“Yoga”, de Emmanuel Carrère: el maestro de la novela de no ficción lo hizo de nuevo

En su nuevo y conmovedor libro, el gran periodista y escritor francés narra su descenso a los infiernos de la locura y reflexiona sobre la búsqueda espiritual, el amor y el fracaso de la pareja sorteando un inesperado escollo: el acuerdo judicial por el cual su ex mujer tiene derecho a vetar fragmentos de sus obras que la incluyan. Atención: esta nota tiene spoilers

No puedo saber qué les pasa a ustedes, sí sé que más que interesarme la vida de los demás me interesa qué hacen con esos materiales íntimos o privados quienes los utilizan para escribir literatura. Quiero decir, no me atrae la autoficción, la novela de no ficción o la llamada literatura del yo puntualmente como géneros sino que me atraen, y mucho, esos autores que, a partir de los materiales de su propia vida, construyen una obra literaria, consiguen acuñar un estilo, se sirven de hechos y personajes de la vida real -y de su vida real- para producir una nueva realidad: la de la literatura. Bueno, el periodista y escritor francés Emmanuel Carrère (63) es tal vez el ejemplo más evidente de esto, posiblemente porque es el más popular, porque desde la misma idea de tomarse como personaje en sus relatos consiguió narrar historias con temas tan diversos como crímenes espeluznantes, el cáncer, catástrofes naturales, la Justicia, la religión o el mundo cultural postsoviético, siempre a partir de casos puntuales y de su presencia activa en el relato pero con una destreza asombrosa para lograr un alcance universal. Eso mismo, ven, eso mismo es lo que permite encontrar la diferencia que va desde un verdadero escritor a aquellos otros que confunden con más o menos conciencia la literatura con un diario íntimo.

“Me parece más honesto contar una historia de la que formo parte, o con cuyos personajes he tenido interacciones, que contarla como si fuera dios o pudiera ver las cosas desde el planeta Marte”, explicó alguna vez su forma de ver la literatura. “Me gusta la pintura de paisajes, las naturalezas muertas, la pintura no figurativa, pero por encima de todo me gustan los retratos, y en mi terreno me considero una especie de retratista”, escribió a propósito de su modo de concebir su literatura en El Reino. Pues bien, el retratista no publicaba obra nueva de largo aliento desde la publicación de aquel libro, de 2014, una suerte de corolario de lo que había sido una fabulosa temporada de éxito comercial y de crítica, con la publicación en pocos años de varios de sus libros “singulares de no ficción”, como los llama él, -El adversario, De vidas ajenas, Una novela rusa, Limonov- en los cuales contaba en primera persona experiencias personales o cercanas “sin lugar para la mentira”, como señaló en más de una oportunidad.

Emmanuel Carrère debió recortar el texto original por un acuerdo judicial con su ex esposa (EFE/CATI CLADERA)
Emmanuel Carrère debió recortar el texto original por un acuerdo judicial con su ex esposa (EFE/CATI CLADERA)

Todavía en posparto por El reino, se propuso escribir “un librito risueño y sutil” sobre el yoga, una práctica que sigue desde hace más de tres décadas, y que, debido a una serie de eventos algunos inesperados, otros inmanejables, terminó convertido en el libro dramático, conmovedor, espiritual y también problemático del que en todo el mundo se habla y escribe en estos meses. El proceso de elaboración del nuevo libro fue arduo y no es para menos: finalmente, no siempre se suceden en la vida de una persona y en poco tiempo un atentado carnicería en el que muere un gran amigo, una temporada en el infierno de la locura y un divorcio traumático.

