiliado en Valparaíso, Chile, se enteró de la caída del régimen rosista en la batalla de Caseros, no armó las valijas para volver, sino que se sentó a escribir febrilmente. El resultado de ese rapto de lucidez fue Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina.

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Las Bases... de Alberdi funcionarían como la matriz intelectual de la Constitución Nacional de 1853 porque señalaban que el principal problema del país no era la falta de ideales libertarios —las revoluciones de la década de 1810 ya habían gastado ríos de tinta en proclamas emancipadoras— sino la carencia de hábitos prácticos para sostener esos ideales. La libertad, para el autor, no era un don divino ni una declaración poética: era una tecnología compleja. Por eso, esa gran frase resume su ideario.

El uso de la palabra “máquina” y la referencia al “vapor” no son casuales. Alberdi escribe en el apogeo de la Revolución Industrial. Admira el despliegue técnico de Inglaterra y el vigor expansivo de los Estados Unidos. Para él, estos pueblos no eran superiores por una cuestión racial biológica —un sesgo habitual en la época— sino por su cultura del trabajo, su respeto religioso por la ley escrita y su capacidad de transformación material. En ese sentido, la tesis albertiana es pragmática.

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"Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina", publicado en mayo de 1852

El hábito de la libertad y de la industria, explicaba, no se enseña en las aulas repitiendo textos de Jean-Jacques Rousseau o de Montesquieu. Se aprende por contagio, por imitación. Es lo que él denominó la “educación de las cosas”. Traer inmigrantes anglosajones y del norte de Europa no era solo poblar el vacío demográfico; era importar “maquinistas”, operarios que supieran cómo manejar los engranajes del capitalismo moderno, el comercio libre y las instituciones republicanas.

Esta polémica frase resume de manera perfecta la máxima más famosa de su autor: “Gobernar es poblar”. Pero poblar con un sentido calificado. En las páginas de las Bases..., Alberdi argumenta que la herencia hispánica en América Latina había dejado una matriz de ocio, burocracia y autoritarismo. Para romper ese círculo vicioso, era necesario un shock demográfico y cultural. Una constitución democrática era necesaria, pero la libertad política requería de la libertad económica, es decir, producir riqueza.

La importancia histórica de Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina, publicada en mayo de 1852, es incalculable. Mientras que hombres como Domingo Faustino Sarmiento —con quien Alberdi mantendría polémicas feroces en textos como Las Cien y Una y Cartas Quillotanas— apostaban todas sus fichas a la educación formal y escolar, el tucumano priorizaba el desarrollo económico y la inmigración laboral como motores del cambio cultural.

A la distancia, el “maquinista inglés” de Alberdi opera como una metáfora del eterno dilema argentino: la tensión entre las leyes ideales que escribimos en los papeles y la realidad de los hombres concretos que deben ejecutarlas. La tensión entre teoría y práctica. Al final del día, el viejo sabio de la Generación del 37 nos sigue recordando que la democracia y el progreso material no funcionan en piloto automático. Requieren, siempre, de alguien que conozca el oficio de encender la caldera.

Juan Bautista Alberdi nació en San Miguel de Tucumán el 29 de agosto de 1810, en el seno de una familia de la elite criolla, y falleció en el exilio en Neuilly-sur-Seine, Francia, el 19 de junio de 1884
Juan Bautista Alberdi nació en San Miguel de Tucumán el 29 de agosto de 1810, en el seno de una familia de la elite criolla, y falleció en el exilio en Neuilly-sur-Seine, Francia, el 19 de junio de 1884

¿Quién es Juan Bautista Alberdi?

Juan Bautista Alberdi nació en San Miguel de Tucumán el 29 de agosto de 1810, en el seno de una familia de la elite criolla, y falleció en el exilio en Neuilly-sur-Seine, Francia, el 19 de junio de 1884. Tras mudarse a Buenos Aires, se formó en el Colegio de Ciencias Morales y luego se doctoró en Leyes, convirtiéndose en una de las mentes más brillantes de la Generación del 37, aquel grupo de jóvenes intelectuales románticos que buscaba superar la grieta entre unitarios y federales.

Su firme oposición al régimen de Juan Manuel de Rosas lo obligó a un largo destierro que abarcó ciudades como Montevideo, París y Valparaíso. A lo largo de su vida, su salud fue frágil y su personalidad, introspectiva; nunca se casó, y pasó sus últimos años sumido en el aislamiento y la nostalgia por la patria a la que tanto había aportado desde la distancia. Su producción intelectual combinó el derecho, la sátira política, la música y el periodismo de combate. En ese sentido fue un autor todo terreno.

Más allá de su obra cumbre, Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina, legó títulos fundamentales como El fragmento preliminar al estudio del derecho (1837), donde introdujo el historicismo jurídico en el Río de la Plata, y la sátira teatral El gigante Amapolas (1842). Durante la guerra de la Triple Alianza, su profundo pacifismo y su mirada americanista quedaron plasmados en el polémico volumen El crimen de la guerra, publicado de manera póstuma.

El 19 de junio de 1884, en la apacible frialdad de una clínica en Neuilly-sur-Seine, en las afueras de París, se apagó su vida. Aquel hombre que había diseñado la arquitectura jurídica y el horizonte de progreso de la República Argentina murió a los 73 años, sumido en una profunda soledad, quebrado económicamente y con el cuerpo devastado por las secuelas de un accidente cerebrovascular. Lejos de su patria, dejó este mundo marcando el cierre de una existencia brillante pero incomprendida.

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