
La segunda temporada de la adaptación audiovisual de Cien años de soledad se estrenará en agosto. Así lo confirmaron su directora, Laura Mora, y su guionista, Natalia Santa, quienes encabezan un equipo de colombianos dispuestos a revivir el clásico de literario. Alrededor de esa producción versó la charla que tuvieron en la Feria del Libro de Buenos Aires, sobre el desafío de llevar la icónica novela de Gabriel García Márquez a la pantalla respetando su complejidad literaria y cultural. Ambas cineastas confesaron los temores y debates que acompañaron el proceso, marcado por la obligación de reinterpretar, más que trasladar literalmente, los matices del “realismo mágico” y la densidad política de la obra original.
Según las palabras de Mora, desde el inicio fue consciente de la dimensión del reto: “He aprendido humildemente a respetar la literatura como un lenguaje mayor. Yo pensaba que era el cine, pero la imagen es más limitante que la literatura, precisamente porque el único límite es nuestra imaginación”, dijo en el encuentro, distinguido por la presencia absoluta de talento colombiano en cada una de sus etapas de producción, con el 98% de los integrantes provenientes de Colombia.
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La lectura reiterada y casi ritual del libro fue parte central del trabajo de adaptación. Mora reconoció haber leído la novela nueve veces y describió el ejemplar que usó para el proyecto como “un objeto muy plástico lleno de notas, reseñas y colores”, utilizado también para coordinar equipos y hacer posible que todos los involucrados se refirieran a la misma edición, facilitando la construcción colectiva de Macondo. Santa, por su parte, destacó el giro en la relectura: la obra pasó de un análisis académico a la comprensión de su trasfondo histórico, político y social, lo que detonó nuevas capas de sentido durante las largas jornadas de escritura de guion.

La miniserie de Netflix, cuya segunda temporada fue construida y rodada en su totalidad por equipos colombianos, involucró la edificación desde cero de una ciudad-escenario en Ibagué, con dos versiones de la emblemática casa Buendía, lo que permitió plasmar la evolución arquitectónica, social y moral del pueblo a lo largo del tiempo narrativo.
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Ambas creadoras admitieron que el primer impulso fue el rechazo. Cuando supo de la adaptación, Laura Mora relató: “Dije: Son unos dementes, ¿cómo se van a meter en eso? Irrespetuosos, no respetan nada del mundo. Me pareció una idea horrorosa y la critiqué como todos”. El recelo, indicaron, pronto dio paso a la reflexión colectiva acerca de cómo enfrentarse a una obra que, en palabras de Mora, “es una entidad superior, no solo por la obra en sí, sino por un lenguaje superior”.
El proceso de adaptar la novela al lenguaje audiovisual fue largo, impulsado tanto por el respeto como por la duda, que Santa describe como “un motor” para depurar y encontrar el corazón de lo que debía contarse, conscientes de que cada versión de Macondo será necesariamente diferente: “Nuestro Macondo jamás va a ser mejor que el Macondo de cada uno de ustedes. Ese Macondo que hicimos no obedece a la imaginación de una sola persona, sino a la interpretación de un montón de personas que imaginaron Macondo en su momento”, explicó Santa.
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El equipo creativo rechazó la tentación de ceder ante las preferencias del público o adaptar la narrativa a lo ya exitoso en la primera temporada. “No se trata de obedecer al público, se trata de obedecer a la novela, de volver a leer y proponer cómo se va a estructurar”, recordó Mora, citando la premisa impulsada por Netflix y su director de contenido, Paco Ramos. La segunda temporada destaca la dimensión política e histórica del libro: “El progreso llega a Macondo y con el progreso viene la destrucción. Era entre todos saber qué se puede y qué no”, explicó Mora.
La producción implicó una reconstrucción casi arqueológica de objetos y ambientes, basada en la investigación en universidades y anticuarios de Colombia y el exterior, para lograr fidelidad en cada época representada. Según detalló Mora: “Cuando lo ves en pantalla es un paseo visual por la riqueza que tiene Colombia en estas artes. El legado que dejará Cien años de soledad es retratarnos, nuestras idiosincrasias, nuestras cosas que nos hacen únicos. Es un espejo de Colombia al mundo”.
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Mora relató la obsesión por plasmar el paso del tiempo en el escenario: “Esta es una novela sobre el tiempo. Empezar a agrietar esas paredes y a humedecerlas, llevar a Macondo a la ruina, que siempre es tan hermosa. Una ruina es un lugar para la imaginación también”.
La traslación del “realismo mágico” a la pantalla fue objeto de debate y revisiones. Mora expresó sus reparos con el rótulo: “Tengo en lo personal muchos problemas con la expresión ‘realismo mágico’, porque creo que lo mágico tiende a infantilizar o exotizar el relato, y de nuevo, despolitiza el libro”. La escritora y directora reinsertó la cuestión central de la adaptación: “El realismo mágico es la lectura poética de los hechos cotidianos, y de cómo esta cosa parece excesiva, pero para nosotros es parte de la cotidianidad”.
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La serie optó por técnicas artesanales para los momentos extraordinarios, evitando el abuso de efectos digitales para lograr verosimilitud y un tono poético, pero nunca fantástico. Santa compartió que el equipo partía de versiones “con mucho de realismo y muy poco de mágico” por pudor de que el folclore desplazara la crudeza y densidad de la novela. Fueron las devoluciones de Netflix y los propios directores las que garantizaron la recuperación de episodios icónicos, como las mariposas amarillas, siempre con un anclaje en la cotidianeidad: “Nos ayudó mucho la voz en off, que permite contar lo que no es traducible en imágenes”, explicó Santa.
El año próximo, Cien años de soledad cumplirá sesenta años desde su primera edición en Buenos Aires, y la segunda temporada de su adaptación visual se anuncia como el mayor esfuerzo colectivo por traducir la complejidad, el color y la tragedia de la novela de Gabriel García Márquez al lenguaje audiovisual, bajo la premisa de que ninguna pantalla podrá superar la imaginación de los millones de lectores que en cada idioma han recorrido las calles de Macondo.
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La entrada, los horarios, los días
Entrada: El precio de la entrada a la Feria del Libro de Buenos Aires es de $8.000 pesos de lunes a jueves y de $12.000, los viernes, sábados y domingos.
Con esa entrada, el visitante recibirá un chequelibro con el que podrá obteber descuentos en librerías cuando termine la Feria.
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Ingreso gratis: De lunes a jueves desde las 20.
Fecha: La Feria continúa hasta el 11 de mayo.
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Horarios: De lunes a viernes de 14 a 22. Sábados, domingos y feriados, de 13 a 22.
Dónde: En La Rural, Av. Sarmiento 2704; Av. Cerviño 4476 y Av. Santa Fe (Plaza Italia), CABA.
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