Yoga (Anagrama) es un relato cautivante en primera persona que está dividido en tres partes que, a su vez, están conformadas por brevísimos capítulos que tienen un título cada uno de ellos (a propósito, la lectura de esos títulos es una experiencia lectora fascinante). En función del proceso de edición del libro, durante el cual su autor debió recortar escenas, personajes y textos por un singular acuerdo de divorcio, la novela de Carrère es un texto resiliente que no solo surfea de manera honorable la triste traducción española -algo a lo que con desesperación estéril estamos acostumbrados los lectores latinoamericanos- sino que es como un puñetazo certero en los argumentos de aquellos que dictaminan el ocaso del estilo literario que lo consagró.

La tradición en la que se inserta el francés, es decir, la de aquellos autores que habitan el género de la no ficción y consiguen que el yo singular -que no siempre atraviesa situaciones extraordinarias- pueda convertirse en un motivo universal merced al talento narrativo incluye a autores como el noruego Karl Ove Knausgard, la francesa Annie Ernaux, el español Javier Cercas y el británico Philippe Sands. Algunos de ellos atravesaron también complejos cuestionamientos por parte de los protagonistas de sus historias y hasta procesos judiciales. Ninguno hasta ahora había tenido que mutilar la propia obra.

Hablemos de Yoga

La primera parte de alguna manera adelanta la totalidad del libro pero se centra en el tema original, el yoga, la meditación, la búsqueda humana de “erosionar el ego, la avidez, el espíritu de conquista y competencia, de educar la conciencia para darle acceso a la realidad sin filtro, a las cosas tal como son. Puede calificarse de yoga todo aquello a lo que uno se dedica con seriedad y amor”, como describe en la página 83. El periodista/cronista/escritor cuenta su estadía en un retiro en el cual deberá abstraerse del mundo y de las palabras por diez días y se propone escribir sobre esa experiencia y también sobre la meditación: ¿hay acaso algo más íntimo y personal que lo que pasa por dentro de alguien durante el tiempo de la meditación?

El descenso a los infiernos de la locura llega en la segunda parte, y es en esas páginas cuando con absoluto detalle y de manera descarnada el escritor narra la convivencia horrorosa con sus demonios interiores y también los procedimientos médicos que buscaron -y lograron- regresarlo a una vida modestamente neurótica y equilibrada. En la tercera parte, un Carrère que sobrevivió al tormento de la locura se traslada a una isla griega y se vincula, a partir de la literatura y el Tai Chi, con un grupo de sufridos chicos migrantes que perdieron familia y pasado en busca de un futuro.

Carrere y Helene Devynck, en el Festival de Venecia de 2015 (Shutterstock)
Carrere y Helene Devynck, en el Festival de Venecia de 2015 (Shutterstock)

En términos de publicidad, lo primero fue el escándalo que estalló en simultáneo a la exitosa salida del libro, que de ahora en más llamaremos la novela. Quien abrió esa puerta fue la periodista Hélène Devynck, ex esposa de Carrère y madre de su hija menor -él es además padre de otros dos hijos adultos-, quien fue su compañera sentimental entre 2003 y 2018 aunque recién se casaron en 2011. Después de años de tener un lugar relevante en la obra de un escritor que hizo de su propia vida el material privilegiado para su literatura, durante el proceso de divorcio que culminó en 2020 consiguió que la Justicia avalara su pedido de no figurar más en las obras de Carrère sin su consentimiento, lo que en los hechos llevó a que su ex marido le enviara dos veces el manuscrito de Yoga para que ella señalara las partes que él debía eliminar.

Los lectores de Carrère recordamos al personaje de Hélène en varios de sus libros pero sobre todo en De vidas ajenas, tanto en la historia que narra los efectos de los devastadores tsunamis de diciembre de 2004 en el océano Índico que dejaron 250 mil muertos, ya que la pareja estaba pasando sus vacaciones en Sri Lanka (la primera frase del texto de hecho es es “Me acuerdo de que, la noche antes de la ola, Hélène y yo habíamos hablado de separarnos”) pero también, y sobre todo en términos de intimidad, porque la mujer de Carrère es -era- la hermana de Juliette, la jueza enferma de cáncer que es la protagonista de la segunda parte de ese libro extraordinario. Esto es importante por algo que contaré en un rato, unos párrafos más adelante.

