
La madre de Emmanuel Carrère llevaba un par de días internada voluntariamente en la clinica de cuidados paliativos Jeanne-Garnier cuando su hijo le pidió que volviera a contar la anécdota del piloto afgano que había querido secuestrarla. Los hechos se remontaban a 1958, cuando él tenía apenas 4 meses, y su mamá, la historiadora Hélène Carrère d’Encausse, había viajado a Asia Central acompañando a un grupo de expertos en epidemias veterinarias con los que nada tenía que ver, pero que le servían como excusa perfecta para viajar a los territorios de sus investigaciones. Aunque la historia había sido narrada cientos de veces en cenas y celebraciones y ya formaba parte del repertorio familiar, él nunca se cansó de escucharla y por eso le pidió en ese momento, casi en el final de su vida, que la contara nuevamente. También le pidió permiso para grabarla. Ella aceptó ambas cosas y fue entonces cuando Koljós (Anagrama), el libro que los fans de Carrère estábamos esperando, tomó vuelo.
Al morir, en agosto de 2023, la madre del escritor tenía 94 años. Había nacido con el nombre de Hélène Zourabichvili, en el seno de una familia con orígenes rusos y georgianos entre los que había grandes propietarios y burgueses, exiliados luego de la revolución de 1917.
El exilio había llegado junto con la pobreza, que muchos imaginaban como provisoria: era imperioso contar con la ilusión de que algún día terminarían las privaciones y volverían a brillar en el firmamento de los afortunados. En el caso de Hélène, lo consiguió: la nena que vivió en la mayor de las precariedades y llegó a ser una de las intelectuales más influyentes de Francia (autora de numerosos libros, muchos de ellos muy exitosos), referencia insoslayable en lo relacionado a los estudios sobre Rusia y miembro de la Academia Francesa y luego secretaria perpetua de la institución, tuvo su última despedida con ceremonia en Les Invalides (donde reposan los restos de Napoleón) y discurso del presidente Macron. El libro de Carrère comienza con esta ceremonia: el huérfano no es solo un tremendo escritor sino también uno de los más grandes cronistas contemporáneos.

El entusiasmo por la lectura de un libro como éste, que es un libro sobre el duelo y es también un homenaje, una biografía y una forma de la autobiografía, me obliga a dictarme un orden: quiero hablarte de muchas cosas y contarte todo lo que me gustó y me hizo pensar esta lectura, pero es imposible. Así que, atrapada en este torbellino, voy a intentar dar cuenta de las razones por las que pienso que Koljós es un gran libro y uno de los más importantes de Carrère. Arranco por el comienzo, el título.
Koljós es como se llamaban las granjas colectivas de la ex Unión Soviética, lo que de por sí, teniendo en cuenta la obra de Hélène Carrère, justificaría el título pero en este libro que reúne memoria, biografía, crónica y seguramente tramos de ficción, la palabra koljós cobra nuevo sentido: ocurre que cuando el padre de Carrère viajaba por trabajo –algo que sucedía a menudo–, los chicos se trasladaban al cuarto de los padres. La más chiquita dormía en la cama matrimonial con la madre, y los otros dos llevaban sus colchones. En la lengua familiar, a esa actividad, Hélène Carrère la llamaba “hacer koljós”.
Carrère y sus dos hermanas (a quienes está dedicado este libro) hicieron koljós por última vez en la clínica de cuidados paliativos. La tapa del libro exhibe una foto en blanco y negro en la que se ve a una mujer rodeada por tres niños. La imagen fue tomada en la década del 60 del siglo pasado, la mujer es Hélène y los niños son sus hijos.
Hay una cita del libro que a su modo describe el sentido de la de la obra de su autor. Dice Carrère:
“Los libros, las películas y las historias que más me conmueven son aquellos que muestran al mismo tiempo las dimensiones horizontal y vertical de la vida. Horizontal: el amor, la amistad, las alianzas que se forjan cuando se cruzan las mismas aguas, la misma época. Vertical: las relaciones entre generaciones. Padres e hijos, antepasados y descendientes que vivieron en mundos distintos, que compartieron otros relatos colectivos, otros valores, otras certezas (...) Conforme me hago mayor, la que más me interesa es la vertical.”

