
Amigos es un volumen de 432 páginas y editado por Eterna Cadencia que reúne ensayos y 68 cartas inéditas preparados por Sylvia Molloy sobre sus vínculos con escritores fallecidos. Es un libro póstumo: esta escritora, editora y docente murió en 2022. En el libro aparecen José Bianco, Manuel Puig, Enrique Pezzoni, Silvina Ocampo, Jorge Luis Borges, Edgardo Cozarinsky, Ivonne Bordelois, Héctor A. Murena, Severo Sarduy, Adolfo Bioy Casares, Esmeralda Almonacid y Victoria Ocampo.
Uno de los intercambios epistolares más interesantes es el que mantiene con Victoria Ocampo, influyente figura intelectual argentina del siglo XX, escritora, ensayista, traductora, mecenas y puente fundamental entre la cultura europea y americana. Fundó y dirigió la revista Sur, fue pionera del feminismo en Argentina, la primera mujer en ser incorporada como miembro de la Academia Argentina de Letras, e impulsó la creación de Fondo Nacional de las Artes y fue su presidenta entre 1958 y 1973.
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Nacida en Buenos Aires en 1938, Sylvia Molloy residió gran parte de su vida en Nueva York, donde fue catedrática universitaria y pionera en la literatura queer: su novela En breve cárcel (1981) es un hito de la narración lésbica en español. Otros de sus libros son Vivir entre lenguas (2016), Varia imaginación (2003), Desarticulaciones (2010), Acto de presencia (1991) y En común olvido (2002). A continuación, dos cartas incluidas en Amigos, con Victoria Ocampo.

Molloy a Vitoria Ocampo
Princeton, 17 de febrero de 1977421
Querida Victoria,
Solo ahora me estoy recuperando de la pesadilla que fue para mí –de esto me doy cuenta ahora, à rebours– el mes que pasé en Buenos Aires. Tuve que volver a Princeton para sentirme verdaderamente despojada: para cobrar conciencia de que había levantado para siempre una de mis casas (la casa en la que vivía mi madre, la casa en la que viví yo a partir de los tres años). Intenté llamarte en medio de la mudanza y no pude dar con vos. Después me encontré en un apartamento sin teléfono y totalmente ajeno. Cuando más o menos encontré mi norte ya estabas en Mar del Plata. Tenía muchas ganas de verte y la petite histoire (nada petite para mí) que cito no va en guise d’excuses. Nunca me he sentido tan acaparada por mi pasado como en ese mes que pasé en Buenos Aires, faisant un tri d’épares.
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Ahora estoy más o menos adaptada a Princeton –o más bien adaptándome–. Hace un frío feroz y el gobernador de New Jersey, para hacer méritos, ha bajado manu militari todas las calefacciones. Me priva de un raro placer (más bien necesidad): escribir o dormir con una ventana abierta. Por el momento duermo ahogada y muerta de frío pero escribo muy poco. Todo lo que escribí en París, alentada quizás por los chifletes de un apartamento de los thirties cuyas ventanas, por suerte, no cerraban bien, se me ha congelado mentalmente en Princeton. Enseño un curso aburrido, y otro interesante sobre crítica literaria, compartido. La mujer con quien lo comparto (debe ser la primera vez que en Princeton se hacen cargo de un curso dos mujeres) quiere que enseñemos de nuevo el año que viene en équipe. Se siente vejada (and nightly so) porque el año pasado, cuando enseñó, también en équipe, un curso sobre Le héros romantique la persona (un hombre) con quien enseñaba se negó a aceptar, como equivalentes válidos, Wuthering Heights y aun Jane Eyre. Le proponía en cambio a la pobre Félicité de Flaubert, héroïne de la main gauche s’il y en a. Son cosas que dan coraje, como dirían los mexicanos.
¿Venís pronto? He oído que en Texas te preparan un homenaje. Todo esto through the muy chismosa grapevine, que acaso se equivoca. A mí me gustaría pensar que no se equivocan y que sí vas a venir. Tengo muchas ganas de verte.
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Un abrazo fuerte,
Sylvia

Vitoria Ocampo a Molloy
[Membrete: Villa Victoria / Mar del Plata / 2 - 0504]
13 de marzo de 1977426
Querida Sylvia:
Siento que la pasaras tan mal en Buenos Aires. Pero ahora, con la primavera ya próxima, podrás por lo menos abrir tu ventana y empezar a olvidarte del frío (que suele ser tan odioso como el calor).
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Yo he estado tratando de juntar material para un número dedicado a Malraux. Saldrá en abril (con un poco de suerte). No será muy muy brillante; pero sí interesante bajo algunos aspectos.427
Borges, que prometió mandar una colaboración, pedida a la semana de morir Malraux, ha resuelto a última hora que no escribirá nada porque no conoce el tema. No se le pedía un ensayo, sino una paginita. Contesta a tanto [palabra ilegible] encuestas kilométricas. Este era un testimonio de simpatía (o de antipatía). Breve. Pero Sur no tiene suerte con Borges.
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El último libro de Malraux, L’homme précaire, me desilusionó porque esperaba algo distinto, tal vez. Lo ha escrito estando ya muy enfermo y se ha metido en una selva de comentarios (sobre filósofos, novelistas, pintores) tan espesa que el lector tiene que abrirse camino con un machete. Y no siempre sirve el machete si uno ignora ciertas cosas, y si no sabe otras al dedillo. Sur lo publica.
De los amigos de antes, en Francia, es uno de los últimos que se va y con quien yo podía hablar de los otros. El único con quien podía hablar de Drieu.429
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En abril viene a visitarme Soledad Ortega. Traerá noticias de España.430 Viene también Jacques Rigaud, subdirector de la Unesco. Su libro La cultura pour vivre saldrá también en abril.
No sé qué haré en los próximos meses, ni tengo ganas de hacer nada que me obligue a salir de mi guarida. “Mon père gardez-vous à droite. Mon père gardez-vous à gauche”, como le decían sus hijos a un rey de Francia. Pero sin que nadie me dé la advertencia, en esa lucha vivo. Aunque ya poco me importa. Pero uno se cansa.
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¿Qué libros nuevos hay por allí? ¿Cómo está María Luisa? Supongo que harás tus escapadas a New York.
Lo de Wuthering Heights es increíble o lo sería si no se tratara de un hombre. No cambian demasiado. Hace unos días, salió en La Nación un elogio de la mujer de Churchill. Explicaban que después de haber sido sufragista se había convertido (por milagro iba entre líneas) en la mujer ama de casa, esposa y madre. Yo mandé una cartita de moderada protesta (para que la publicaran). No la he visto. Daba ejemplos de sufragistas que sin renunciar a su credo sabían manejar a sus hijos y hasta a [sic] su cocina. Probablemente, lo único que podía hacer Clementine era ayudar a Churchill (aunque según lady Astor era un asqueroso antifeminista).
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Deseándote buena suerte. Va un afectuoso abrazo,
V
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