Es cierto que el poder de veto que ejerce la ex esposa del escritor no puede llamarse exactamente censura ya que fue un acuerdo. Y lo que rápidamente se entiende leyendo Yoga es que fue uno de esos acuerdos que, en general, llegan cuando el ahora damnificado hizo las cosas mal, quiero decir, son acuerdos a la manera de un resarcimiento por haber tenido una mala conducta previa.

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En Yoga, en lo que quedó de la novela luego de los recortes de la querida Hélène, el escritor hace el mea culpa por sus acciones durante su vida matrimonial un par de veces. Reconoce que arruinó lo que era una vida feliz, se autoincrimina como responsable del fracaso amoroso y familiar y se ocupa básicamente de hablar de él, de sus padecimientos, de su búsqueda de la luz y de cómo una persona que habiendo superado dos depresiones profundas se hunde nuevamente en las sombras del padecimiento psiquiátrico para salir con un diagnóstico de bipolaridad, luego de una internación de cuatro meses que incluyó tratamiento con ketamina y electroshocks y derivó en una memoria convertida en “un campo de ruinas”, una verdadera tragedia para un cronista como Carrère, que encuentra en el recuerdo y los detalles la materia prima de su trabajo.

A propósito de su responsabilidad en el fracaso matrimonial, ese duelo sin espacio necesario en este libro que se propone contar una verdad personal más allá de la imposibilidad de decirlo todo, escribe Carrère:

“Mi vida, que yo creía tan armoniosa, tan fortificada, tan propicia a la escritura de un ensayo risueño y sutil sobre el yoga, avanzaba en realidad hacia el desastre, que no vino a causa de circunstancias exteriores, el cáncer, un tsunami o los hermanos Kouachi (N. de la R., los asesinos del atentado de Charlie Hebdo), que sin previo aviso dan una patada a la puerta y abaten a todo el mundo con kaláshnicovs. No, vino de mí. Vino de esta tendencia a la autodestrucción de la que presuntuosamente me creía curado y que se desencadenó como nunca y me expulsó para siempre de cercado.”

”Dicen que no somos conscientes de haber sido felices hasta que dejamos de serlo. No es cierto, por lo que a mí respecta: a lo largo de esos diez años sabía muy bien que era feliz. Me alegraba de serlo, daba las gracias a los dioses, daba las gracias al amor, daba las gracias a mi propia sensatez y quería, en la medida en que dependiese de mí, proteger esa dicha. No dejé de quererlo a lo largo de esta crisis, pero también quería lo contrario. Quería tanto el desastre como el apaciguamiento, e incesante, insoportablemente, oscilaba de un lado al otro.”

“Sabía que un amor semejante era infrecuente y que quien lo deja pasar está condenado al remordimiento y al amargo sabor del ´demasiado tarde´. Yo pensaba triunfar donde otros fracasan. No ha sido así.”

La novela mutilada

¿Es posible obtener un buen resultado de una novela basada en hechos reales en la que su autor se vio obligado a mutilar fragmentos que desconocemos pero sabemos clave? Y es que seguramente eran clave porque durante el período de la vida de Carrère que se narra en este libro Hélène Devinkck era la persona más importante de su entorno. En función de las limitaciones, el narrador protagonista debe sortear su vida familiar, su relación con su mujer y su hija, elidir todo lo vinculado a su pareja y también buscarle la vuelta al relato del duelo por el final del proyecto de a dos sin nombrarla, sin verla, sin mencionarla. Sin ella.

Como el personaje de Erica, la mujer que lo recibe en Grecia y que, al igual que Carrère, sigue sin morir mientras se pueda y sobrevive a tragedias físicas y amorosas mientras a su izquierda sobrevuelan fantasmas, una sombra sobrevuela la novela en la que el autor narra escenas de sexo y amor pero con otras mujeres. Se siente todo, se percibe todo, pero Hélène no está. El video de La Polonesa de Chopin en las manos de una joven Martha Argerich son un punto altísimo de la tercera parte de Yoga.