Para contar qué es Koljós o de qué se trata, se podría apelar a alguna de las variantes que describo aquí abajo, todas se ajustan a lo que es esta novela de no ficción que recibió el Premio Médicis y fue finalista del Goncourt, aunque elegir una sola sería quedarse corto y no dar cuenta de la excepcionalidad del libro y del virtuosismo de su autor, creador de un estilo imitado y jibarizado hasta el hartazgo, pero que en sus manos sigue siendo nuevo cada vez.
Un abanico de descripciones
1- Koljós es un relato sobre la vida de Hélène Carrère, sobre sus esfuerzos para dejar de ser una apátrida y convertirse en una persona importante de la vida pública de Francia (“mi madre era de esa clase de personas que creen que querer es poder”) y sobre el modo en que mantuvo su lugar de privilegio durante décadas.
En paralelo, la radiografía de su matrimonio de casi 70 años con Louis- Édouard Carrère, quien a los ojos del mundo tuvo siempre un papel secundario, del que se destaca que fue un empleado tenaz y aplicado, que hizo una fenomenal carrera en la industria del seguro y fue hasta el final un enamorado de su esposa y de la historia imperial y los blasones de su familia política, mucho más interesante a sus ojos que la tradicional familia francesa en la que él mismo creció.
2- Puede leerse como la autobiografía de un hijo amante, cuya admiración por su madre lo introdujo en un mundo riquísimo y también en una presión intolerable por lograr la excelencia. Primero fue Tolstoi, luego siguió Dostoievski como el escritor faro, durante su primera juventud y, más tarde, los interminables enfrentamientos con su madre en el terreno de las ideas, en todas las esferas.

Ella, una conservadora y él, un interesado en las artes, que intentó seguirla en los estudios de la política pero decantó por el periodismo y la literatura, defraudándola. Ella, una persona pendiente de las apariencias hasta la fabulación (“mi madre miente hasta cuando le pides la hora”) y desesperada por mantener en reserva cuestiones delicadas y él, que desde el comienzo de su carrera se sintió impulsado a escribir sobre su familia y, sobre todo, a revelar secretos familiares como la ejecución de George, su abuelo georgiano, por parte de la resistencia francesa, al final de la ocupación, cuando Hélène tenía 15 años. Ese episodio fue central y marcó la vida de todos: no es sencillo sobrevivir a un padre y abuelo que terminó en el lado oprobioso de la historia.
De esto ya había escrito Carrère en Una novela rusa (“un libro que hizo sufrir a mi madre”) y ella le retiró la palabra y el saludo durante dos años porque estaba aterrada imaginando que todo lo que había construido podía desmoronarse en cuanto surgiera el dato de su padre como colaboracionista. Pero no sucedió, nada se vino abajo, y, con el tiempo, ella le reconoció que había hecho bien en contar aquella historia. O, al menos, es lo que él sostiene en este libro. En sus últimos días, ella le confesó a su hijo que todavía soñaba a menudo que su padre regresaba.
3- A su manera, es una singular e inesperada biografía de su padre, un hombre gris y amoroso, un gran lector que aprovechó cada uno de sus viajes de trabajo para conseguir información sobre los ancestros de su mujer. Un enamorado sin respuesta que vivió a la sombra; un obsesivo que se pasó la vida de costado, recopilando información sobre rusos y georgianos para dejar notas y fichas que terminaron siendo la base documental del libro de su hijo (“como si, dondequiera que esté, mi padre me dijera: ahora te toca a tí”).
Un ser infeliz, que alguna vez amenazó a su mujer con suicidarse si ella lo abandonaba y pagó carísima la extorsión: ella no se fue pero nunca más lo consideró digno de su amor ni su respeto. Debió resignarse a su destino: el cuartito del fondo y seguir juntando datos y papeles, el dato minúsculo. Al poner luz sobre el hombre gris, el hijo se sorprende y se emociona.
Su trabajo de reconstrucción, asegura, tuvo “investigaciones parecidas a las que hacían más o menos por la misma época los historiadores de la escuela de los Anales, enamorados del catastro, de los contratos de arrendamiento y de la rotación trienal de los cultivos”.

4- Koljós puede leerse como una saga familiar, con una primera parte que reconstruye exhaustivamente el pasado aristocrático de la Hélène (uno de sus familiares desapareció luego de mandar una postal en la que escribió, a propósito de la guerra civil rusa: “Hay una guerra en marcha, voy a ir a echar un vistazo, sería una pena perderse algo así”) y también el derrumbe de esa aristocracia (con escenas fabulosas como aquella en la de la ya anciana prima Natasha, que en su minúsculo y lúgubre departamento parisino de Issy-lesMoulineaux, sentada junto a la ventana, no dejaba de lamentarse y preguntarse con asombro por las razones de la revolución de Lenin, “¿Pero por qué lo hicieron? Vivíamos todos tan bien. Les hacíamos tanto bien…”).
En la segunda parte de la saga, el lector se encuentra con el relato del triunfo de la voluntad por sobre los obstáculos, lo que llevó a Helene a convertirse en la intelectual que fue, junto con la reconstrucción de su novela matrimonial de casi 70 años y su lugar como madre comprometida y admirada.
Sobre el final del libro, el crepúsculo de su vida, que coincide con la guerra en Ucrania, y también el detalle del modo en que manejó los detalles de su final, con la misma dinámica de control que mantuvo en vida. Dos de sus hijos supieron que tenía cáncer diez días antes de su muerte, fue recién cuando ella decidió el modo en el que quería morir.

