
Dicen que María Kodama estaba indignada. Cuando, en 2014, le preguntaron qué pensaban de la tumba vecina a la de su marido, Jorge Luis Borges, pidió que ni le hablaran de eso. Es que ahí nomás de la famosa lápida de Borges hay otra que llama la atención de quienes visitan el espléndido cementerio de Plainpalais, en Ginebra. Dice, simplemente: Grisélidis Réal. Escritora. Pintora. Prostituta.
Nada de eso es una forma de decir. En la mesa más visible de Payot, una de las librerías más prestigiosas de Ginebra, hay libros de ella. Hay libros de poesía y un catálogo de sus pinturas.
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“Enterrarme desnuda / Como he venido / Al mundo fuera del vientre / De mi madre desconocida”, escribió en el poema Muerte de una puta, que se puede leer en la antología La catedral interior. Pero no era desconocida su madre: quizás hubiera sido mejor que lo fuera.

Grisélidis había nacido en 1929 en Lausana, Suiza. Creció en Egipto porque el papá dirigía allí la escuela suiza. Pero cuando la nena tenía 9 años el hombre murió y la mamá -quizás por miedo- se puso dura con sus tres hijas. Con conductas que hoy se leen como abuso: las ponía en la cama, les abría las piernas y se fijaba si alguna tenía la vulva roja. Si era así, las castigaba. A la que le iba peor era a Grisélidis.
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A los 20 años, la chica vivía en Ginebra y se casó. Tres años más tarde tuvo un hijo, sufrió violencia, se separó, tuvo una nena con otro hombre, después dos varones más. Perdió la tenencia de los chicos, la recuperó de manera ilegal: se los llevó del hogar donde estaban internados, conoció a un hombre negro y esquizofrénico, lo sacó de un instituto psiquiátrico y huyó con todos ellos a Alemania. Un arranque que tal vez no hubiera disgustado a Borges, admirador y amante del coraje.
En Alemania intentó sobrevivir como pintora. Pero la plata no alcanzaba y, hacia 1961, empezó a prostituirse. No quedaba otra, tenía que comer, dijo mucho después.
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Y escribiría: “Lejos de ser un placer es más bien una tortura, la demolición del alma y del cuerpo. Cada mañana, al amanecer, cuando me acuesto, agotada, me parece que un rebaño de puercos me pasó por encima, que me pisotearon, magullaron, babeado encima, escupido en mi cara, en mis ojos, en mis orejas, en mi boca. Es una sensación de humillación y de horror que me empujaría, más allá de la náusea, hasta la muerte. Si me dejara llevar podría fácilmente, muy fácilmente, matar. Ves, no estoy hecha para esto, y si no tuviera niños, robaría, mendigaría más bien”.

Todo esto lo contará en la novela autobiográfica El negro es un color. Pintar, escribir, prostituirse, criar a los hijos. Ir presa: en 1963 va presa con la acusación de venderles drogas a los soldados estadounidenses. Estuvo presa y escribió -siempre escribió- un diario que tituló Todavía estoy viva.
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Volvió a Ginebra, al barrio de Paquis, hoy lleno de restaurantcitos del Líbano, de Teherán, de la China, lleno de vida, cerca del lago, por el que es grato caminar. Colgó en la puerta un cartel: Solange-Cortesana. Empezó a vivir la prostitución como una causa. Creó el Centro Internacional de Documentación sobre la Prostitución.
“Creo que Grisélidis estaba loca” le dijo su hijo Igor a la periodista René Kantor. “Grisélidis es alguien por quien yo tengo un enorme respeto. Estoy muy orgulloso de mi madre, del ser humano que ha sido”.
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Sin embargo, el hombre también contó que había sido duro crecer con una militante de la prostitución cuando “nosotros sólo queríamos una mamá”.

Hay algo conmovedor, brutal, en la forma en que Grisélidis habló de sus hijos, del hombre que estaba a su lado y de la prostitución.
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En un poema dedicado a Bill, en 1961, dice:
Estoy bajo el poder de un monstruo
Con un corazón duro de granito
Por la noche me envía sola
A bailar en las discotecas
Envuelta en la luz roja
Me siento a beber whisky
Rodeada de imbéciles
Y hago de puta para alimentar a mis hijos.

Les escribe a las otras mujeres:
Te doy mi cuerpo por tu dinero sucio/ Soy joven como un astro y brillo/ Eres viejo y te pareces a una bestia... Cuando acaricio tu cuerpo/ Siento enormes garras que quieren destrozarte/ Y en mis pensamientos estrangulo tu cuello grueso y viscoso./ ¿Oh, me das pena! Te dije tantas mentiras.
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Y dos años más tarde desafía:
Siempre me mantengo firme
Sobre una alta montaña
Esa es la mujer que en otro libro, Carnet de baile de una cortesana, dirá que la prostitución es “un arte, un humanismo y una ciencia”. Y que en 1977 sostendría que “la prostitución es un acto revolucionario”. La película Prostitution de Jean-François Davy, realizada en su casa entre 1975 y 1976, retrata tanto su historia personal como su compromiso con el activismo.
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Esa militancia la alejó unos años de la poesía. Pero volvería a ella cuando, en 2002, le diagnosticaran un cáncer.
Grisélidis murió en 2005 en Ginebra y la enterraron en el cementerio de Petit-Saconnex. Cuatro años más tarde, no sin polémica, fue trasladada al cementerio de Plainpalais, un lugar exclusivo, reservado a figuras destacadas que contribuyeron al prestigio de la ciudad. Su lápida, redonda, fue diseñada por el escultor Jo Fontaine y simboliza de manera abstracta un bajo vientre femenino: antes el artista había presentado otro diseño, que fue considerado demasiado explícito y rechazado. Pero la familia no desistió sino que, al contrario, lanzó una suscripción pública para financiar la obra: si muchos la apoyaban era más difícil de rechazar.
Finalmente, ahí están Grisélidis y su lápida. Tan cerca de Borges que es imposible ver a uno sin ver al otro, una escritora que puso el cuerpo e hizo literatura a partir de la experiencia. Símbolos, luchas. Formas de plantarse y abrir caminos.
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