(GETTY)
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“Quizás el hecho de que el duelo de este amor solo exista como un espacio en blanco sea una forma elocuente de expresarlo” dijo el escritor en una entrevista reciente.

“Mientras estábamos juntos, leí y edité sus manuscritos, y nuestras conversaciones y nuestra vida se alimentaron de ellos. Era un trabajo invisible y gratuito, por supuesto“, dijo Devynck en una carta pública que se dio a conocer en la revista Vanity Fair cuando apareció Yoga en francés, en agosto de 2020. “Estoy pidiendo distancia. Ya no quiero ser su objeto literario. Solo quiero existir en otro lugar”, explicó la mujer fundamental y a la vez desaparecida voluntariamente de la novela de Carrère.

“Durante los años que vivimos juntos, Emmanuel podía utilizar mis palabras, mis ideas, sumergirse en mis duelos, mis penas, mi sexualidad. (...) Por haber dicho ‘sí’ en el pasado, ¿ya no podría decir ‘no’? ¿No tendría yo derecho a estar separada y ser hasta la muerte, el objeto de escritura fantaseado de mi exmarido?”, continuó en el texto en el que dijo varias cosas más, la más importante, tal vez, es que dijo que Carrère había mentido, que ni ella ni la familia reconocían los hechos del modo en que él los presentaba; dijo que, por ejemplo, Carrère no pasó, como afirma en el libro, dos meses con migrantes en la isla griega de Leros, el hogar de un antiguo hospital psiquiátrico y cárcel para presos políticos durante la dictadura del país, sino apenas “unos pocos días”.

“Si hubiera escrito la más mínima cosa desagradable de Hélène, habría entendido que se ofendiera y saliese con una diatriba sobre los escritores que vampirizan en sus personajes a quienes tiene alrededor. Pero no escribí nada agradable o desagradable sobre ella, nada en absoluto. Quizás en el fondo sea eso lo que me reprocha. Tal vez no quiera estar en el libro, pero tampoco quiere estar fuera de él”, le respondió él en una entrevista.

Lo real, la realidad, la literatura

Aunque la desconfianza fue sembrada a partir de las declaraciones de su ex esposa, no todos los lectores encontraron en ellas motivos para preocuparse, sobre todo porque el propio Carrère en el nuevo libro aclara que debido a esos blancos en su historia que le impuso el acuerdo legal se vio obligado a volver a la ficción. “Cada libro impone sus reglas, que no se establecen de antemano, sino que descubre el uso. No puedo decir de este libro lo que orgullosamente había dicho de otros varios: ‘Todo lo escrito es cierto’. Al escribirlo debo desnaturalizar un poco, trasponer y borrar otro poco, sobre todo borra, porque puedo decir de mí lo que quiera, incluidas las verdades menos halagüeñas, pero no de otras personas”, escribe en las páginas 157 y 158.

Como se pregunta Laura Capelle en The New York Times: si finalmente el autor reconoce que hay ficción en su libro, ¿puede hablarse entonces de invasión a la privacidad?

Si Devynck buscaba predisponer a los lectores en contra del escritor deduzco, al menos a partir de mi experiencia de lectura, que no lo consiguió, lo que no quiere decir desde otro ángulo que infinidad de veces, a lo largo de los años y de los libros, como tantos otros lectores de la obra de Carrère me pregunté cómo esa mujer aceptaba que su intimidad fuera vulnerada en función de la literatura de otro, en este caso su esposo. Nunca sabemos qué puede haber detrás de la entrega y la ofrenda amorosa y tampoco podemos saber hasta dónde puede llegar una persona que siente que fue traicionada. Es más, la represalia por ese tiempo de callada musa y objeto literario podría ir más allá de la exigencia de no aparecer más en los libros de su ex. Además del derecho a veto sobre los textos de Carrère, Devynck tiene total libertad para sobre él ya que ni el escritor ni sus abogados pidieron que la cláusula fuera recíproca.