5- Finalmente, el libro de Carrère es literatura de duelo, con la historia de la relación de madre e hijo, el enfrentamiento en materia de ideas, en general, y en especial con Rusia, ya en el marco de la guerra de Ucrania (la figura de Nicolas, el hermano menor de su madre, es clave en el libro y en la historia personal de Carrère: “toda la representación del mundo se formó en ese tira y afloja entre la versión de mi madre y la de mi tío”).
Hasta una semana antes de la invasión rusa, la gran experta Hélène Carrère seguía con atención las noticias y aseguraba públicamente que Putin era un pragmático que nunca iniciaría una guerra porque, como dijo durante una larguísima entrevista en televisión, “Putin no está loco, ¡no va a invadir Ucrania!”. A la hora del ocaso, debió cargar con el oprobio de sus aseveraciones y se sintió víctima de linchamiento mediático. En el caso de Emmanuel, su relación con lo ruso ya tenía contradicciones que la guerra agudizó al extremo.
Durante muchos años eligió acercarse a lo ruso de manera lateral, para no poner el pie en el terreno materno. El 24 de febrero de 2022, el día de la invasión, Carrère tenía un viaje planificado a Moscú (la ciudad que conoció a los diez años, de la mano de su madre); debía hacer un cameo en la versión cinematográfica de su novela Limónov.
Pese a los consejos, no solo no lo suspendió, sino que después de filmar se quedó diez días en Rusia, en los que confirmó que para él ya no había idealización posible ni del país ni de los rusos a partir de la guerra: (escribe en 2024, después de la muerte del opositor ruso Alexei Navalny que “en este asunto hay un agresor y un agredido, un débil que no pedía nada y un fuerte decidido a imponer su ley, una democracia imperfecta, todo lo corrupta que se quiera, pero democracia, y una dictadura cada vez más disimulada”). Los relatos de esa estadía en Moscú, de su viaje a Jersón, en Ucrania, y de su viaje a Georgia (una prima de su madre llegó a ser presidenta) confirman que, como periodista, Carrère juega en una liga superior, a la altura de los mejores de todos los tiempos.

Literatura de duelo y autobiografía
Los libros de Carrère siempre tienen entradas, ángulos, focos, que adquieren relevancia en función de los intereses de cada lector y es así como cada uno se apropia de una parte de la obra. Como en la mayoría de sus libros, Koljós es en definitiva un nuevo experimento sobre la autobiografía porque hablar de los otros, sobre todo de los más cercanos, es también hablar de uno mismo. Porque la anécdota del piloto afgano se hizo obsesión porque hizo nacer la pregunta crucial sobre qué habría ocurrido si su madre se quedaba en Kabul con ese hombre que quiso pagarle a su padre para tenerla con él, qué habría sido de su vida, cómo habría crecido, quién sería hoy o quién habría sido Emmanuel Carrère. Es también la pregunta insistente que lo hizo escritor, la que le abrió la puerta al “cómo hubiera sido mi vida” en todas sus variantes. Su libro es una forma de la autobiografía huérfana; con los padres muertos, ya sin la culpa que da siempre la posibilidad de herirlos, le permite mirar de frente los amores y los odios que sintió por ellos y también reflexionar sobre su propia vida, ya sin la mirada vigilante de los mayores.
A diferencia de otros de sus libros en los que el yo tiene presencia sostenida, no hay en Koljós espacio para grandes relatos sobre la vida amorosa de su autor. El hombre que se acerca irremediablemente a los 70 años tuvo a lo largo de su vida varias parejas, algunos matrimonios y es padre de tres hijos. En el umbral de la vejez, acaba de dejar de ser hijo él mismo y así como en Yoga narraba el descenso a los infiernos de la locura y conseguía observar sus más grandes oscuridades, esta vez aborda como documentalista la tortuosa colección de heridas familiares y, a partir de ellas, las propias.

Elijo para el final este fragmento demoledor, que en su autocrítica despliega nuevos sentidos a muchos de sus relatos anteriores y que, al menos en mi experiencia de lectura, fue un punto altísimo en términos de sensibilidad. No tengo modo de saber cuánto pueden conmover estas palabras a un lector que recién ingresa a la obra del autor (y ojalá que muchos se animen a hacerlo); sí sé, en cambio, que me parece imposible que exista un lector habitual de Carrère que pueda pasar por alto esta frase sin que se le estruje el corazón:
“Creo que soy un buen padre y un amigo pasable, pero en pareja, tarde o temprano, llega la debacle. No es que sea incapaz de querer, pero el hombre amable y cariñoso que puedo ser –de forma muy sincera, y a veces durante varios años– puede transformarse de la noche a la mañana en un extraño frío y hostil. La vida conmigo es una montaña rusa y arenas movedizas. Siempre llega un momento en el que ya no saben a quién tienen delante (y ni yo mismo lo sé). O, mejor dicho, sí lo sé muy bien: soy el rostro de mi madre que se aleja sin remedio, soy la angustia sin fondo de mi padre”.
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