Si los comentarios de Devynck sobre Yoga no producen un efecto de desconfianza es no solo porque el mismo escritor aclara en su libro que no todo lo que está reflejado es exacto y que acudió a la estilización por las omisiones obligadas sino, sobre todo, porque el tipo de literatura que hace Carrère apunta a otras emociones e impactos en los lectores. El escritor francés es un periodista, es un cronista, trabaja con los hechos, pero escribe literatura.

Se puede hablar de lo real, de la realidad, de la ficción, de la imaginación; podemos intercambiar conceptos y teorías, reflexionar una y mil veces acerca de por qué creemos en los relatos más allá de los géneros y preguntarnos qué es aquello que nos conduce a compenetrarnos con lo que nos cuentan. ¿Es la historia? ¿Es la palabra? ¿Es el estilo? ¿Es el género? ¿Es acaso el nombre del autor lo que legitima un relato?

Se ha escrito a lo largo de la historia sobre todo esto y sobre el famoso concepto de la “suspensión de la incredulidad” y lo cierto es que lo único que podemos saber es que una obra convoca o no, seduce o no, atrapa o no. Como bien explica Pablo Maurette en Por qué nos creemos los cuentos (Capital Intelectual), su último libro, “el mundo de la ficción no es ni más ni menos real, es real de otra manera”. “¿Qué es lo que hace que una obra de arte produzca un efecto, ya sea fascinación, repulsión, interés, tristeza, asco, excitación sexual?”, se pregunta Maurette. Y se responde: “Lo mismo que hace que en el mundo exterior, el de las cosas y las personas, tenga efecto: su condición de evidente, su total vivacidad, su avasallante cualidad de existente”.

Aunque Yoga -que estuvo por llamarse Yoga para bipolares- comenzó a escribirse en 2015, se publicó recién el año pasado, en el marco de la pandemia que tiene aún al mundo entre paréntesis. Durante todo ese tiempo su autor cedió al impulso de autodestrucción, conoció los límites de la locura, perdió su vida familiar y parte de sus recuerdos a consecuencia de los tratamientos psiquiátricos, pero también aprendió a respirar de nuevo, a volver enamorarse y hasta a escribir con todos los dedos en homenaje a su querido y extrañado editor.

De vidas ajenas
De vidas ajenas

Hay algo en el tempo de la novela que reproduce el tiempo real de estos años de oscuridad y reflexión en lo que también es el inicio del crepúsculo de su vida. Hay humor, ironía, una profunda sensibilidad en el relato que reconstruye los años en los que la vida del escritor se apagaba hasta el deseo del suicidio y hay múltiples historias y anécdotas que se cruzan por su camino, como siempre. Por primera vez, hay también poesía, porque las tinieblas convirtieron a este gran lector de novelas en un apasionado lector de poesía, que cita versos de otros para encontrar palabras que puedan dar cuenta de la pérdida, tal vez el gran tema de Yoga.

Sobre el final del libro, una vuelta de tuerca inesperada a la no ficción, a la ficción y también al acuerdo legal con su ex mujer. Se trata de la inserción de un fragmento de una novela anterior, De vidas ajenas, en el que el narrador habla del amor presente con la fuerza y la emoción de una pasión eterna. Según el acuerdo, Emmanuel Carrère debía retirar ese fragmento confesional pero no lo hizo. Su ex esposa lo pidió expresamente pero él ignoró ese pedido. La razón la expuso en una entrevista y fue de un pragmatismo absoluto al tiempo que una picardía maravillosa, casi infantil:

“Es cierto que pueden prohibirme escribir sobre determinadas cosas, lo que no pueden es prohibirme lo que ya había escrito sobre esas mismas cosas”.

Vayan, lean y entenderán.


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